| Autor |
Mensaje |
Loukubes
Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 725
|
Publicado:
Jue Jul 07, 2005 11:12 pm |
  |
En honor a mi amiga,Isel...espero q hablemos mucho por aqui y no solo las dos ,sino q se sume más gente y q se abran más posts.
El camino de las lágrimas de Jorge Bucay y me lo estoy leyendo.
Yo se lo recomendaria a todo el mundo....
"Éramos como dos personas guiadas por un mismo deseo,como dos individuos con un único intelecto,como dos seres habitando en un solo cuerpo.
Y de repente,
la soledad,
el silencio,
el desconcierto....." |
_________________
 |
|
Añadir a do.min.io/s      |
 |
isel
Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Sab Jul 09, 2005 7:00 pm |
  |
Las chicas argentinas seguro que ya lo conocéis, ¿verdad? En España también es conocido. Daos una vuelta por su página aunque ya sepáis quién es Jorge Bucay, os prometo que siempre sacaréis algo nuevo.
DR. JORGE M. BUCAY
Jorge Bucay nació en Buenos Aires en 1949. Se graduó de médico y se especializó en enfermedades mentales. Es psicodramatista y psicoterapeuta.
Autor de Cartas para Claudia (1989), Recuentos para Demián (1994), Cuentos para pensar (1997), De la autoestima al egoísmo (1999) y Amarse con los ojos abiertos (2000), publicadas por Editorial Del Nuevo Extremo, es autor también de los cuatro libros que constituyen la serie Hojas de Ruta (Sudamericana / Del Nuevo Extremo), publicados entre 2000 y 2002: El camino de la autodependencia, El camino del encuentro, El camino de las lágrimas y El camino de la felicidad.
Los libros del Dr. Bucay son best-sellers en México, Uruguay, Chile, Costa Rica, Venezuela, Puerto Rico y España, y han sido traducidos para su publicación en Estados Unidos, Inglaterra, Corea, Hungría y Brasil.
Trabaja en Buenos Aires, repartiendo su tiempo en la tarea docente, dictando cursos de psicología de la vida cotidiana para instituciones privadas, así como para grupos de reflexión. También da conferencias y charlas en Chile, México y España.
Desarrolla su tarea profesional en Buenos Aires -en su consultorio privado- como psicoterapeuta de adultos y parejas.
FORMACIÓN PROFESIONAL
Médico egresado de la Universidad de Buenos Aires (1973).
Especialista en enfermedades mentales (Colegio Médico de la Provincia de Buenos Aires).
Psicoterapéuta Gestáltico (Formado en Argentina, Chile y Estados Unidos).
Asiste a cursos, seminarios y congresos en Argentina, Estados Unidos, España e Italia.
CARGOS PROFESIONALES
Médico de Interconsulta del Servicio de Psicopatología del Hospital Pirovano.
Docente auxiliar de la cátedra de Psicopatología de 1er. año de la Unidad Hospitalaria.
Jefe de Guardia del Instituto Privado de Psicopatología de Buenos Aires.
Jefe del servicio de Psiquiatría de la filial Campana de la Organización Techint.
Expositor invitado en el VI Congreso Internacional de Gestalt realizado en Argentina, organizado por la Asociación Gestáltica de Buenos Aires.
Integrante de la Delegación Argentina en el Congreso Gestáltico Internacional, realizado en Cleveland.
Expositor en el Congreso Gestáltico Internacional realizado en Cleveland (Conflicto y Terapia de Parejas).
ACTIVIDAD PROFESIONAL
Terapeuta Gestáltico y Psicodramatista de adultos y parejas.
Terapeuta de Grupos.
Terapeuta didáctico.
Coordinador de Laboratorios Gestálticos.
http://www.bucay.com/
..........................................................................................................
En la misma página encontraréis esto:
http://www.palabrasalacarta.com/
es todo un mundo de reflexión, palabra por palabra.
Una palabra por día
En este sitio encontrarás los textos publicados en la columna "Palabras.net" del diario El Pais.
Y aquí va un ejemplo:
MIEDO
Nosotros, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, no nacemos con miedo, aunque sí hemos con la posibilidad de asustarnos -la misma que tienen un perro, un gato o un canario. Y la mayoría de los miedos que sentimos en la vida cotidiana no son innatos, los hemos aprendido. Dicho de otra forma, tenemos miedo porque alguien o algo nos lo ha enseñado.
De los peligros del miedo aprendido nos ilustra esta vieja historia tradicional.
Había una vez una madre que tenía un único hijo. Ella era tan temerosa que vivía angustiada pensando que no podría seguir viviendo si a su hijito le pasara algo. Tan asustada estaba de sus fantasías que un día para que su hijo no saliera solo a la calle, le sentó en los sillones de la sala y le dijo:
- Mira hijo, en la calle vagan unos espíritus malignos que se llevan a los niños que están sin su mamá. Así que nunca, nunca salgas a la calle sin mí. ¿Entiendes?
- Sí mami -contestó el chico asustado.
El plan resultó y el chico nunca más salió a la calle sin su madre.
Cuando el chico cumplió quince años, la madre empezó a pensar que algún día
ella no estaría y que su hijo tendría que manejarse en el mundo exterior.
Se sentó otra vez en la sala y le dijo al muchacho:
- Sabes hijo, tú ya eres grande y pronto te irás de esta casa en busca de tu camino.
- No madre. Me iré si vienes conmigo. Te recuerdo que afuera están los espíritus malignos que me llevarían si no estuviera contigo.
La madre pensó que decirle la verdad equivaldría a admitir que su propia madre le había mentido, así que le dijo:
- De eso te quería hablar. Los espíritus jamás te llevarán mientras lleves en tu cuello esta medallita que ahora te regalo - y quitándose la medalla que colgaba en su cuello se la puso a su hijo - quiero que sepas que desde ahora, podrás salir sin mí porque mi medalla te protegerá. Tienes que confiar en lo que te digo porque tu madre nunca te mentiría: Mientras tengas esta medallita, ningún espíritu se acercará a hacerte daño. ¿Entiendes?
- Sí mamá...
El joven le creyó.
Pero de todas maneras, desde que su mamá murió, el muchacho nunca salió de su casa. Siempre tuvo miedo de perder la medallita....
Mi madre nunca me asustó con los monstruos malignos. Ella lo hacía con una sola palabra: "Cuídate".
El "Cuídate" de los padres opera como una manera sutil de avisar que el mundo es "peligroso", una forma de establecer que "debes tener miedo", un antídoto contra toda conducta espontánea y por lo tanto riesgosa.
Lo hacía con la mejor intención, como lo hice yo muchos años después con mis propios hijos. Hoy confiaría más en ellos y en lo que pude enseñarles. Hoy en lugar de decirles adiós con un "Cuídate", intentaría despedirlos con un maravilloso "Diviértete".
..........................................................................................................
Bueno, eh?
Este no lo puedo dejar, especialemente dedicado al QSCV
LIBERTAD
Si el primer paso del camino de la autodependencia es conocerse y aceptarse tal como uno es y el segundo es quererse y valorarse adecuadamente, el tercero y definitivo es concederse la libertad.
No estamos hablando del concepto infantil de la libertad como "poder hacer lo que a cada quien se le antoje" porque eso define la omnipotencia no la libertad (Me parece que a veces nos gusta confundir estos dos conceptos para poder justificar ante nosotros mismos nuestro "miedo a la libertad" como maravillosamente lo definía Fromm).
Lo cierto es que la libertad, por lo menos tal como la entendemos aquí, es una posibilidad real y deseable.
Esta libertad "tangible" de la que hablo consiste nada más (y nada menos) que en nuestra capacidad de elegir dentro de lo posible. Que quede claro: dentro de lo posible.
Esta libertad incluye la honestidad de no caratular como imposible lo que fácticamente no lo es y también el coraje de aceptar que alguna elección podría ser posible aunque yo me niegue a optar por ella, por mis principios, mis temores o mis condicionamientos.
Una libertad que nadie me puede dar si yo no me la concedo. Una libertad que empieza por los mínimos derechos que me corresponden por el solo hecho de ser persona y que para Virginia Satir son cinco.
· La libertad de estar donde estoy y no donde otros creen que yo debería estar.
· La libertad de pensar lo que pienso y decirlo si me apetece o callarlo si no.
· La libertad de sentir lo que siento y no lo que a otros les parecería más apropiado que yo sienta en estas circunstancias.
· La libertad de correr los riesgos que yo decida asumiendo plena responsabilidad sobre las consecuencias de mis elecciones.
La libertad de salir a buscar lo que necesito en lugar de esperar que alguien lo adivine y me lo conceda.
..........................................................................................................
En España: libros de Jorge Bucay http://www.rba.es/libros/find_libros.jsp?TITULO=&AUTOR=bucay&ID_COLECCION=&ID_TEMA=&ISBN=&Submit=Buscar
¡¡¡¡FELIZ LECTURA!!!! |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
isel

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Sab Jul 09, 2005 8:01 pm |
  |
Os pongo el prólogo del libro "Cuentos para pensar". A ver si os animáis a comprarlo, ese u otro libro de Jorge Bucay, así le hago propaganda... .
LAS TRES VERDADES
Todos los que hemos vivido buscando la verdad, nos hemos encontrado en el camino con muchas ideas que nos sedujeron y habitaron en nosotros con la fuerza suficiente como para condicionar nuestro sistema de creencias.
Sin embargo, pasado un tiempo, muchas de las verdades terminaban siendo descartadas porque no soportaban nuestros cuestionamientos internos, o porque una “nueva verdad”, incompatible con aquéllas, competía en nosotros por los mismos espacios. O simplemente porque estas verdades dejaban de serlo.
En cualquier caso, aquellos conceptos que habíamos tenido como referentes dejaban de ser tales y nos encontrábamos, de pronto, a la deriva. Dueños del timón de nuestro barco y conscientes de nuestras posibilidades, pero incapaces de trazar un rumbo confiable.
Mientras escribo esto, recuerdo de pronto El Principito de Antaine de Saint-Exupéry:
“En sus viajes por los pequeños planetas de su galaxia se encontró con un geógrafo que anotaba, en un gran libro de registro, montañas, ríos y estrellas.
El principito quiso registrar su flor (aquella que había dejado en su planeta), pero el geógrafo le dijo:
- No registramos flores, porque no se pueden tomar como referencia las cosas efímeras.
Y el geógrafo le explicó al principito que efímero quiere decir amenazado de pronta desaparición.
Cuando el principito escuchó esto, se entristeció mucho. Se había dado cuenta de que su rosa era efímera...”.
Y entonces me pregunto, por un lado: ¿Existirán las verdades sólidas como rocas e imperturbables como accidentes geográficos? ¿O será la verdad sólo un concepto que lleva en sí mismo la esencia de lo transitorio y frágil de las flores? Y, por otro lado, desde una perspectiva macrocósmica:
¿Es que acaso las montañas, los ríos y las estrellas no están también amenazados de pronta desaparición?
¿Cuánto es “pronto” comparado con “siempre”?
¿No son, desde esta mirada, las montañas también efímeras...?
Creo que lo que me gustaría hoy es intentar escribir sobre algunas ideas-montaña, ideas-río, ideas-estrella con las que me he ido cruzando en mi camino.
Algunas verdades que seguramente son cuestionables para otros, lo serán también para mí, algún día. Pero hoy contienen, me parece, la solidez y la confiabilidad que da la indiscutible mirada del sentido común.
I. El primero de estos pensamientos confiables forma parte inseparable de la filosofía guestáltica y es la idea de saber que
lo que es, es.
(Escribo esto y pienso en la desilusión de quien me lee: ¡Lo que es, es...!¿Esa es la verdad?”.)
El concepto, no por obvio menos ignorado, contiene en sí mismo tres implicaciones que me parece significativo remarcar: saber que “lo que es, es” implica la aceptación de que los hechos, las cosas, las situaciones son como son.
La realidad no es como a mí me convendría que fuera.
No es como debería ser.
No es como me dijeron que iba a ser.
No es como fue.
No es como será mañana.
La realidad de mi afuera es como es.
Pacientes y alumnos que me escuchan repetir este concepto se empeñan en ver en él un deje de resignación, de postura lapidaria, de bajar la guardia.
Me parece útil recordar que el cambio solo puede producirse cuando somos conscientes de la situación presente. ¿Cómo podríamos diagramar nuestra ruta a Nueva York sin saber en qué punto del universo nos encontramos?
Sólo puedo iniciar mi camino desde mi punto de partida, y esto es aceptar que las cosas son como son.
La segunda derivación directamente relacionada con esta idea es que
yo soy quien soy.
Otra vez:
Yo no soy quien quisiera ser.
No soy el que debería ser.
No soy el que mi mamá quería que fuese.
Ni siquiera soy el que fui.
Yo soy quien soy.
De paso, para mí, toda nuestra patología psicológica proviene de la negación de esa frase.
Todas nuestras neurosis empiezan cuando tratamos de ser quienes no somos.
En Déjame que te cuente... escribí sobre el autorrechazo:
... Todo empezó aquél día gris
en que dejaste de decir orgulloso
YO SOY...
Y entre avergonzado y temeroso
bajaste la cabeza y cambiaste
tus palabras y actitudes
por un terrible pensamiento:
YO DEBERÍA SER...
...Y si es difícil aceptar que yo soy quien soy, cuánto más difícil no es, a veces, aceptar la tercera derivación del concepto “lo que es, es”:
Tú... eres quien eres.
Es decir:
Tú no eres quien yo necesito que seas.
Tú no eres el que fuiste.
Tú no eres como a mí me conviene.
Tú no eres como quiero.
Tú eres como eres.
Aceptar eso es respetarte y no pedirte que cambies.
Hace poco empecé a definir el verdadero amor como la desinteresada tarea de crear espacio para que el otro sea quien es.
Esta primera “verdad” es el principio (en sus dos sentidos, de primero y de primordial) de toda relación adulta.
Se materializa cuando yo te acepto como tú eres y percibo que tú también me aceptas como yo soy.
II. La segunda verdad que creo imprescindible la tomo de la sabiduría sufí:
Nada que sea bueno es gratis.
Y de aquí se derivan, para mí, por lo menos dos ideas.
La primera: si deseo algo que es bueno para mí, debería saber que voy a pagar un precio por ello. Por supuesto, ese pago no siempre es en dinero (si fuera sólo en dinero, ¡sería tan fácil!). Este precio es a veces alto y otras muy pequeño, pero siempre existe. Porque nada que sea bueno es gratis.
La segunda: darme cuenta de que si algo recibo de fuera, si algo bueno me está pasando, si vivo situaciones de placer y de goce es porque me las he ganado. He pagado por ellas, me las merezco. (Sólo para alertar a los pesimistas y desalentar a los aprovechados, quiero aclarar que los pagos son siempre por anticipado: lo bueno que vivo ya lo he pagado. ¡No hay cuotas a plazos!)
Algunos de los que me escuchan decir esto pregunta:
¿Y lo malo?
¿No es cierto que lo malo tampoco es gratis?
Si me pasa algo malo, ¿es también por algo que hice? ¿Porque de alguna forma me lo merezco?
Quizá sea cierto. Sin embargo, estoy hablando de verdades para mí incuestionables, sin excepciones, universales. Y para mí la aseveración de que “me merezco todo lo que me pasa incluido lo malo” no es necesariamente cierta.
Puedo asegurar que conozco algunas personas a las que les han acontecido hechos desgraciados y dolorosos que, sin duda alguna, ¡no merecían!
Incorporar esta verdad (nada que sea bueno es gratis) es abandonar para siempre la idea infantil de que alguien debe darme algo porque sí, porque yo lo quiero. Que la vida tiene que procurarme lo que deseo “sólo porque lo deseo”, de pura suerte, mágicamente.
III. Y la tercera idea que creo que es un punto de referencia podría enunciarla de la siguiente manera:
Es cierto que nadie puede hacer todo lo que quiere, pero cualquiera puede NO hacer NUNCA lo que NO QUIERE.
Me repito a mí mismo:
Nunca hacer lo que no quiero.
Incorporar este concepto como una referencia real, es decir, vivir coherentemente con esta idea, no es fácil. Y sobre todo no es gratis. (Nada que sea bueno lo es, y eso es bueno).
Estoy diciendo que si soy un adulto, nadie puede obligarme a hacer lo que no quiero hacer. Lo máximo que puede pasarme, en todo caso, es que el precio sea mi vida. (No es que minimice ese coste, pero sigo pensando que es diferente creer que no puedo hacerlo, a saber que hacerlo me costaría la vida).
Sin embargo, en lo cotidiano, en el pasar de todos los días, los precios son mucho más bajos. En general, lo único que es necesario es incorporar la capacidad de renunciar a que algunos de los demás me aprueben, me aplaudan, me quieran. (El coste, como a mí me gusta llamarlo, es que cuando uno se atreve a decir “no” empieza a descubrir algunos aspectos desconocidos de sus amigos: la nuca, la espalda y todas esas otras partes que se ven sólo cuando el otro se va).
Estas tres verdades son para mí ideas-montaña, ideas-río, ideas-estrella.
verdades que continúan siendo ciertas a través del tiempo y de las circunstancias.
Conceptos que no son relativos a determinados momentos, sino a todos y cada uno de los instantes que, sumados, solemos llamar “nuestra vida”.
VERDADES-MONTAÑA para poder construir nuestra casa sobre una base sólida.
VERDADES-RÍO para poder calmar nuestra sed y para navegar sobre ellas en la búsqueda de nuevos horizontes.
VERDADES-ESTRELLA para poder servirnos de guía, aun en nuestras noches más oscuras...
JORGE BUCAY
INTRODUCCIÓN DE CUENTOS PARA PENSAR |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay
Ultima edición por isel el Sab Oct 22, 2005 10:43 pm, editado 1 vez |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
isel

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Sab Jul 09, 2005 8:02 pm |
  |
SIN QUERER SABER
Y si es cierto que has dejado de quererme
yo te pido,
por favor,
¡no me lo digas!
Necesito hoy
y todavía
navegar
inocente en tus mentiras...
Dormiré sonriendo
y muy tranquilo.
Me despertaré
muy temprano por la mañana.
Y volveré a hacerme a la mar,
te lo prometo...
Pero esta vez,
sin atisbo de protesta o resistencia,
naufragaré por voluntad y sin reservas
en la profunda inmensidad de tu abandono...
JORGE BUCAY |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
Loukubes

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 725
|
Publicado:
Mie Jul 13, 2005 9:56 pm |
  |
Gracias Isel,voy a poner este cuento y espero chicas q abrais las alas y voleis....
LAS ALAS SON PARA VOLAR
Cuando se hizo mayor, su padre le dijo: "Hijo mío:no todos nacemos con alas.Si bien es cierto que no tienes obligación de volar,creo que sería una pena que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado".
-Pero yo no sé volar-contestó el hijo.
-Es verdad...-dijo el padre.Y,caminado,lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña.
-¿Ves,hijo?Este es el vacío.Cuando quieras volar vas a venir aquí,vas a tomar aire,vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas,volarás.
El hijo dudó.
-¿Y si me caigo?
-Aunque te caigas,no morirás.Sólo te harás algunos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento-contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo a ver a sus amigos,a sus compañeros,aquellos con los que había caminado toda su vida.
Los más estrechos de mente le dijeron:"¿Estás loco?¿Para qué? Tu padre está medio loco...¿Para qué necesitas volar? ¿Por qué no te dejas de tonterías? ¿Quién necesita volar?".
Los mejores amigos le aconsejaron:"¿Y si fuera cierto? ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio?Prueba a tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol.Pero...¿desde la cima?".
El joven escuchó el consejo de quieens le querían .Subió a la copa de un árbol y ,llenándose de coraje,saltó.Desplegó las alas,las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero,desgraciadamente,se precipitó a tierra.
Con un gran chichón en la frente ,se cruzo con su padre.
-¡Me mentiste! No puedo volar.Lo he probado y ¡mira el golpe que me he dado! No soy como tú.Mis alas sólo son de adorno.
-Hijo mío-dijo el padre-.Para volar ,hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en paracaídas:necesitas cierta altura antes de saltar.
Para volar hay que comenzar asumiendo riesgos.
Si no quieres,lo mejor quizá sea resignarse y seguir caminando para siempre. |
_________________
 |
|
Añadir a do.min.io/s      |
 |
Anamcara

Registrado: 24 Jul 2005
Mensajes: 9
Ubicación: Argentina
|
Publicado:
Dom Ago 14, 2005 11:21 pm |
  |
Bueno, bueno , bueno, a mi juego me llamaron.... Bucay fue la persona que abrió mi corazón para poder comenzar a escribir.... Aquí en Argentina solía tener un programa de televisión y me volví fanática de él.... El último libro Shymriti será mi próxima compra... GRACIAS ISEL POR ESCRIBIR ESTO! |
_________________ " En el arte como en la vida pregunta siempre: "¿qué más hay ahí?".Debe haber algo más. Y aun si no lo encuentras, por lo menos, buscarlo es un buen ejercicio" VM citando a Miles Davis. |
|
Añadir a do.min.io/s     |
 |
isel

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Mie Sep 28, 2005 11:54 pm |
  |
mmmmmmmmmmmmm (No hay de qué, es un placer)
DARSE CUENTA
De "Cuentos para pensar"
Este cuento está inspirado en un poema de un monge tibetano, Rimpoche, y que rescribí según mi propia manera de decir, para mostrar una característica mas de nosotros, los humanos.
Me levanto una mañana,
salgo de mi casa,
hay un pozo en la vereda,
no lo veo,
y me caigo en él.
Día siguiente...
salgo de mi casa,
me olvido que hay un pozo en la vereda,
y vuelvo a caer en él.
Tercer día,
salgo de mi casa trantando de acordarme
que hay un pozo en la vereda,
sin embargo,
no lo recuerdo,
y caigo en él.
Cuarto día,
salgo de mi casa tratando de acordarme
del pozo en la vereda,
lo recuerdo,
y no veo el pozo
y caigo en él.
Quinto día,
salgo de mi casa,
recuerdo que tengo que tener presente
el pozo en la vereda
y camino mirando el piso,
y lo veo
y a pesar de verlo,
caigo en él.
Sexto día,
salgo de mi casa,
recuerdo el pozo en la vereda,
voy buscándolo con la vista,
lo veo,
intento saltarlo,
y caigo en él.
Séptimo día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
salto, rozo con las puntas de mis pies el borde del otro lado,
pero no es suficiente y, caigo en él.
Octavo día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
salto,
¡llego al otro lado!
Me siento tan orgulloso de haberlo conseguido,
que festejo dando saltos de alegría...
Y al hacerlo, caigo otra vez en el pozo.
Noveno día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
salto,
y sigo mi camino.
Décimo día,
me doy cuenta
recién hoy
que es más cómodo
caminar...
por la vereda de enfrente.
Jorge Bucay
Ciertamente... son cuentos para pensar  |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
isel

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Jue Sep 29, 2005 12:01 am |
  |
otro:
LA TRISTEZA Y LA FURIA
En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta. En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas...
Había una vez un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.
Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque. La furia, apurada, como siempre esta la furia, urgida, sin saber por qué, se bañó rápidamente y mas rápidamente aún, salió del agua...
Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró...
Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...
Y así vestida de tristeza, la furia se fue.
Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro, o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo, con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.
Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza.
 |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
isel

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Lun Oct 10, 2005 11:22 pm |
  |
He encontrado una página en la que se pueden descargar libros para lectura de Jorge Bucay:
http://www.elmistico.com.ar/descarga/index.htm
aunque eso de perlas del esoterismo... no sé... no lo encuadro muy bien
De todas formas, si vais a Principal, a la izquierda hay una lista de personajes bastante interesante para bucear, lo mismo que en Poetas. |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
Loukubes

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 725
|
Publicado:
Mar Oct 11, 2005 6:54 pm |
  |
Gracias me he descargado los q nos has pasado y me estoy leyendo camino del encuentro.Mañana mismo me lo voy a comprar,de lo q he leido hasta ahora resaltaria esto....
Si alguien habla del amor es un inmaduro, si dice que es feliz es un ingenuo o un frívolo, si es generoso es sospechoso, si es confiado es un tonto y si es optimista es un idiota.
Como avance más ya os contare cosas.Es realemente interesante y no se si a vosotras os pasara igual pero a mi me ayudo mucho el camino de lagrimas.Espero con este tener igual fortuna. |
_________________
 |
|
Añadir a do.min.io/s      |
 |
isel

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Mar Ene 30, 2007 9:02 pm |
  |
De "Déjame que te cuente", éstos dos capítulos, con sus cuentos, me ayudaron mucho. Hablan de la culpa:
EL CRUCE DEL RÍO
—¡Tengo una bronca!...
—¿Qué te pasa?
—Y,... que de aquí, tengo que ir a la casa de un compañero a llevarle unos apuntes que necesita... y vive en Merlo.
—Mira, Demi...
—Sí, ya sé –lo interrumpí— me vas a decir que yo no “tengo que” nada, que lo hago porque yo quiero, que yo lo elijo y todo eso... ya lo sé.
—Seguro, tú lo eliges.
—Sí, lo elijo. Pero siento que es mi obligación.
—Muy bien. Yo no cuestiono que tú te sientas obligado, ni cuestiono por qué te sientes obligado. Lo que cuestiono, en todo caso, es que tú ni sepas por qué te sientes obligado.
—Yo sé por qué me siento obligado: Juan es un tipo fenómeno y cada vez que yo necesité algo, él estuvo ahí para ayudarme. A mí me parece que no me puedo negar.
—Mira, poder puedes. En todo caso, lo que sucede es que...
—... es que me preocupa qué pensaría Juan de mí...
—No, peor. Te preocupa qué pensarías tú de ti.
—¿Yo?... Me sentiría una basura.
—Independientemente de lo que fueras o no (si no le llevaras los apuntes), ¿no te estás sintiendo ya una basura por el sólo hecho de tener bronca de ir?
—Sí, supongo que sí.
—Aquí está el problema de los sentimientos de culpa, ¿ves? La humanidad sufre y se caga la vida porque doce horas por día se siente culpable de ser como es. —...Y las otras 12 horas le caga la vida a otro diciéndole qué hay que hacer.
—¡Ah! Ahora sí que ya no sé nada.
—Quizás sea lo mejor. Quizás sin saber nada, haya más para aprender.
Estos momentos en que Jorge se ponía a mitad de camino entre filosófico e irónico, y yo no sabía si me lo decía a mí o estaba meditando en mi presencia sobre el futuro de la humanidad, estos momentos, eran los más duros de soportar.
Lo hiciera por lo que lo hiciera: por él, por mí o por la ciencia, lo cierto es que aun sabiendo que más tarde todo esto me serviría, yo sentía que me quería ir. No quería más: ni terapia, ni crecimiento, ni nada. Me quería ir...
Lo único que me retenía era el recuerdo de que alguna vez lo hice y al final todo había resultado peor, me llevé la confusión conmigo y no pude hacer nada más hasta no terminar con ella.
Este cuento no me lo contó ese día, pero en cada uno de esos momentos venía a mi memoria, para recordarme la importancia de no dejar las cosas por la mitad y de los peligros de ocupar espacios en la cabeza con esas cosas no resueltas.
Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río, una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.
—¿Qué te sucede? –le preguntó el más anciano.
—Mi madre se muere. Ella está sola en su casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar. Lo intenté –siguió la joven— pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora... ahora que aparecisteis vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar...
—Ojalá pudiéramos –se lamentó el más joven—. Pero la única manera de ayudarte, sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Eso está prohibido... lo siento.
—Yo también lo siento –dijo la mujer y siguió llorando.
El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:
—Sube.
La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito de ropa y montó a horcajadas sobre el monje.
Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven.
Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de besar las manos del anciano monje..—Está bien, está bien –dijo el viejo retirando las manos— , sigue tu camino.
La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomó sus ropas y corrió por el camino al pueblo.
Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio.
...Faltaban aún diez horas de caminata.
Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:
—Maestro, tú sabes mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del río.
—Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que la cargas todavía sobre los hombros?
REGALOS PARA EL MAHARAJÁ
—Mira, Demián, sería fantástico que le llevaras los apuntes a tu amigo, sería ideal que además sintieras placer al hacerlo, sería razonable que lo hicieras sin emoción alguna, pero ¿sintiendo bronca?... Yo no creo que Juan pueda aprobar esa materia estudiando por esos apuntes!
—¿Eso qué tiene que ver?
—Nada, es una broma, pensaba en las “malas ondas” como dicen ustedes.
—No sé qué hinchas tanto, si yo ya dije que los iba a llevar.
—Hincho para que sepas cómo llegas a estas situaciones. ¿Te cuento un cuento?
Una vez un maharajá, que tenía fama de ser muy sabio, cumplía 100 años. El acontecimiento fue recibido con gran alegría, ya que todos querían mucho al gobernante. En el palacio se organizó una gran fiesta para esa noche y se invitaron a poderosos señores del reino y de otros países.
El día llegó y una montaña de regalos se amontonó en la entrada del salón, donde el maharajá iba a saludar a sus invitados.
Durante la cena, el maharajá pidió a sus sirvientes que separaran los regalos en dos grupos: los que tenían remitente y los que no se sabía quién los había enviado.
A los postres, el rey mandó traer todos los regalos en sus dos montañas. Una de cientos de grandes y costosos regalos y otra más pequeña, de una decena de presentes.
El maharajá comenzó a tomar regalo por regalo de la primera montaña y fue llamando a los que habían enviado los regalos. A cada uno lo hacía subir al trono y le decía:
—Te agradezco tu regalo, te lo devuelvo y estamos como antes –y le devolvía el regalo, no importaba cuál fuera..Cuando terminó con esa pila, se acercó a la otra montaña de regalos y dijo:
—Estos regalos no tienen remitente. A estos sí los voy a aceptar, porque estos no me obligan y a mi edad, no es bueno contraer deudas.
—Cada vez que recibes algo, Demián, puede estar en tu ánimo o en el del otro, transformar este dar en una deuda. Si fuera así, sería mejor no recibir nada.
Pero si eres capaz de dar sin esperar pagos y de recibir sin sentir obligaciones, entonces puedes dar o no, recibir o no, pero nunca más quedarás endeudado. Y lo más importante, nunca más nadie dejará de pagarte lo que te debe, porque nunca más nadie te deberá nada.
Cuando Jorge terminó de hablar, la bronca había desaparecido.
Me di cuenta de que no tenía obligación de llevarle los apuntes.
Me di cuenta de que lo que él me había ayudado, fue hecho con sus ganas. Y aún más: si lo había hecho como una manera de dejarme deudor, era un turro y entonces yo no quería hacerle favores.
No debía pues nada y podía hacer lo que quisiera.
Así que le di un beso a Jorge y me fui a llevarle los apuntes a Juan |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
Asunción
Registrado: 20 Sep 2006
Mensajes: 2748
Ubicación: Andalucía
|
Publicado:
Mie Ene 31, 2007 11:47 am |
  |
Gracias por el cuento, Isel. |
_________________ "La vida es un continuo riesgo...vivir es exponerse. (...). A pesar de todos los males y todas las desgracias, siempre buscamos querer y ser queridos".
La llama doble- Octavio Paz. |
|
Añadir a do.min.io/s    |
 |
isel

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Mar Feb 27, 2007 11:26 pm |
  |
Este es un libro entero de Jorge Bucay. Entiendo que no lo leáis todo, pero se pueden extraer párrafos y cuentos para reflexionar en una tarde tranquila (o leerlo despacio después de imprimirlo)
EL CAMINO DE LA AUTODEPENDENCIA
Jorge Bucay
Hojas de ruta
Seguramente hay un rumbo
posiblemente
y de muchas maneras
personal y único.
Posiblemente haya un rumbo
seguramente
y de muchas maneras
el mismo para todos.
Hay un rumbo seguro
y de alguna manera posible.
De manera que habrá que encontrar ese rumbo y empezar a recorrerlo. Y posiblemente habrá que arrancar solo y sorprenderse al encontrar, más adelante en el camino, a todos los que seguramente van en la misma dirección.
Este rumbo último, solitario, personal y definitivo, sería bueno no olvidarlo, es nuestro puente hacia los demás, el único punto de conexión que nos une irremediablemente al mundo de lo que es.
Llamemos al destino final como cada uno quiera: felicidad, autorrealización, elevación, iluminación, darse cuenta, paz, éxito, cima, o simplemente final... lo mismo da. Todos sabemos que arribar con bien allí es nuestro desafío.
Habrá quienes se pierdan en el trayecto y se condenen a llegar un poco tarde y habrá también quienes encuentren un atajo y se transformen en expertos guías para los demás.
Algunos de estos guías me han enseñado que hay muchas formas de llegar, infinitos accesos, miles de maneras, decenas de rutas que nos llevan por el rumbo correcto. Caminos que transitaremos uno por uno.
Sin embargo, hay algunos caminos que forman parte de todas las rutas trazadas.
Caminos que no se pueden esquivar.
Caminos que habrá que recorrer si uno pretende seguir.
Caminos donde aprenderemos lo que es imprescindible saber para acceder al último tramo.
Para mí estos caminos inevitables son cuatro:
1 / El camino del encuentro definitivo con uno mismo, que yo llamo
El camino de la Autodependencia.
2 / El camino del encuentro con el otro, del amor y del sexo, que llamo
El camino del Encuentro.
3 / El camino de las pérdidas y de los duelos, que llamo
El camino de las Lágrimas.
4 / Y el camino de la completud y de la búsqueda del sentido, que llamo
El camino de la Felicidad.
A lo largo de mi propio viaje he vivido consultando los apuntes que otros dejaron de sus viajes y he usado parte de mi tiempo en trazar mis propios mapas del recorrido.
Mis mapas de estos cuatro caminos se constituyeron en estos años en hojas de ruta que me ayudaron a retomar el rumbo cada vez que me perdía.
Quizás estas Hojas de Ruta puedan servir a algunos de los que, como yo, suelen perder el rumbo, y quizás, también, a aquellos que sean capaces de encontrar atajos. De todas maneras, el mapa nunca es el territorio y habrá que ir corrigiendo el recorrido cada vez que nuestra propia experiencia encuentre un error del cartógrafo. Sólo así llegaremos a la cima.
Ojalá nos encontremos allí.
Querrá decir que ustedes han llegado.
Querrá decir que lo conseguí también yo.
JORGE BUCAY
La Alegoría del Carruaje
Un día de octubre, una voz familiar en el teléfono me dice:
—Salí a la calle que hay un regalo para vos.
Entusiasmado, salgo a la vereda y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo justo frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy “chic”. Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular forrado en pana bordó y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta que todo está diseñado exclusivamente para mí, está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo... todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.
Entonces miro por la ventana y veo “el paisaje”: de un lado el frente de mi casa, del otro el frente de la casa de mi vecino... y digo: “¡Qué bárbaro este regalo! Qué bien, qué lindo...” Y me quedo un rato disfrutando de esa sensación.
Al rato empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.
Me pregunto: “¿Cuánto tiempo uno puede ver las mismas cosas?” Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.
De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino que me dice, como adivinándome:
—¿No te das cuenta que a este carruaje le falta algo?
Yo pongo cara de qué-le-falta mientras miro las alfombras y los tapizados.
—Le faltan los caballos —me dice antes que llegue a preguntarle.
Por eso veo siempre lo mismo —pienso—, por eso me parece aburrido...
—Cierto —digo yo.
Entonces voy hasta el corralón de la estación y le ato dos caballos al carruaje. Me subo otra vez y desde adentro grito:
—¡¡Eaaaaa!!
El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.
Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el carruaje y a ver el comienzo de una rajadura en uno de los laterales.
Son los caballos que me conducen por caminos terribles; agarran todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.
Me doy cuenta que yo no tengo ningún control de na-da; los caballos me arrastran a donde ellos quieren.
Al principio, ese derrotero era muy lindo, pero al final siento que es muy peligroso.
Comienzo a asustarme y a darme cuenta que esto tampoco sirve.
En ese momento, veo a mi vecino que pasa por ahí cerca, en su auto. Lo insulto:
—¡Qué me hizo!
Me grita:
—¡Te falta el cochero!
—¡Ah! —digo yo.
Con gran dificultad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar a un cochero. A los pocos días asume funciones. Es un hombre formal y circunspecto con cara de poco humor y mucho conocimiento.
Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron.
Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero adónde quiero ir.
Él conduce, él controla la situación, él decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.
Yo... Yo disfruto del viaje.
Esta pequeña alegoría debería servirnos para entender el concepto holístico del ser.
Hemos nacido, salido de nuestra “casa” y nos hemos encontrado con un regalo: nuestro cuerpo. Un carruaje diseñado especialmente para cada uno de nosotros. Un vehículo capaz de adaptarse a los cambios con el paso del tiempo, pero que será el mismo durante todo el viaje.
A poco de nacer, nuestro cuerpo registró un deseo, una necesidad, un requerimiento instintivo, y se movió. Este carruaje —el cuerpo— no serviría para nada si no tuviese caballos; ellos son los deseos, las necesidades, las pulsiones y los afectos.
Todo va bien durante un tiempo, pero en algún momento empezamos a darnos cuenta que estos deseos nos llevaban por caminos un poco arriesgados y a veces peligrosos, y entonces tenemos necesidad de sofrenarlos. Aquí es cuando aparece la figura del cochero: nuestra cabeza, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente. Ese cochero manejará nuestro mejor tránsito.
Hay que saber que cada uno de nosotros es por lo menos los tres personajes que intervienen allí.
Vos sos el carruaje, sos los caballos y sos el cochero durante todo el camino, que es tu propia vida.
La armonía deberás construirla con todas estas partes, cuidando de no dejar de ocuparte de ninguno de estos tres protagonistas.
Dejar que tu cuerpo sea llevado sólo por tus impulsos, tus afectos o tus pasiones puede ser y es sumamente peligroso. Es decir, necesitás de tu cabeza para ejercer cierto orden en tu vida.
El cochero sirve para evaluar el camino, la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son tus caballos. No permitas que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque... ¿qué harías sin los caballos? ¿Qué sería de vos si fueras solamente cuerpo y cerebro? Si no tuvieras ningún deseo, ¿cómo sería la vida? Sería como la de esa gente que va por el mundo sin contacto con sus emociones, dejando que solamente su cerebro empuje el carruaje.
Obviamente, tampoco podés descuidar el carruaje, porque tiene que durar todo el trayecto. Y esto implicará reparar, cuidar, afinar lo que sea necesario para su mantenimiento. Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe, y si se rompe se acabó el viaje.
Recién cuando puedo incorporar esto, cuando sé que soy mi cuerpo, mi dolor de cabeza y mi sensación de apetito,
que soy mis ganas y mis deseos y mis instintos; que soy además mis reflexiones y mi mente pensante y mis experiencias... Recién en ese momento estoy en condiciones de empezar, equipado, este camino, que es el que hoy decido para mí.
CAPÍTULO 1. SITUACIÓN
Dice Hamlet Lima Quintana:
Todo depende de la luz,
de la manera de iluminar las cosas...
Todo depende de la forma,
de los contornos,
de las interpolaciones y
de las dudas.
Todo también depende
de que el tiempo nos marque,
de que los espacios nos den los titulares.
El verdadero problema es elegir entre
perseguir las sombras
o resignarse a ser el perseguido.
Un extraño “To be or not to be”
en este casi ser
en este casi no ser.
Salir desde las sombras
o hacer las sombras perdurables.
Y en la última etapa del abismo
después de liberar a los otros,
a todos los que son los otros,
recordar,
sin urgencias,
que uno es el preso.
Y a partir de allí...
liberarse.
Para entender la dependencia, vale la pena empezar a pensarnos de alguna manera liberados y de muchas maneras prisioneros. En este “casi ser y casi no ser” que evoca el poeta, pensarnos desde la pregunta: ¿Qué sentido y qué importancia le dará cada uno de nosotros al hecho de depender o no de otros?
Retomo aquí el lugar donde una vez abandoné una idea, que definí con una palabra inventada: Autodependencia.
¿No había ya suficientes palabras que incluyeran la misma raíz?
Dependencia
Co-dependencia
Inter-dependencia
In-dependencia
¿Hacía falta una más?
Creo que sí.
La palabra dependiente deriva de pendiente, que quiere decir literalmente que cuelga (de pendere), que está suspendido desde arriba, sin base, en el aire.
Pendiente significa también incompleto, inconcluso, sin resolver. Si es masculino designa un adorno, una alhaja que se lleva colgando como decoración. Si es femenino define una inclinación, una cuesta hacia abajo presumiblemente empinada y peligrosa.
Con todos estos significados y derivaciones no es raro que la palabra de-pendencia evoque en nosotros estas imágenes que usamos como definición:
Dependiente es aquel que se cuelga de otro, que vive como suspendido en el aire, sin base, como si fuera un adorno que ese otro lleva. Es alguien que está cuesta abajo, permanentemente incompleto, eternamente sin resolución.
Había una vez un hombre que padecía de un miedo absurdo, temía perderse entre los demás. Todo empezó una noche, en una fiesta de disfraces, cuando él era muy joven. Alguien había sacado una foto en la que aparecían en hilera todos los invitados. Pero al verla, él no se había podido reconocer. El hombre había elegido un disfraz de pirata, con un parche en el ojo y un pañuelo en la cabeza, pero muchos habían ido disfrazados de un modo similar. Su maquillaje consistía en un fuerte rubor en las mejillas y un poco de tizne simulando un bigote, pero disfraces que incluyeran bigotes y mofletes pintados había unos cuantos. Él se había divertido mucho en la fiesta, pero en la foto todos parecían estar muy divertidos. Finalmente recordó que al momento de la foto él estaba del brazo de una rubia, entonces intentó ubicarla por esa referencia; pero fue inútil: más de la mitad de las mujeres eran rubias y no pocas se mostraban en la foto del brazo de piratas.
El hombre quedó muy impactado por esta vivencia y, a causa de ello, durante años no asistió a ninguna reunión por temor a perderse de nuevo.
Pero un día se le ocurrió una solución: cualquiera fuera el evento, a partir de entonces, él se vestiría siempre de marrón. Camisa marrón, pantalón marrón, saco marrón, medias y zapatos marrones. “Si alguien saca una foto, siempre podré saber que el de marrón soy yo”, se dijo.
Con el paso del tiempo, nuestro héroe tuvo cientos de oportunidades para confirmar su astucia: al toparse con los espejos de las grandes tiendas, viéndose reflejado junto a otros que caminaban por allí, se repetía tranquilizador: “Yo soy el hombre de marrón”.
Durante el invierno que siguió, unos amigos le regalaron un pase para disfrutar de una tarde en una sala de baños de vapor. El hombre aceptó gustoso; nunca había estado en un sitio como ése y había escuchado de boca de sus amigos las ventajas de la ducha escocesa, del baño finlandés y del sauna aromático.
Llegó al lugar, le dieron dos toallones y lo invitaron a entrar en un pequeño box para desvestirse. El hombre se quitó el saco, el pantalón, el pullover, la camisa, los zapatos, las medias... y cuando estaba a punto de quitarse los calzoncillos, se miró al espejo y se paralizó. “Si me quito la última prenda, quedaré desnudo como los demás”, pensó. “¿Y si me pierdo? ¿Cómo podré identificarme si no cuento con esta referencia que tanto me ha servido?”
Durante más de un cuarto de hora se quedó en el box con su ropa interior puesta, dudando y pensando si debía irse... Y entonces se dio cuenta que, si bien no podía permanecer vestido, probablemente pudiera mantener alguna señal de identificación. Con mucho cuidado quitó una hebra del pulóver que traía y se la ató al dedo mayor de su pie derecho. “Debo recordar esto por si me pierdo: el que tiene la hebra marrón en el dedo soy yo”, se dijo.
Sereno ahora, con su credencial, se dedicó a disfrutar del vapor, los baños y un poco de natación, sin notar que entre idas y zambullidas la lana resbaló de su dedo y quedó flotando en el agua de la piscina. Otro hombre que nadaba cerca, al ver la hebra en el agua le comentó a su amigo: “Qué casualidad, éste es el color que siempre quiero describirle a mi esposa para que me teja una bufanda; me voy a llevar la hebra para que busque la lana del mismo color”. Y tomando la hebra que flotaba en el agua, viendo que no tenía dónde guardarla, se le ocurrió atársela en el dedo mayor del pie derecho.
Mientras tanto, el protagonista de esta historia había terminado de probar todas las opciones y llegaba a su box para vestirse. Entró confiado, pero al terminar de secarse, cuando se miró en el espejo, con horror advirtió que estaba totalmente desnudo y que no tenía la hebra en el pie. “Me perdí”, se dijo temblando, y salió a recorrer el lugar en busca de la hebra marrón que lo identificaba. Pocos minutos después, observando detenidamente en el piso, se encontró con el pie del otro hombre que llevaba el trozo de lana marrón en su dedo. Tímidamente se acercó a él y le dijo: “Disculpe señor. Yo sé quién es usted, ¿me podría decir quién soy yo?”
Y aunque no lleguemos al extremo de depender de otros para que nos digan quiénes somos, estaremos cerca si renunciamos a nuestros ojos y nos vemos solamente a través de los ojos de los demás. Depender significa literalmente entregarme voluntariamente a que otro me lleve y me traiga, a que otro arrastre mi conducta según su voluntad y no según la mía. La dependencia es para mí una instancia siempre oscura y enfermiza, una alternativa que, aunque quiera ser justificada por miles de argumentos, termina conduciendo irremediablemente a la imbecilidad.
La palabra imbécil/[i] la heredamos de los griegos (im: con, báculo: bastón), quienes la usaban para llamar a aquellos que vivían apoyándose sobre los demás, los que dependían de alguien para poder caminar.
Y no estoy hablando de individuos transitoriamente en crisis, de heridos y enfermos, de discapacitados genuinos, de débiles mentales, de niños ni de jóvenes inmaduros. Éstos viven, con toda seguridad, dependientes, y no hay nada de malo ni de terrible en esto, porque naturalmente no tienen la capacidad ni la posibilidad de dejar de serlo.
Pero aquellos adultos sanos que sigan eligiendo depender de otros se volverán, con el tiempo, imbéciles sin retorno. Muchos de ellos han sido educados para serlo, porque hay padres que liberan y padres que imbecilizan.
Hay padres que invitan a los hijos a elegir devolviéndoles la responsabilidad sobre sus vidas a medida que crecen, y también padres que prefieren estar siempre cerca “Para ayudar”, “Por si acaso”, “Porque él (cuarenta y dos años) es tan ingenuo” y “Porque ¿para qué está la plata que hemos ganado si no es para ayudar a nuestros hijos?”.
Esos padres morirán algún día y esos hijos van a terminar intentando usarnos a nosotros como el bastón sustituyente.
No puedo justificar la dependencia porque no quiero avalar la imbecilidad.
Siguiendo el análisis propuesto por Fernando Savater, existen distintas clases de imbéciles.
Los imbéciles intelectuales, que son aquellos que creen que no les da la cabeza (o temen que se les gaste si la usan) y entonces le preguntan al otro: ¿Cómo soy? ¿Qué tengo que hacer? ¿Adónde tengo que ir? Y cuando tienen que tomar una decisión van por el mundo preguntando: “Vos ¿qué harías en mi lugar?”. Ante cada acción construyen un equipo de asesores para que piense por ellos. Como en verdad creen que no pueden pensar, depositan su capacidad de pensar en los otros, lo cual es bastante inquietante. El gran peligro es que a veces son confundidos con la gente genuinamente considerada y amable, y pueden terminar, por confluyentes, siendo muy populares. (Quizás deba dejar aquí una sola advertencia: Jamás los votes.)
Los imbéciles afectivos son aquellos que dependen todo el tiempo de que alguien les diga que los quiere, que los ama, que son lindos, que son buenos.
Son protagonistas de diálogos famosos:
[i]—¿Me querés?
—Sí, te quiero...
—¿Te molestó?
—¿Qué cosa?
—Mi pregunta.
—No, ¿por qué me iba a molestar?
—Ah... ¿Me seguís queriendo?
(¡Para pegarle!)
Un imbécil afectivo está permanentemente a la búsqueda de otro que le repita que nunca, nunca, nunca lo va a dejar de querer. Todos sentimos el deseo normal de ser queridos por la persona que amamos, pero otra cosa es vivir para confirmarlo.
Los varones tenemos más tendencia a la imbecilidad afectiva que las mujeres. Ellas, cuando son imbéciles, tienden a serlo en hechos prácticos, no afectivos.
Tomemos mil matrimonios separados hace tres meses y observemos su evolución. El 95% de los hombres está con otra mujer, conviviendo o casi. Si hablamos con ellos dirán:
—No podía soportar llegar a mi casa y encontrar las luces apagadas y nadie esperando. No aguantaba pasar los fines de semana solo.
El 99% de las mujeres sigue viviendo sola o con sus hijos. Hablamos con ellas y dicen:
—Una vez que resolví cómo hacer para arreglar la canilla y que acomodé el tema económico, para qué quiero tener un hombre en mi casa, ¿para que me diga “traéme las pantuflas, mi amor”? De ninguna manera.
Ellas encontrarán pareja o no la encontrarán, desearán, añorarán y querrán encontrar a alguien con quien compartir algunas cosas, pero muy difícilmente acepten a cualquiera para no sentir la desesperación de “la luz apagada”. Eso es patrimonio masculino.
Y por último...
Los imbéciles morales, sin duda los más peligrosos de todos. Son los que necesitan permanentemente aprobación del afuera para tomar sus decisiones.
El imbécil moral es alguien que necesita de otro para que le diga si lo que hace está bien o mal, alguien que todo el tiempo está pendiente de si lo que quiere hacer corresponde o no corresponde, si es o no lo que el otro o la mayoría harían. Son aquellos que se la pasan haciendo encuestas sobre si tienen o no tienen que cambiar el auto, si les conviene o no comprarse una nueva casa, si es o no el momento adecuado para tener un hijo.
Defenderse de su acoso es bastante difícil; se puede probar no contestando a sus demandas sobre, por ejemplo, cómo se debe doblar el papel higiénico; sin embargo, creo que mejor es... huir.
Cuando alguno de estos modelos de dependencia se agudiza y se deposita en una sola persona del entorno, el individuo puede llegar a creer sinceramente que no podría subsistir sin el otro. Por lo tanto, empieza a condicionar cada conducta a ese vínculo patológico al que siente a la vez como su salvación y su calvario. Todo lo que hace está inspirado, dirigido, producido o dedicado a halagar, enojar, seducir, premiar o castigar a aquel de quien depende.
Este tipo de imbéciles son los individuos que modernamente la psicología llama codependientes.
Un codependiente es un individuo que padece una enfermedad similar a cualquier adicción, diferenciada sólo por el hecho (en realidad menor) de que su “droga” es un determinado tipo de personas o una persona en particular.
Exactamente igual que cualquier otro síndrome adictivo, el codependiente es portador de una personalidad proclive a las adicciones y puede, llegado el caso, realizar actos casi (o francamente) irracionales para proveerse “la droga”. Y como sucede con la mayoría de las adicciones, si se viera bruscamente privado de ella podría caer en un cuadro, a veces gravísimo, de abstinencia.
La codependencia es el grado superlativo de la dependencia enfermiza. La adicción queda escondida detrás de la valoración amorosa y la conducta dependiente se incrusta en la personalidad como la idea: “No puedo vivir sin vos”.
Siempre alguien argumenta:
—...Pero, si yo amo a alguien, y lo amo con todo mi corazón, ¿no es cierto acaso que no puedo vivir sin él?
Y yo siempre contesto:
—No, la verdad que no.
La verdad es que siempre puedo vivir sin el otro, siempre, y hay dos personas que deberían saberlo: yo y el otro. Me parece horrible que alguien piense que yo no puedo vivir sin él y crea que si decide irse me muero... Me aterra la idea de convivir con alguien que crea que soy imprescindible en su vida.
Estos pensamientos son siempre de una manipulación y una exigencia siniestras.
El amor siempre es positivo y maravilloso, nunca es negativo, pero puede ser la excusa que yo utilizo para volverme adicto.
Por eso suelo decir que el codependiente no ama; él necesita, él reclama, él depende, pero no ama.
Sería bueno empezar a deshacernos de nuestras adicciones a las personas, abandonar estos espacios de dependencia y ayudar al otro a que supere los propios.
Me encantaría que la gente que yo quiero me quiera; pero si esa gente no me quiere, me encantaría que me lo diga y se vaya (o que no me lo diga pero que se vaya). Porque no quiero estar al lado de quien no quiere estar conmigo...
Es muy doloroso. Pero siempre será mejor que si te quedaras engañándome.
Dice Antonio Porchia en su libro Voces:
“Han dejado de engañarte, no de quererte, y sufres como si hubiesen dejado de quererte”.
Claro, a todos nos gustaría evitar la odiosa frustración de no ser queridos. A veces, para lograrlo, nos volvemos neuróticamente manipuladores: Manejo la situación para poder engañarme y creer que me seguís queriendo, que seguís siendo mi punto de apoyo, mi bastón.
Y empiezo a descender. Me voy metiendo en un pozo cada vez más oscuro buscando la iluminación del encuentro.
El primer peldaño es intentar transformarme en una necesidad para vos.
Me vuelvo tu proveedor selectivo: te doy todo lo que quieras, trato de complacerte, me pongo a tu disposición para cualquier cosa que necesites, intento que dependas de mí. Trato de generar una relación adictiva, reemplazo mi deseo de ser querido por el de ser necesitado. Porque ser necesitado se parece tanto a veces a ser querido... Si me necesitás, me llamás, me pedís, me delegás tus cosas y hasta puedo creer que me estás queriendo.
Pero a veces, a pesar de todo lo que hago para que me necesites,
vos no parecés necesitarme. ¿Qué hago? Bajo un escalón más.
Intento que me tengas lástima...
Porque la lástima también se parece un poco a ser querido...
Así, si me hago la víctima (Yo que te quiero tanto... y vos que no me querés...), quizás...
Este camino se transita demasiado frecuentemente. De hecho,
de alguna manera todos hemos pasado por este jueguito. Quizá no tan insistentemente como para dar lástima, pero quién no dijo:
“¡Cómo me hacés esto a mí!”
“Yo no esperaba esto de vos, estoy tan defraudado... estoy tan dolorido...”
“No me importa si vos no me querés... yo sí te quiero”.
Pero la bajada continúa...
¿Y si no consigo que te apiades de mí? ¿Qué hago? ¿Soporto tu indiferencia?...
¡Jamás!
Si llegué hasta aquí, por lo menos voy a tratar de conseguir que me odies.
A veces uno se saltea alguna etapa... baja dos escalones al mismo tiempo y salta de la búsqueda de volverse necesario directamente al odio, sin solución de continuidad. Porque, en verdad, lo que no soporta es la indiferencia.
Y sucede que uno se topa con gente mala, tan mala que...¡ni
siquiera quiere odiarnos! Qué malas personas, ¿verdad?
Quiero que aunque sea me odies y no lo consigo.
Entonces... Estoy casi en el fondo del pozo. ¿Qué hago?
Dado que dependo de vos y de tu mirada, haría cualquier cosa para no tener que soportar tu indiferencia. Y muchas veces bajo el último peldaño para poder tenerte pendiente:
Trato de que me tengas miedo.
Miedo de lo que puedo llegar a hacer o hacerme (fantaseando dejarte culpable y pensándome...)
Podríamos imaginar a Glenn Close diciéndole a Michael Douglas en la película “Atracción fatal”:
—Si no pude conseguir sentirme querida ni necesitada, si te negaste a tenerme lástima y ocuparte de mí por piedad, si ni siquiera conseguí que me odies, ahora vas a tener que notar mi presencia, quieras o no, porque a partir de ahora voy a tratar de que me temas
Cuando la búsqueda de tu mirada se transforma en dependencia, el amor se transforma en una lucha por el poder. Caemos en la tentación de ponernos al ser-vicio del otro, de manipular un poco su lástima, de darle bronca y hasta de amenazarlo con el abandono, con el maltrato o con nuestro propio sufrimiento...
Volveremos a hablar de este tema cuando lleguemos a El camino del encuentro, pero me parece importante dejar escrito aquí que, sin importar la gravedad de este cuadro, sucede con él lo mismo que con las restantes adicciones:
Tomando como única condición el deseo sincero de superar la adicción, la codependencia se trata y se cura.
La propuesta es:
Abandonar TODA dependencia
Ésta no es ninguna originalidad, todos los colegas, maestros, gurúes y filósofos del mundo hablan de esto. El problema es: ¿Hacia dónde abandonarla?
Los colegas han encontrado una solución, la INTERdependencia. En la interdependencia yo dependo de vos y vos dependés de mí.
Esta solución es, como mínimo, desagradable. Y de máxima, una elección del mal menor, una especie de terapia de sustitución. No me gusta cómo “soluciona” la interdependencia. Puede ser más sana o más enfermiza, pero de todos modos es un premio consuelo, porque equivale a pensar que si bien yo dependo de vos, como vos también dependés de mí, no hay problema porque estamos juntos.
Siempre digo que los matrimonios del mundo se dividen en dos grandes grupos: aquellos donde ambos integrantes quieren haber sido elegidos una vez y para siempre, y aquellos a los que nos gusta ser elegidos todos los días, estar en una relación de pareja donde el otro siga sintiendo que te vuelve a elegir. No por las mismas razones, pero te vuelve a elegir.
La interdependencia parece generar lazos indisolubles que se sostienen porque dependo y dependés, y no desde la elección actualizada de cada uno. Porque los interdependientes son dependientes; y cuando uno depende, ya no elige más...
Así que, aparentemente, sólo queda una posibilidad:
La INdependencia.
Independencia quiere decir simplemente llegar a no depender de nadie. Y esto sería maravilloso si no fuera porque implica una mentira: nadie es independiente.
La independencia es una meta inalcanzable, un lugar utópico y virtual hacia el cual dirigirse, que no me parece mal como punto de dirección, pero que hace falta mostrar como imposible para no quedarnos en una eterna frustración.
¿Por qué es imposible la independencia?
Porque para ser independiente habría que ser autosuficiente, y nadie lo es. Nadie puede prescindir de los demás en forma permanente.
Necesitamos de los otros, irremediablemente, de muchas y diferentes maneras.
Ahora bien. Si la independencia es imposible... la codependencia es enfermiza... la interdependencia no es solución... y la dependencia no es deseable... ¿entonces qué? Entonces, yo inventé una palabra:
Autodependencia |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
isel

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Mar Feb 27, 2007 11:59 pm |
  |
(sigue)
CAPÍTULO 2. ORIGEN
El bebé humano recién nacido es el ser vivo más frágil, dependiente y vulnerable que existe en la creación. Cualquier otra criatura viva, desde los unicelulares hasta los animales más avanzados, tiene una pequeña posibilidad de sobrevida cuando nace si no está la mamá o el papá para hacerse cargo.
Desde los insectos, que son absolutamente autodependientes cuando nacen, hasta los mamíferos más desarrollados, que a las pocas horas de nacer pueden ponerse en pie y buscar la teta de la propia madre o caminar hasta encontrar otra, todos tienen una posibilidad, aunque sea una en mil.
Las tortugas de mar desovan fuera del agua. Las madres recorren con enorme dificultad y torpeza doscientos metros por la playa, ponen centenares de huevos entre la arena y se van. Cuando las tortuguitas nacen, muchas se pierden intentando llegar hasta el agua, son devoradas por las aves y los reptiles o se calcinan al sol... Sólo una o dos de cada mil sobrevive.
Un bebé humano no tiene ni siquiera una posibilidad en un millón, es absolutamente dependiente.
La solución que la naturaleza encontró para resolver esta dependencia absoluta de los humanos fue crear una relación donde difícilmente los padres puedan abandonar a los hijos. El instinto o el amor (prefiero pensar en el amor) nos lleva a sentir a estos “cachorros” como parte de nosotros; dejarlos sería una mutilación, sería como decidir renunciar a una parte de nuestro propio cuerpo.
Esto protege a los bebés humanos recién nacidos del abandono de los padres y asegura que haya alguien a su cuidado.
Pero este mecanismo no sólo aporta seguridad, también genera problemas.
Cuando un hombre y una mujer deciden transformarse en una familia teniendo un hijo, están estableciendo una responsabilidad respecto de lo que sigue, pero además están generando un irremediable conflicto que deberán resolver.
Están decidiendo traer al mundo un ser vivo al que sentirán como si fuera una prolongación suya, literalmente, sabiendo a la vez que esa cría será un ser íntegro y separado del vínculo de la pareja que prepara desde su nacimiento su partida.
A los padres esto no nos resulta nada fácil. Porque nunca es fácil ser el carcelero y el libertador. No se quiere a un hijo como se quiere a los otros. Con Claudia me pasan cosas que con el resto de las personas no me pasan. No sólo la quiero más que a nadie en el mundo, sino que la quiero de una manera diferente, como si fuera una parte de mí.
Los hijos son en muchos sentidos una excepción.
Esta sensación de que el otro es una prolongación mía puede ser muy buena para ese bebé en los primeros tiempos, motivándome a cuidarlo y protegerlo; porque en realidad el hijo fue concebido desde los deseos de los padres y por lo tanto la decisión es producto de una vivencia bastante autorreferencial.
Un día, a los trece años, el otro de mis amores, mi hijo Demián, pesca en casa un libro de psicología y se pone a leerlo. Entonces viene y me dice:
“Papi, ¿es verdad que los hijos somos producto de una insatisfacción de los padres?”...
Cuando Demián me hizo esta pregunta, yo me di cuenta que el libro tenía razón. Porque si uno estuviera totalmente satisfecho con su vida, si todo lo que tiene fuera suficiente, si uno no sintiera el deseo de trascender teniendo hijos o el deseo de realizarse como padre y como familia, si uno no tuviera ese deseo personal... entonces, no tendría hijos.
Es este deseo insatisfecho —educado, pautado cultural o personalmente— lo que nos motiva a tener hijos.
Los hijos nacen por una decisión y un deseo nuestros, no por un deseo de ellos. Por eso, cuando los adolescentes se enojan y nos dicen: “Yo no te pedí nacer” , parece una estupidez, pero es la verdad.
La vivencia de ser uno con los hijos puede, como dije, tener una función positiva para ellos durante los primeros años de vida, pero es nefasta para su futuro. Porque el niño recibe esto, percibe que es tratado como si fuera un pedazo de otro, pero no siente que lo sea.
Y a los padres nos cuesta.
Queremos retenerlos, eternizar el cordón que los une a nosotros.
Contamos para eso con la experiencia, el poder, la fuerza, el dinero y, sobre todo, el saber.
Porque siempre creemos que sabemos más que ellos.
—Papi... papi... Estuve con Huguito, que viene de pelearse con su papá...
—¿Y por qué se peleó con su papá?
—Porque el papá de Huguito dice que él sabe más que Huguito...
—Sí... hijo. El papá de Huguito sabe más que Huguito.
—¿Y cómo sabés vos, si no lo conocés al papá de Huguito?
—Bueno, porque es el padre, hijo, y el padre sabe más que el hijo.
—¿Y por qué sabe más que el hijo?
—Y... ¡porque es el papá!
—¿Qué tiene que ver?
—Bueno, hijo, el papá ha vivido más años... ha leído más... ha estudiado más... Entonces sabe más que el hijo.
—Ah... ¿Y vos sabés más que yo?
—Sí.
—¿Y todos los padres saben más que los hijos?
—Sí.
—¿Y siempre es así?
—Sí.
—¿Y siempre va a ser así?
—Sí, hijo, ¡siempre va a ser así!
—¿Y la mamá de Martita sabe más que Martita?
—Sí, hijo. La mamá de Martita sabe más que Martita...
—Decime papá, ¿quién inventó el teléfono?
El padre lo mira con suficiencia y le dice:
—El teléfono, hijo, lo inventó Alexander Graham Bell.
—¿Y por qué no lo inventó el padre de él que sabía más?
¿Será cierto que sabemos más que nuestros hijos?
A veces sí y a veces no.
En el mejor de los casos, intentamos capacitar a nuestros hijos para entrenarlos a resolver problemas que nunca van a tener. Porque van a tener otros... ¡que nosotros ni siquiera pudimos imaginar!
Los padres no vamos a vivir en el mundo de nuestros hijos. Nosotros hemos vivido en el nuestro.
Las enseñanzas que nos daban nuestros padres y las que nuestros abuelos les daban a ellos servían porque el mundo era más o menos parecido. El mundo en el que vivieron mis tatarabuelos era muy parecido al mundo en el que vivieron mis bisabuelos.
Lo que mi tatarabuelo había aprendido a mi bisabuelo le servía. Lo que mi abuelo aprendió le sirvió más o menos a mi papá. Lo que mi papá aprendió a mí me sirvió bastante. Pero lo que yo aprendí a mi hijo le va a servir muy poco.
Y quizás, lo que mi hijo aprenda a mi nieto no le sirva para nada...
Suceden cosas muy interesantes en el mundo en el que vivimos.
Como dice mi mamá, “los chicos vienen cada vez más inteligentes”. Y es verdad.
Hace treinta años, en neonatología los índices de ma-duración normales del bebé para el sostenimiento de la cabeza oscilaban entre los ocho y los diez días. Hoy la mayoría de los bebés nace pudiendo sostener la cabeza.
Los chicos nacen más maduros, a las tres semanas de vida tienen reflejos que antes aparecían a los dos o tres meses. Tienen una capacidad de aprendizaje que nosotros, cuando nacimos hace cincuenta años, no teníamos porque era normal no tenerla.
Cuando llevo a mi sobrinito de cinco años a las máquinas de videojuegos en Mar del Plata, entra al salón y dice:
—¡Uy, una máquina nueva!
Entonces compra tres fichas, pone una, juega un poquito y pierde enseguida. Yo le digo:
—¿Perdiste?
—Sí, sí, esperá un poquito.
Pone otra, y a la tercera ficha sabe jugar. Pero sabe jugar absolutamente. ¿Cómo aprendió?
No se sabe.
—¿Y? ¿Cómo es? —le pregunto.
—Yo soy ese petiso de barba con el hacha en la mano, si aprieto este botón tira unos rayos y tengo que salvar a la princesa...
Yo estuve al lado suyo viendo cómo él aprendía ¡y no entendí NADA de lo que hacía!
Entonces juego con él y me dice:
—¡Me estás pegando a mí, boludo!
No hay caso, por mucho que me esmero no entiendo nada.
Sienten a sus hijos en la computadora y van a ver cómo en diez minutos aprenden lo que a nosotros nos costó diez semanas darnos cuenta.
Ingenuamente, los padres siempre creemos que sabemos más acerca de las cosas que les convienen a nuestros hijos, qué es lo mejor para ellos.
A veces es cierto, pero no siempre.
Más allá de la estimulación, el material genético transmitido de padres a hijos también lleva información de aprendizaje.
Una parte del conocimiento adquirido en la vida se transmite a los hijos. Este material genético heredado conlleva información adicional que el hijo no tenía.
Ahora es como un enano subido a los hombros de un gigante. Es un enano, pero ve más lejos.
Nosotros aprendimos que la sabiduría no era dar pescado, sino enseñar a pescar. Esto no existe más, es antiguo.
Hoy en día si le enseño a pescar y le regalo la caña, quizás se muera de hambre, porque cuando sea gran-de no habrá un solo pez que se pesque con esta caña que le regalé.
Sin embargo, algo puedo hacer por él.
Puedo enseñarle a ser capaz de crear su propia caña, su propia red. Puedo sugerirle a mi hijo que diseñe su propia modalidad de pescar. Para eso tengo que admitir con humildad que la enseñanza de cómo yo pescaba no le va a servir más.
Nuestros hijos van a tener problemas
que nosotros nunca tuvimos.
Esta incapacidad de los padres para entrenar a sus hijos en los problemas que van a tener se fue instituyendo en el mundo durante el siglo XX y motivó gran parte de los problemas de la relación entre padres e hijos.
Hacia fines de siglo, la psicología al servicio de la gente prácticamente no existía, pero sí la pedagogía, que es la ciencia de la educación.
Sobre las relaciones de las parejas con sus hijos, en un congreso sobre pedagogía y matrimonio realizado en Francia en el año 1894, uno de los conferenciantes expone que sobre finales del siglo XIX las parejas con hijos se encuentran tan inseguras de sí mismas y viven con tanto miedo al futuro que tienden a proteger a sus hijos de los problemas que puedan tener. Pero esa tendencia es muy peligrosa, porque si los padres hacen esto, si protegen a los hijos de todos los peligros, los hijos nunca van a aprender a resolver los problemas por sí mismos. Como consecuencia, si esto sigue así —concluye el pedagogo— hacia fin del siglo XX tendremos un montón de adultos con infancias y adolescencias maravillosas, pero adulteces penosas y terribles.
Este pronóstico, concebido hace más de cien años, es exacto.
Los padres, sobre todo los de la segunda mitad del siglo XX, hemos desarrollado una conducta demasiado cuidadosa y protectora de nuestros hijos que, lejos de capacitarlos para que resuelvan sus conflictos y dificultades, ha conseguido que tengan una infancia y una adolescencia llenas de facilidades, pero que no necesariamente es una buena ayuda para que ellos aprendan a resolver sus problemas.
Más allá de todas las faltas, nosotros, los que ya pasamos los cuarenta, tenemos un mérito, les hemos dado a nuestros hijos algo novedoso: les hemos permitido la rebeldía.
Nosotros venimos de una estructura familiar donde no se nos permitía ser rebeldes.
Mi viejo, amoroso, y mi vieja, divina, decían: “Callate, mocoso” . Y la frase aprendida que justificaba su actitud era: “Cuando vos tengas tu casa harás lo que quieras, acá mando yo”. En cambio, lo primero que mis hijos aprendieron a decir antes de decir “papá” fue: “¿Y por qué?” [/]
Cuestionaban todo. Y siguen cuestionando.
Nosotros les enseñamos esta rebeldía.
Esta rebeldía es la causante de gran parte del cambio, de la incertidumbre, pero también de la posibilidad de salvarse de nosotros. Salvarse de nuestra manía de querer encajarles nuestra manera de ver las cosas.
Ellos se van a salvar por medio de la rebeldía que ellos no se ganaron, nosotros se la enseñamos.
Ese es nuestro gran mérito. Y esto va a cambiar el mundo.
Más o menos rebelde cuando crezco, en algún momento entre los veinte y los veintisiete años me doy cuenta que no voy a tener para siempre una mamá que me dé de comer, un papá que me cuide, una persona que decida por mí...
Me doy cuenta que no me queda más remedio que hacerme cargo de mí mismo. Me doy cuenta que tengo que dejar el origen de todo...
Separarme de la pareja de mis padres y dejar la casa, ese lugar de seguridad y protección.
Cuando nosotros éramos chicos, la adolescencia empezaba a los trece y terminaba a los veintidós. Hoy, la adolescencia comienza entre los diez y los doce y termina... entre los veinticinco y los veintisiete. (Pobrecitos... ¡quince años de adolescencia!)
La adolescencia es un lugar maravilloso en muchos aspectos, pero también es una etapa de sufrimiento.
Sobre el misterio de la prolongación de la adolescencia cualquier idiota tiene una teoría. Yo también. Así que voy a contar la mía.
TEORÍA DE LOS TRES TERCIOS
Imaginemos que cada uno recibe una parcela abandonada de tierra llena de maleza. Sólo tenemos agua, alimentos, herramientas, pero ningún libro disponible, ningún viejo que sepa cómo se hace. Nos dan semillas, elementos de labranza y nos dicen: Van a tener que comer de lo que saquen de la tierra.
¿Qué es lo que haríamos para poder alimentarnos y alimentar a nuestros seres queridos?
Lo primero que haríamos sería desmalezar, preparar la tierra, removerla, airearla... y hacer surcos para sembrar.
Luego sembramos y esperamos ... Poniendo un tutor, cuidando que las plantitas se vayan haciendo grandes, protegiéndolas para, un buen día, cosechar.
La vida del ser humano es igual.
La vida del ser humano está dividida en tres tercios:
[i]1 / Tercio de preparar el terreno
2 / Tercio de crecimiento o expansión
3 / Tercio de cosecha
¿Qué es el primer tercio?
Preparar el terreno equivale a la infancia y la adolescencia.
Durante estos períodos, lo que uno tiene que hacer en su vida es preparar el terreno, desmalezar, abonar, airear, preparar todo para la siembra.
¡Qué error sería querer cosechar antes de desmalezar! Cosecharíamos basura, no serviría para nada.
¿Qué es el segundo tercio?
El crecimiento o expansión equivale a la juventud y la adultez.
Habrá entonces que plantar la semilla, regarla, cuidarla, hacerla crecer. Este es el tercio de la siembra, del desarrollo.
¡Qué error sería desmalezar y seguir preparando el terreno cuando es el tiempo de sembrar!
¡Qué error sería querer cosechar cuando uno está sembrando!
No cosecharía nada. Cada cosa hay que hacerla en su tiempo.
¿Qué es el tercer tercio?
La cosecha equivale a la madurez.
¡Qué error sería en tiempo de cosecha querer seguir sembrando! ¡Qué error sería, cuando uno tiene que cosechar, ocuparse de hacer crecer y de engrandecer!
Porque éste es el tiempo de la recolección, la hora de recoger los frutos.
Y si no se cosecha en este tiempo, no se cosecha nunca.
¿Cuánto dura cada tercio?
Lógicamente, esto depende del tiempo que va a durar nuestra vida.
Cuando nuestros ancestros vivían entre treinta y cinco y cuarenta años, como promedio y con toda la suerte, entonces un tercio era trece años5. La juventud y la adultez se desarrollaban entre los doce y los dieciocho años, y la madurez se alcanzaba a los veinticinco.
Cuando a principios de siglo nacieron nuestros padres, la expectativa de vida era de sesenta años. Así, la duración de los tercios se fue modificando.
Cuando uno deja de ser un adolescente, les dice (o sería bueno que les dijera) a sus padres:
“A partir de ahora dedíquense a ustedes, porque de mí me ocupo yo.”
Uno tiene que aprender a hacerse cargo de sí mismo, aprender a responsabilizarse de uno, aprender la autodependencia.
Aquellos hijos que no terminan de deshacerse, que se quedan prendidos de los padres sin animarse a subir al trampolín y saltar, en parte lo hacen por una responsabilidad de los padres, que no supieron enseñarles a hacerlo, y en parte por una responsabilidad de ellos.
Los padres tendrán que mostrar a estos hijos, aunque sea tardíamente, que deben soltarse, que uno no está para siempre.
Con mucho amor y mucha ternura, estos padres deberán entornar la puerta y... pegarles una patada en el culo.
Porque en algún momento los padres tienen que aprender a hacer esto si es que los hijos no lo hacen.
Habitualmente, los hijos aprenden y se van solos... Pero si no lo hacen, lamentablemente, en beneficio de ellos y nuestro, será bueno empujarlos a que abandonen esa dependencia.
Estoy harto de ver y escuchar a padres de mucha edad que han generado pequeños ahorros o situaciones de seguridad con esfuerzo durante toda su vida para su vejez, y que hoy tienen que dilapidarlos a manos de hijos inútiles, inservibles y tarambanas, que además tienen actitudes exigentes respecto de los padres:
“Me tenés que ayudar porque sos mi papá...”
“Tenés que vender todo porque todo lo que tenés también es mío...”
Es hora de que los padres sepan las limitaciones que tiene esta historia de su deseo.
A veces uno puede ayudar a sus hijos porque quiere, y está muy bien. Pero hay que comprender que nuestra obligación terminó.
Qué importante sería ayudar a nuestros hijos a transitar espacios de libertad.
Qué importante sería ayudarlos hasta que ellos sean adultos, y después...
Q. S. J.
¿Qué quiere decir Q. S. J.?
Que se jodan.
Y si no han sabido administrar lo que les dejaron, y si no han podido vivir con lo que obtuvieron, y si no saben cómo hacer para ganarse la plata que quieren, díganles que pasen a buscar un sándwich cada mañana...
La historia de generar la dependencia infinita es siniestra.
Me parece a mí que hay un momento para devolver a los hijos la responsabilidad que tienen sobre sus propias vidas, y que uno tiene que quedarse afuera, ayudando lo que quiera, hasta donde quiera y hasta donde sea conveniente ayudar.
A veces no es conveniente ayudar todo lo que uno puede, al máximo, arruinándose la propia vida para ayudarlos a ellos.
Me parece que no.
A mí me encantaría saber que mis hijos van a poder manejarse cuando yo no esté. Me encantaría. Y por eso quiero que lo hagan antes que me muera, para verlo.
Para que pueda, en todo caso, morirme tranquilo, con la sensación de la tarea cumplida.
Una vez, caminando por la Rambla, encontré en una librería de viejo (unas de esas librerías que venden libros usados, viejos y discontinuados) un libro titulado: Crecer jugando, de una escritora marplatense que, creo recordar, se llama Inés Barredo. Lo compré porque leí las dos primeras páginas y me pareció espectacular (confieso que el resto del libro no me pareció tan espectacular, pero ese comienzo me marcó). Fue como eso de estar preparado para que algo suceda y sucede justo cuando uno está preparado.
El libro decía algo así: Cuando cumplí 9 años estaba muy preocupada por saber cuál era el cambio que se iba a producir en mi cuerpo entre los 8 y los 9. Así que me levanté temprano el día de mi cumpleaños para ir corriendo al espejo y ver cómo había cambiado. Y me sorprendí porque no había cambiado nada, fue una gran defraudación. De modo que fui a preguntarle a mi mamá a qué hora había nacido yo y ella me informó que había nacido a las cuatro y veinte. Así fue que desde las cuatro hasta las cinco me quedé clavada frente al espejo mirándome para que se operara el cambio de los 8 a los 9, pero el cambio no se produjo. Concluí entonces que quizás no habría cambio de los 8 a los 9, quizás el cambio sucediera de los 9 a los 10. Entonces esperé ansiosamente un año. Y la noche anterior al día que iba a cumplir 10, me quedé despierta; no dormí ni un poquito y me quedé frente al espejo para ver cómo amanecía. Y no noté nada. Empecé a pensar que la gente no crecía, y que todo eso era mentira, pero... Veía las fotos de mi mamá cuando era chica, y eso quería decir que ella había sido como yo alguna vez y se había vuelto grande. Y entonces, no podía explicarme cuándo sucedería ese cambio. Hasta que un día —dice la autora en la segunda página de su libro— me di cuenta de cuál era el secreto. Cuando yo cumplí nueve años, no dejé de tener ocho; cuando yo cumplí diez años, no dejé de tener nueve; cuando cumplimos quince, tenemos catorce, y doce, y once, y diez, y nueve, y ocho, y cinco, y... Cuando cumplimos setenta, tenemos sesenta y cincuenta, y cuarenta, y doce, y cinco, y tres, y uno.
Cómo no conservar actitudes de aquellos que fuimos —digo yo— si en realidad siguen viviendo adentro de nosotros.
Seguimos siendo los adolescentes que fuimos, los niños que fuimos, los bebés que fuimos.
Anidan en nosotros los niños que alguna vez fuimos. Pero...
Estos niños pueden hacernos dependientes.
Este niño aparece y se adueña de mi personalidad:
Porque estoy asustado,
porque algo me pasa,
porque tengo una preocupación,
porque tengo miedo,
porque me perdí,
porque me perdí de mi vida...
Cuando esto sucede, la única solución es que alguien, un adulto, se haga cargo de mí. Por eso es que no creo en la independencia.
Porque no puedo negar ese niño que vive en mí.
Porque no creo que ese niño, en verdad, se pueda hacer cargo de sí mismo.
Creo, sí, que también hay un adulto en nosotros cuando somos adultos.
Él, y no otro adulto, se hará cargo del niño que hay en mí.
Esto es autodependencia.
CAPÍTULO 3. SIGNIFICADO
¿Qué quiere decir autodependencia?
Supongamos que yo quiero que Fernando me escuche, que me abrace, que esté conmigo porque hoy no me basto conmigo.
Y Fernando no quiere. Fernando no me quiere.
Entonces, en lugar de quedarme llorando, en lugar de manipular la situación para obtener lo que él no quiere darme, en lugar de buscar algún sustituto (que me necesite, que me tenga lástima, que me odie, que me tema), en lugar de ese recorrido, quizás pueda preguntarle a María Inés si no quiere quedarse conmigo.
Yo no me basto pero tampoco dependo de Fernando, sino de mí. Yo sé qué necesito y si él no quiere, quizás María Inés...
Esto es la autodependencia. Saber que yo necesito de los otros, que no soy autosuficiente, pero que puedo llevar esta necesidad conmigo hasta encontrar lo que quiero, esa relación, esa contención, ese amor...
Y si Fernando no tiene para mí lo que necesito, y si María Inés tampoco, quizás yo pueda seguir buscando hasta encontrarlo.
¿Donde sea?
Sí, donde sea.
Autodepender significa establecer que no soy omnipotente, que me sé vulnerable y que estoy a cargo de mí.
Yo soy el director de esta orquesta, aunque no pueda tocar todos los instrumentos. Que no pueda tocar todos los instrumentos no quiere decir que ceda la batuta.
Yo soy el protagonista de mi propia vida. Pero atención:
No soy el único actor, porque si lo fuera, mi película sería demasiado aburrida.
Así que soy el protagonista, soy el director de la trama, soy aquel de quien dependen en última instan-cia todas mis cosas, pero no soy autosuficiente.
No puedo estructurarme una vida independiente porque no soy autosuficiente.
La propuesta es que yo me responsabilice,
que me haga cargo de mí, que yo termine adueñándome para siempre de mi vida.
Autodependencia significa dejar de colgarme del cuello de los otros. Puedo necesitar de tu ayuda en algún momento, pero mientras sea yo quien tenga la llave, esté la puerta cerrada o abierta, nunca estoy encerrado.
Y entonces, me olvido de todas las cosas que ya no me sirven (si la puerta está con llave, si Fernando está en Buenos Aires, si el actor que me secunda querrá o no filmar esta escena) y empiezo a transitar este espacio de autodependencia que significa:
Me sé dependiente, pero a cargo de esta dependencia estoy yo.
Autodependencia es, para mí, sinónimo de salud mental.
Del afuera necesito, por ejemplo, aprobación.
Todos necesitamos aprobación.
Pero cuando tenía cinco años, la única persona que me podía dar aprobación era mi mamá. No había ninguna otra persona que pudiera reemplazarla.
Una vez adulto, me di cuenta que si ella no me daba esta aprobación, otra persona podía hacerlo.
Puede suceder que algunas de las cosas que yo creo o disfruto, a mi esposa, con la que vivo hace veintisiete años, no le gusten...
Pero lo que debo hacer no es romperlas porque a ella no le gustan.
Quizás a otros sí les gusten.
Quizás pueda compartirlas con otra persona.
Quizás pueda aceptar que es suficiente con que me gusten a mí.
El hecho concreto de que a mí no me interese para nada el realismo mágico no quiere decir que mi esposa deba dejar de leer a su autor preferido.
En el peor de los casos, si ella quiere mantener conversaciones sobre los autores que le interesan y yo ni siquiera soporto hablar del tema, deberá buscarse alguna otra persona con quien compartir esas inquietudes.
Podrá ir a ver las películas de Richard Gere con alguien que no sea yo si es que a mí no me interesa Richard Gere.
No tendrá por qué someterse al martirio de acompañarme a la ópera si no le gusta, porque siempre puedo ir solo o invitar a Miguel o a Lita, a quienes sé que les gusta.
Esto significa ser autodependiente.
Autodependencia significa contestarse las tres preguntas existenciales básicas:
Quién soy, adónde voy y con quién.
Pero contestarlas en ese orden.
Cuidado con tratar de decidir adónde voy según con quién estoy. Cuidado con definir quién soy a partir de quién me acompaña.
Porque en ese camino nos vamos a encontrar con la historia de la pareja que está viajando por Europa en uno de esos tours “Ocho países en diez días” y cuando cruzan un puente sobre un río en medio de una hermosa ciudad, ella pregunta:
—¿Qué ciudad es ésta, viejo?
Y él contesta:
—¿Qué día es hoy?
Ella dice:
—Martes.
Él cuenta con los dedos y finalmente informa:
—Entonces es Bruselas.
No nos sirve este esquema.
No puedo definir mi camino desde ver el tuyo y no debo definirme a mí por el camino que estoy recorriendo.
Voy a tener que darme cuenta: soy yo el que debe definir primero quién soy.
Al respecto, yo suelo decir que contestarse estas preguntas determina la diferencia entre un ser humano, un individuo o una persona.
Porque éstos son tres conceptos diferentes.
Cuando nacemos todos somos seres humanos, es decir, pertenecientes al género humano. Como tales, somos todos iguales. A medida que crecemos, vamos desarrollando en nosotros parte de lo que traíamos como información genética, nuestro aspecto físico, nuestras fortalezas y nuestras debilidades, y una parte de nuestra forma de encarar la vida, es decir, nuestro temperamento6.
Al nacer, sólo somos seres humanos. Este temperamento, que al principio es idéntico o parecido a millones de otros, con la experiencia, la historia personal, nos transforma en el individuo que cada uno de nosotros va a ser.
Individuo quiere decir indiviso, alude a la unidad que cada uno de nosotros es, pero también quiere decir único, en el sentido de especial.
Seres humanos somos todos “de nacimiento”, y como seres humanos tenemos ciertas características comunes: un corazón con dos aurículas, dos ventrículos, un cerebro, etc. Pero como individuos, hay cosas que son únicas y nos pertenecen a nosotros.
El proceso de crecimiento implica la toma de conciencia de
la interacción entre este temperamento y la realidad para transformar mi manera de ser en una manera particular de ser, en una manera individual de ser.
Nos vamos sabiendo diferentes, vamos dejando de parecernos a todos.
Los que tienen más de un hijo saben que cada hijo tiene su propia manera de ser, y que hay un momento en que el chico asume su propia individualidad, sabe lo que significa “yo” y sabe que “yo” es diferente de otros, sabe que al hermano le gusta el caballo de la calesita y a él el helicóptero; que él prefiere viajar del lado de la ventanilla y el hermano elige siempre el lugar del medio. Empieza a discriminarse, en el sentido de separarse y diferenciarse del afuera.
Este ser humano discriminado y separado de los otros se llama individuo, pero no alcanza con ser un individuo para ser una persona.
Ser una persona es más todavía. Casi todos los seres humanos que conozco han llegado a ser individuos, pocos han llegado a ser personas. Para llegar a ser una persona es necesario asistir y padecer un proceso.
El proceso de convertirse en persona, como lo llamaba Carl Rogers, es doloroso; implica ciertas renuncias, ciertas adquisiciones y también mucho trabajo personal.
Para autodepender, voy a tener que pensarme a mí
como el centro de todas las cosas que me pasan.
Autodependencia es un espacio que tiene que ver, a veces, con cierta ingratitud.
Porque la gente autodependiente no es manipulable. Y todo el mundo detesta a aquella gente que no se deja manipular.
Nos encanta pensar que...
“¡Hay cosas que no podés hacer!”
“¡Hay cosas que no me podés decir!”
“¡Vos no me podés decir eso a mí!”
Y digo:
¿Por qué no?
Yo trabajo todo el día en el consultorio. Hay gente que hablando de otro me dice:
“¡No puede ser tan hijo de puta!”
Y yo digo:
¿Por qué no puede? Puede ser así de hijo de puta, más hijo de puta, recontra... ¿Por qué no va a poder serlo? Puede ser todo lo hijo de puta que quiera, ésta es su decisión.
Y será tu compromiso y tu responsabilidad defenderte de este tipo que es una mala persona. Esto es tuyo, no de él.
“¡No, porque él no puede!”
Sí puede.
“Él no debe...”
¿Por qué no debe? ¿A quién le debe? No debe nada.
Es tu responsabilidad. No podemos seguir echándole la culpa
al otro. No podemos seguir creyéndonos esta cosa que ya ni siquiera es una pauta educativa.
Entonces, lo que digo con la palabra “autodependencia” es:
Puedo pedirte ayuda, pero dependo de mí mismo.
Dependo de mis partes más adultas para que se hagan cargo del niño que sigo siendo. Dependo de mis partes más crecidas para que se hagan cargo de mis aspectos más inmaduros.
Dependo de ocuparme de mí.
Dependo de poder ocuparme de ser capaz de depender del adulto que soy sin miedo a que me vaya a abandonar.
Lo que pasa con la gente que sufre es que ha sido abandonada de sí misma. Ha padecido el abandono de sus partes adultas; sus niños han quedado a la deriva, sin nadie que los contenga. Y han tenido que ir a buscar por ahí, a cualquier lado, ayuda, y más que ayuda, dependencia.
Este es un proceso absolutamente reversible. Siempre, siempre.
Tengo que poder darme cuenta que hay un adulto en mí que tiene que hacerse cargo de ese niño en mí. Después de poder depender de mí, después de saber que me tengo que hacer cargo de mis aspectos dependientes, recién entonces buscar al otro.
Para poder ayudarte, pedirte, ofrecerte, para poder darte lo que tengo para darte y poder recibir lo que vos tengas para darme, primero voy a tener que conquistar este lugar, el lugar de la autodependencia.
Y ya que dependo de mí, voy a tener que concederme a mí mismo algunos permisos si quiero ser una persona. Y digo concederme a mí mismo y digo que te concedas a vos mismo y digo que cada uno haga lo propio; porque no hablamos del señor que cometió un error y está preso, de la pobre mujer descerebrada que está en una cama del hospital ni del hombre que agoniza víctima de una enfermedad terminal... Hablamos, en verdad, de nosotros. De los permisos que Virginia Satir llamaba “inherentes a ser persona”.
Cualquiera que no ostente alguno de estos cinco permisos no es una persona.
Y uno se pregunta, ¿qué es, si no es una persona?...
Será, con toda seguridad, un ser humano, tal vez también un individuo, pero... una persona NO.
Porque, como dije anteriormente, ser persona es mucho más.
1/ Me concedo a mí mismo el permiso de estar y de ser quien soy, en lugar de creer que debo esperar que otro determine dónde yo debería estar o cómo debería ser.
2/ Me concedo a mí mismo el permiso de sentir lo que siento, en vez de sentir lo que otros sentirían en mi lugar.
3/ Me concedo a mí mismo el permiso de pensar lo que pienso y también el derecho de decirlo, si quiero, o de callármelo, si es que así me conviene.
4/ Me concedo a mí mismo el permiso de correr los riesgos que yo decida correr, con la única condición de aceptar pagar yo mismo los precios de esos riesgos.
5/ Me concedo a mí mismo el permiso de buscar lo que yo creo que necesito del mundo, en lugar de esperar que alguien más me dé el permiso para obtenerlo.
Estos cinco permisos esenciales condicionan nuestro ser persona. Y ser persona es el único camino para volverse autodependiente.
Porque estos permisos me permiten finalmente ser auténticamente quien soy.
El primero dice que si yo soy una persona tengo que concederme a mí mismo la libertad de ser quien soy. ¿Qué quiere decir esto? Dejar de exigirme ser el que los demás quieren que sea: el que quiere mi jefe, el que quiere mi esposa, el que quieren mis amigos o el que quieren mis hijos. Ser persona es darme a mí mismo la libertad de ser el que soy.
Es probable que a muchos no les guste que sea el que soy; es probable que cuando otros descubran que soy el que soy —y que además me doy la libertad de serlo— se enojen conmigo.
Todos podemos llegar a ser personas, pero si no empezamos por este permiso, no hay posibilidades; nos quedaremos siendo individuos parecidos a muchos otros individuos que se sienten a sí mismos diferentes, pero que obedecen y pertenecen al club de aquellos que no se dan el derecho de ser quienes son; que intentan parecerse a los demás.
Las consecuencias de no ser una persona son infinitas. Por ejemplo, si soy una adolescente y necesito parecerme a las demás, para ser aceptada me harán creer que debo ser delgadita como las modelos, alta y espigada, y que debo usar determinada ropa. En este caso, al no darme cuenta que tengo la libertad de ser quien soy, probablemente deje de comer y me vuelva anoréxica. Porque aquí, volverme anoréxica es inten-tar parecerme a la que dicen que tengo que ser, no a quien yo soy. Es sentir que si peso 45 y la ropa no me entra, yo no soy una persona. Este es un ejemplo brutal y terrible de lo que les sucede a muchas adolescentes que vemos todos los días, a veces en la televisión, a veces en los diarios y a veces en las ne-crológicas. Porque las chicas de verdad se mueren en este intento de parecerse a un modelo prestado.
Menos crueles y brutales son todas las cosas que nosotros hacemos para parecernos a ciertos modelos. Terminamos forzándonos a ser lo que no somos, o a estar en donde no queremos estar. No nos damos la libertad de estar en el lugar que queremos, de ser quienes somos.
La palabra persona es una palabra heredada del teatro griego, se usaba para llamar al actor que está detrás de la máscara que representa al personaje. Es una derivación de per sonare, para darle sonido, y designa al que verdaderamente habla, al que le pone palabras a la máscara, al que viene de darles sonido a los personajes que actuamos, esto es, la figura auténtica que está detrás del personaje.
Ser autodependiente significa ser auténticamente el que soy, actuar auténticamente como actúo, sentir auténticamente lo que siento, correr los riesgos que auténticamente quiera correr, hacerme responsable de todo eso y, por supuesto, salir a buscar lo que yo auténticamente crea que necesito sin esperar que los otros se ocupen de esto.
Nada de dejar que los riesgos los corran otros para hacer lo que yo quiero.
Nada de correr riesgos que otros quieren que corra.
Nada de delegar responsabilidades.
Esto determina que yo sea una persona o que no lo sea, y conlleva la posibilidad de quedarse jugando a que se es una persona, es decir, quedarse en el personaje.
Pero atención, ninguno de estos permisos incluye mi derecho a que otro sea como yo quiero, a que otro sienta como yo siento, a que otro piense lo que a mí me conviene, a que otro no corra ningún riesgo porque yo no quiero que lo corra, o a que otro me pida permiso para tener lo que necesita.
Estos permisos no pueden incluir el deseo de que el otro no sea una persona, la intención de esclavizar a otro. Porque mi autodependencia irremediablemente me compromete a defender la tuya y la de todos.
¿Qué pasa con nosotros que cuando amamos creemos que el otro tiene que ser como yo me lo imagino, tiene que sentir por mí lo que yo siento por él, tiene que pensar en mí tanto como yo quiero, no tiene que correr riesgos que amenacen la relación y tiene que pedirme a mí lo que él quiere para que sea yo quien se lo alcance?
Esta es nuestra fantasía del amor, pero este amor esclavizante, mezquino y cruel no es un amor entre adultos.
El amor entre adultos transita y promueve este espacio de autodependencia en el otro, tal como aquí lo planteo.
El amor concede, empuja, fomenta que aquellos a quienes yo amo transiten también espacios cada vez menos dependientes.
Este es el verdadero amor, el amor para el otro, este amor que no es para mí sino para vos, el amor que tiene que ver con la alegría de que existas.
¿Para qué algunos quieren ser dependientes?
A veces, como se creen débiles, piensan que estar bajo el ala de alguien más calificado los protegerá.
Otras veces, para poder echarles la culpa a los demás.
Otras veces, de verdad creen que tienen que pedir permiso. Ni se autoengañan ni les falta coraje ni están enfermos, lo único que pasa es que no han llegado a ser personas. Es un tema de evolución.
A veces no llegan a ser personas porque les da miedo, otras porque no han sido enseñados.
Algunas veces, porque alguien los ha oprimido mucho, y otras, finalmente, porque no saben, simplemente no saben nada de esto que yo estoy diciendo.
Alguien que no se anima a ser quien es por miedo a que lo rechacen, que no se anima a sentir lo que siente porque le parece que está mal, que no se anima a pensar lo que piensa o a decirlo porque tiene miedo de ser rechazado, alguien que no corre riesgos porque no se banca las responsabilidades y que no sale a buscar lo que necesita sino que se lo pide a otro, alguien así no llega a ser una persona y, por lo tanto, vamos a tener que pensar que es un individuo.
No es ninguna acusación; ser persona no es obligatorio. Lo que yo digo es que para ser persona, lo que vos llamarías persona adulta o madura, para mí es simplemente ser una persona.
Persona madura para mí se llama a las personas de verdad.
Una persona es una persona madura; si es inmadura todavía no ha terminado su proceso de convertirse en persona.
Y esto no es una acusación porque el proceso de convertirse en persona se termina únicamente el día en que uno se muere. Hasta entonces uno puede seguir creciendo y ser cada vez más consciente de sí mismo.
Vivo y aprendo, vivo y maduro, vivo y crezco.
Un hombre en proceso de convertirse en persona puede ser terriblemente exitoso, integrado, aplaudido, valorado, querido; en realidad puede ser así, y sin embargo no ser una persona.
En la India hay una manera de pensar al hombre transitada por muchos pensadores; Rajneesh es uno, Krishnamurti es otro. Ellos dicen que el ser humano es un dios en desarrollo, un fruto que aún no ha madurado, que cuando esté maduro va a ser un dios. Esta alegoría tan poética yo la traduzco así: Cuando el hombre madure será una persona.
Por supuesto, como en todo proceso madurativo, haber “ligado en el reparto” padres nutritivos tiene la ventaja de haber escuchado desde pequeños mensajes constructivos:
“Vos podés ser quien sos.”
“Vos podés pensar lo que pensás.”
“Vos podés sentir lo que sentís.”
“Vos podés correr tus propios riesgos.”
“Deberías ocuparte de ir a buscar lo que necesitás, por-que eso significa crecer, ser maduro y autodependiente.”
Estos privilegiados solitos saltan del trampolín y se zambullen en la vida desde un lugar afortunado.
Por supuesto, no todo el mundo tiene esta suerte.
Aquellos que no la tuvieron necesitarán que alguien más se lo muestre, aunque sea en un libro como éste.
Alguna vez he visto algunos despertares desde un darse cuenta salvaje desencadenado por alguna situación especial.
Despertamos, pero no a través de la palabra de otro, sino a través de un proceso de identificación: algo que vemos o algo que vivimos nos empuja al darnos cuenta.
Por ejemplo, nos enteramos, cuando acabamos de cumplir cuarenta y cinco años, que un amigo nuestro que también tenía cuarenta y cinco años se murió. Entonces nos miramos y decimos: ¿Qué pasa acá? Y empezamos a cuestionarnos algunas cosas: cómo estamos viviendo, cómo usamos nuestro tiempo, si estamos disfrutando, si nos sentimos oprimidos por alguien o algo, si nuestra vida finalmente tiene sentido.
O vemos una película y nos estrellamos con la ficción que retrata nuestra realidad, nos damos cuenta de lo que nos está pasando y nos enfrentamos con nuestro propio proceso.
Y nos enteramos de que no hay situaciones donde uno no pueda elegir. Asumimos que siempre estamos eligiendo, aun cuando creemos que no elegimos, en la vida cotidiana, en la de todos los días.
Y cuando decimos:
“No tuve otro remedio...”
“Yo no soy responsable de esto...”
“No tenía otra posibilidad...”
Mentimos. Mentimos alevosamente. Porque siempre elegimos.
En nuestra vida cotidiana decidimos casi cada cosa que hacemos y cada cosa que dejamos de hacer.
Nuestra participación en nuestra vida no sólo es posible, sino que además es inevitable.
Somos cómplices obligados de todo lo que nos sucede porque de una manera o de otra hemos elegido.
“Bueno, pero yo... tengo que ir a trabajar todos los días... y no tengo otra posibilidad... y aunque no quiera y yo no lo elijo, tengo que ir igual, entonces yo no puedo concederme el permiso de no ir a trabajar mañana”.
Si estoy dispuesto a pagar el precio, sí.
Un hombre avanza desesperado por el desierto. Acaba de beber la última gota de agua de su cantimplora. El sol sobre su cabeza y los buitres que lo rondan anuncian un final inminente.
—¡Agua! —grita—. ¡Agua! ¡Un poco de agua!
Desde la derecha ve venir a un beduino en un camello que se dirige hacia él.
—¡Gracias a Dios! —dice—. ¡Agua por favor... agua!
—No puedo darte agua —le dice el beduino—. Soy un mercader y el agua es necesaria para viajar por el desierto.
—Véndeme agua —le ruega el hombre—. Te pagaré...
—Imposible “efendi”. No vendo agua, vendo corbatas.
—¿¿¿Corbatas???
—Sí, mira qué maravillosas corbatas... Estas son italianas y están de oferta, tres por diez dólares... Y estas otras, de seda de la India, son para toda la vida... Y éstas de aquí...
—No... No... No quiero corbatas, quiero agua... ¡Fuera! ¡Fueraaaaa!
El mercader sigue su camino y el sediento explorador avanza sin rumbo fijo por el desierto.
Al escalar una duna, ve venir desde la izquierda otro mercader.
Entonces corre hacia él y le dice:
—Véndeme un poco de agua, por favor...
—Agua no —le contesta el mercader—, pero tengo para ofrecerte las mejores corbatas de Arabia...
—¡¡¡Corbatas!!! ¡No quiero corbatas! ¡Quiero agua! —grita el hombre desesperado.
—Tenemos una promoción —insiste el otro—. Si compras diez corbatas, te llevas una sin cargo...
—¡¡¡No quiero corbatas!!!
—Se pueden pagar en tres cuotas sin intereses y con tarjeta de crédito. ¿Tienes tarjeta de crédito?
Gritando enfurecido, el sediento sigue su camino hacia ningún lugar.
Unas horas más tarde, ya arrastrándose, el viajero escala una altísima duna y desde allí otea el horizonte.
No puede creer lo que ven sus ojos. Adelante, a unos mil metros, ve claramente un oasis. Unas palmeras y un verdor increíble rodean el azul reflejo del agua.
El hombre corre hacia el lugar temiendo que sea un espejismo. Pero no, el oasis es verdadero.
El lugar está cuidado y protegido por un cerco que cuenta con un solo acceso custodiado por un guardia.
—Por favor, déjeme pasar. Necesito agua... agua. Por favor...
—Imposible, señor. Está prohibido entrar sin corbata.
Lo sepas o no de antemano, siempre hay un precio que pagar.
“Ah sí, pero si pago el precio mis hijos mañana no comen.”
Bueno, será éste el precio. Y entonces elijo ir a trabajar. Y elijo seguir trabajando, y conservar mi trabajo, y elijo alimentar a mis hijos. Y me parece bien que yo haga esa elección. Pero lo elijo yo ¿eh? Yo soy el que está decidiendo esto. En mis normas es más importante alimentar a mis hijos que complacer mi deseo de quedarme haciendo fiaca en la cama. Y me parece bien. Es mi decisión. Y precisamente porque es mi decisión es que tiene mérito.
Una de las condiciones de la autodependencia es que por vía del permiso de ser auténtico, ahora automáticamente me doy cuenta que me merezco cualquier recompensa que aparezca por las decisiones acertadas que tome. No fue mi obligación, fue mi decisión. Pude decidir esto, aquello o lo otro, y por lo tanto, me corresponde el crédito del acierto.
Me corresponde tu agradecimiento por la ayuda que te doy, sobre todo si te das cuenta que dije sí pero podría haber dicho no.
Por supuesto que si el ayudado soy yo, me resultará más fácil y más barato pensar que yo te saqué la respuesta, que no podías elegir, que no podías negarte o que ayudar era tu obligación.
Claro, me resulta mucho más cómodo pensar que el otro tiene que hacerse cargo de mí.
Es el tema de los hijos eternos.
Esos hijos que en ningún momento se deciden a dejar de depender de sus padres.
Si bien es cierto que son muchos los padres que esclavizan a los hijos para que no crezcan y poder así seguir controlando sus vidas, no son pocos los hijos que esclavizan a los padres forzándolos a seguir siendo los que decidan por ellos, para no hacerse cargo, para no ser responsables, porque es más fácil y menos peligroso que otros corran los riesgos, que otros paguen los costos.
El camino de la autodependencia es el camino de hacerme cargo de mí mismo. Para recorrerlo hace falta:
Estar en condiciones
Saberse equipado y
Tomar la decisión.
No hay donde prepararse para el camino.
Vamos descubriendo nuestras condiciones a medida que lo
recorremos.
Vamos mejorando el equipo a medida que avanzamos.
Vamos solidificando la decisión mientras más camino dejamos atrás.
CAPÍTULO 4. CONDICIÓN
Saludo al Buda que hay en ti. Puede que no seas consciente de ello, puede que ni siquiera lo hayas soñado —que eres perfecto—, que nadie puede ser otra cosa, que el estado de Buda es el centro exacto de tu ser, que no es algo que tiene que suceder en el futuro, que ya ha sucedido. Es la fuente de la que tú procedes; es la fuente y también la meta. Procedemos de la luz y vamos hacia ella.
Pero estás profundamente dormido, no sabes quién eres.
No es que tengas que convertirte en alguien, única-mente tienes que reconocerlo, tienes que volver a tu propia fuente, tienes que mirar dentro de ti mismo.
Una confrontación contigo mismo te revelará tu estado de Buda.
El día que uno llega a verse a sí mismo, toda la existencia se ilumina.
Permite que tu corazón sepa que eres perfecto.
Ya sé que puede parecer presuntuoso, puede parecer muy hipotético, no puedes confiar en ello totalmente. Es natural. Lo comprendo. Pero permite que se deposite en ti como una semilla. En torno a ese hecho comenzarán a suceder muchas cosas, y sólo en torno a este hecho podrás comprender estas ideas. Son ideas inmensamente poderosas, muy pequeñas, muy condensadas, como semillas. Pero en este terreno, con esta visión en la mente: que eres perfecto, que eres un Buda floreciendo, que eres potencialmente capaz de convertirte en uno, que nada falta, que todo está listo, que sólo hay que poner las cosas en el orden correcto; que es necesario ser un poco más consciente, que lo único que se necesita es un poco más de conciencia...
El tesoro está ahí, tienes que traer una pequeña lámpara contigo.
Una vez que la oscuridad desaparezca, dejarás de ser un mendigo, serás un Buda.
Serás un soberano, un emperador.
Todo este reino es para ti y lo es por pedirlo, sólo tienes que reclamarlo.
Pero no puedes reclamarlo si crees que eres un mendigo.
No puedes reclamarlo, no puedes ni siquiera soñar con reclamarlo, si crees que eres un mendigo.
Esa idea de que eres un mendigo, de que eres ignorante, de que eres un pecador, ha sido predi-cada desde tantos púlpitos a través de los tiempos, que se ha convertido en una profunda hipnosis en ti.
Esta hipnosis debe ser desbaratada.
Para romperla, comienzo con este saludo:
Saludo al Buda que hay en ti,
OSHO
El primer hito del camino de la autodependencia es el propio
amor, como lo llamaba Rousseau, el amor por uno mismo. Esto es, mi capacidad de quererme, lo que a mí me gusta llamar más brutalmente el saludable egoísmo y que abarca por extensión la autoestima, la autovaloración y la conciencia del orgullo de ser quien soy.
Desde la publicación de mi libro De la autoestima al egoísmo, la gente siempre me pregunta:
“Pero, ¿por qué lo llamás egoísmo... que a mí no me deja aceptarlo bien?”
Lo llamo así para no caer en la tentación de evitar esta palabra sólo porque tiene “mala prensa”.
A veces digo:
“Bueno, ¿cómo quieren que lo llamemos?
Llamémoslo como quieran. ¿Quieren llamarlo silla? Llámenlo silla. Pero sepan internamente que estamos hablando de egoísmo”.
Lo que pasa es que hay que dejar de temerle a esa palabra.
No confundirla con actitudes miserables o crueles, codiciosas o avaras, mezquinas, ruines o canallescas. Son otra cosa.
No hace falta ser un mal tipo para ser egoísta.
No hace falta ser una mina jodida para ser egoísta.
Se puede ser egoísta y tener muchas ganas de compartir.
Siempre digo lo mismo.
Me da tanto placer complacer a las personas que quiero, que siendo tan egoísta... no me quiero privar...
Yo no me quiero privar de complacer a los que quiero.
Pero no lo hago por ellos, lo hago por mí. Ésta es la diferencia.
La diferencia está en que desde esta posición jamás se puede pensar en función de lo que hago por el otro.
Si yo hiciera cosas por vos, no podría seguir siendo autodependiente. No dependería de mí, sino de lo que vos necesitás de mí.
Y entonces... quizás... poco a poco me vaya volviendo dependiente.
Y si me encuentro siendo dependiente, bueno sería que revise esto.
Si soy dependiente, entonces hay permisos que no me puedo conceder.
Y si hago esto debe ser porque no me creo valioso o no me quiero lo suficiente.
Jamás hago cosas por los demás.
Uno piensa que este discurso suena muy egoísta. Y yo creo que es cierto que suena egoísta... porque es un discurso egoísta.
Lo que pasa es que éste no es el egoísmo mezquino y codicioso que estamos acostumbrados a pensar... Es el egoísmo de aquellos que se quieren suficientemente como para saber que son valiosos... y que tienen cosas para dar.
A veces, cuando yo digo esto, hay gente que cree que hablo en contra de la idea de solidaridad, en contra de la ayuda solidaria.
“¡Porque vos hablás de autodependencia, hablás de saberse a uno mismo, hablás de la libertad... y entonces cada uno puede hacer lo que quiera y si cada uno hace lo que se le da la gana... entonces va a terminar... matando al vecino...!”
Y yo digo: la presunción de dónde termina el planteo de las libertades individuales depende del lugar ideológicamente filosófico del cual uno parta.
Hay dos posturas filosóficas que son bien opuestas. Una, que cree que el ser humano es malo, cruel, dañino, perverso, y que lo único que espera es una oportunidad para poder complicar al prójimo y sacarle lo que tiene. Y otra que dice que el ser huma-no es bueno, noble, solidario, amoroso y creativo, y que, por ende, si lo dejamos en libertad de ser quien es descubrirá lo que hay que descubrir, y finalmente se volverá el más generoso y leal de los animales de la creación.
Porque en libertad puede elegir ser solidario aunque sepa que, en realidad, no lo hace por el otro sino por él mismo.
Y éste es el egoísmo bien entendido, como yo lo diseño.
Quiero definir el egoísmo como esta poco simpática postura de preferirme a mí mismo antes que a ninguna otra persona.
La idea de que si yo soy egoísta no voy a pensar en nadie más que en mí es la idea de creer que tengo un espacio limitado para querer, una capacidad limitada para amar a alguien, y que entonces, si lo lleno de mí, no me queda espacio para los demás.
Esta idea no sólo es absurda, sino que además es absolutamente engañosa. No hay una limitación en mi capacidad de amar, no tengo límites para el amor, y por lo tanto tengo capacidad para quererme muchísimo a mí y muchísimo a los demás. Y de hecho, desde el punto de vista psicológico, es imposible que yo pueda querer a alguien sin quererme a mí.
El que dice que quiere mucho a los demás y poco a sí mismo miente en alguno de los dos casos. O no es cierto que quiere mucho a los demás, o no es cierto que se quiere poco a sí mismo.
El amor por los otros se genera y se nutre, empieza por el amor hacia uno mismo. Y tiene que ver con la posibilidad de verme en el otro.
Aquella idea tan ligada a las dos religiones madre de nuestra cultura, la judía y la cristiana, “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, es un punto de mira, un objetivo de máxima.
No es amarás “más” que a ti mismo.
Es amarás “como” a ti mismo.
Esto es lo máximo que uno puede pretender.
Hay un cuento que trata de una muchacha llamada Ernestina.
Ernestina vivía en una granja en el campo.
Un día, su padre le pide que lleve un barril lleno de maíz hasta el granero de una vecina. Ernestina agarra un barril de madera, lo llena de granos hasta el borde, le clava la tapa y se lo ata colgando de los hombros como si fuese una mochila. Una vez afirmadas las correas, Ernestina parte hacia la granja vecina.
En el camino se cruza con varios granjeros. Algunos notan que hay un agujero en su barril y que una hilera de granos cae del tonel sin que Ernestina lo note. Un amigo de su padre comienza a hacerle señas para explicarle el problema, pero ella entiende que es un saludo, así que le sonríe y agita su mano en señal de amistad. De inmediato, los otros granjeros le gritan a coro:
—¡Estás perdiendo el maíz!
Ernestina se da vuelta para ver el camino, pero como los pájaros han estado levantando cada grano perdido casi antes de que tocara el piso, al no ver nada, la niña cree que los vecinos bromean y sigue su camino.
Más adelante, otra vez un granjero le dice:
—¡Ernestina, Ernestina! ¡Estás perdiendo el maíz, los pájaros se lo están comiendo!...
Ernestina se da vuelta y ve los pájaros que revolotean sobre el camino, pero ni un grano de maíz. Entonces continúa su trayecto con el maíz perdiéndose por el agujero del barril.
Cuando Ernestina llega a su destino y abre el barril, ve que aún está lleno de granos de maíz hasta el mismo borde.
Uno puede pensar que es sólo una parábola para estimular a los mezquinos a dar, para conjurar su temor al vacío, y que el cuento es sólo una alegoría.
Y sin embargo, respecto del amor, nunca me vacío cuando amo.
Es mentira que por dar demasiado me pueda quedar sin nada.
Es mentira que tenga que tener sobrantes de amor para poder amar.
Ernestina es cada uno de nosotros.
Y este maíz es lo que cada uno de nosotros puede amar.
La inagotable provisión de amor.
Esto es:
No nos vamos a quedar sin maíz para los pájaros si queremos llegar con maíz al granero.
Ni nos vamos a quedar sin maíz para nosotros si les damos a los pájaros.
No nos vamos a quedar sin posibilidad de amar a los otros si nos amamos a nosotros mismos.
En verdad, nosotros tenemos para dar inagotablemente, y nuestro barril está siempre lleno, porque así funciona nuestro corazón, así funciona nuestro espíritu, así funciona la esencia de cada uno de nosotros.
Sea como fuere, saberme, liberarme y quererme, ¿no me deja al margen de la solidaridad?
Para mí, hay por lo menos dos tipos de solidaridad. Hay una solidaridad que yo llamo de ida y otra que llamo de vuelta. Porque estoy seguro de que hay dos maneras de querer ayudar al prójimo.
En la solidaridad de ida, lo que sucede es que veo al otro que no tiene, veo al otro que sufre, veo al otro que se lamenta, y entonces me pasa algo. Por ejemplo, me pasa que me doy cuenta que yo podría estar en su lugar y me identifico con él, y siento el miedo de que me pase lo que a él le está pasando. Entonces lo ayudo. Me vuelvo solidario porque me da miedo que me pase a mí lo que le pasa a él.
Esta ayuda está generada por el miedo que proviene de la identificación y actúa como una protección mágica que me corresponde por haber sido solidario. Es la solidaridad del conjuro. Una ayuda “desinteresada” que, en realidad, hago por mí. No por el otro.
Pariente cercana de esta solidaridad es la solidaridad culposa, aquella que se genera de la nefasta matriz de algunas ideas caritativas... Cuando veo al que sufre y padece, un horrible pensamiento se cruza por mi cabeza sin que pueda evitarlo: “Qué suerte que sos vos y no yo”.
Y decido ayudar porque no soporto la autoacusación que deviene de este pensamiento.
Otra razón de ida es que yo crea en una suerte de ley de compensaciones. Se anda diciendo por ahí que, si te doy, en realidad me vuelve EL DOBLE...
Hay gente que sostiene con desparpajo que da porque así va a recibir. Es la solidaridad de inversión. Esto no quiere decir que no suceda, pero en todo caso es una razón de ida.
Existe también una solidaridad obediente, que parte de lo que mi mamá me enseñó: que tenía que compartir, que no tenía que ser egoísta y tenía que dar... Estoy satisfaciendo a mi mamá, o al cura de mi parroquia, o a la persona que me educó. Estoy haciéndole caso, no sé si me lo creo, pero así me enseñaron y así repito. Nunca me puse a pensar si esto es lo que quiero hacer. Sólo sé que hay que hacerlo, y entonces lo hago. Esta es la solidaridad más ideológica, más ética y más moralista, pero de todas maneras es de ida.
Por último, existe una solidaridad que yo llamo la solidaridad de “hoy por ti mañana por mí”; la que piensa en la protección del futuro. Desde el imaginario futuro negro aseguro que si me toca, algún otro será soli-dario conmigo, cuando yo esté en el lugar del que padece.
Cualquiera sea el caso, de conjuro, culposa, de inversión, de obediencia o de “hoy por ti, mañana por mí”, toda esta solidaridad es de ida y, por supuesto, no tiene nada de altruista.
Pero hay un momento, un momento en el cual yo descubro el cuento de Ernestina.
¿Y qué descubro en el cuento de Ernestina?
Descubro que no hay peligro de quedarme en ese lugar, porque si doy no me quedo vacío, que yo no soy como aquellos que reciben lo que doy y que nunca lo seré, que no me siento culpable de tener lo que tengo y que no necesito más de lo que tengo, y por último, que lo que los otros dicen que debería hacer me tiene sin cuidado.
Y ahora yo sé que puedo elegir dar o no dar.
Entonces, conquisto el espacio donde todo esto no es más... importante.
Conquisto lo que yo llamo la autodependencia.
Y ahí descubro que mi valor no depende de la mirada del afuera.
Y me encuentro con los otros, no para mendigarles su aprobación, sino para recorrer juntos algún trecho del camino.
Y descubro el amor y, con él, el placer de compartir.
Acá es donde aparece la segunda posibilidad de ser solidario.
Acá me encuentro con alguien que sufre y descubro el placer de dar.
Y doy por el placer que me da a mí dar.
Esa es la solidaridad del camino de vuelta.
Un Rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.
El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.
Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.
La Rosa lloraba por no ser fuerte y sólida como el Roble.
Entonces encontró una planta, una Fresia, floreciendo y más fresca que nunca.
El rey preguntó:
—¿Cómo es que creces tan saludable en medio de este jardín mustio y umbrío?
La flor contestó:
—No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda.
Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia.
Simplemente mirate a vos mismo.
No hay posibilidad de que seas otra persona.
Podés disfrutarlo y florecer regado con tu amor por vos, o podés marchitarte en tu propia condena. |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
isel

Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España
|
Publicado:
Mie Feb 28, 2007 12:10 am |
  |
(sigue)
CAPÍTULO 5. EQUIPAMIENTO
La discriminación es el odioso punto de partida de este tramo del camino. Palabra grave y complicada si las hay, porque evoca desprecio, racismo, exclusión de los otros.
Sin embargo, no es éste el único sentido que tiene la palabra, no es éste el sentido en el que la uso; hablo de discriminación en cuanto a conciencia de otredad. Es decir, la capacidad de discriminarse o, si suena menos lesivo, distinguirse de los otros que no son yo.
Saber que hay una diferencia entre lo que llamo yo y el no-yo.
Que vos sos quien sos y yo soy quien soy.
Que somos una misma cosa, pero no somos la misma cosa.
Que no soy la misma cosa que vos, que soy otro.
Que no soy idéntico a vos y que vos no sos idéntico a mí.
Que somos diferentes. A veces muy diferentes.
Esto es lo que llamo conciencia de otredad o capacidad de autodiscriminarse.
Y debo empezar por allí, porque así empezó nuestra historia.
Nacimos creyendo que el universo era parte de nosotros, en plena relación simbiótica, sin tener la más mínima noción de límite entre lo interno y lo externo.
Durante esta “fusión” (como la llama Winnicott), mamá, la cuna, los juguetes, la pieza y el alimento no eran para nosotros más que una prolongación indisoluble de nuestro cuerpo.
Sin necesidad de que nadie nos lo enseñe directa-mente, dice el mismo Winnicott que la “capacidad innata de desarrollo y de maduración” con la que nacimos nos llevará a un profundo dolor (posible-mente el primero): el darnos cuenta, a la temprana edad de siete u ocho meses, que esa fusión era sólo ilusión. Mamá no aparecía con sólo desearlo, el chiche buscado no se materializaba al pensarlo, el alimento no estaba siempre disponible.
Tuvimos que asumir en contra de nuestro deseo narcisista que entre todo y nosotros había una distan-cia, una barrera, un límite, materializado en lo que aprendimos después a llamar nuestra propia piel.
Aprendimos sin quererlo la diferencia entre el adentro y el afuera.
Aprendimos a diferenciar entre fantasía y realidad.
Aprendimos a esperar y, por supuesto, a tolerar la frustración.
Pasamos del vínculo indiscriminado e ilusoriamente omnipotente a la autodiscriminación y el proceso de individuación.
Una vez que puedo separarme comienzo progresivamente a construir lo que los técnicos llaman mi identidad, el self, el yo.
Aprendo a no confundirme con el otro, a no creer que el otro siente o debe sentir necesariamente igual que yo, los demás no piensan ni deben pensar como yo. Que el otro no está en este mundo para satisfacer mis deseos ni para llenar mis expectativas.
Discriminado, confirmo definitivamente que yo soy yo y vos sos vos.
Recién entonces puedo avanzar en este tramo para tomar la dirección del autoconocimiento.
Y digo tomar la dirección, no conquistar. Porque saber que vos no sos yo y que yo no soy vos no alcanza para saber quién soy. La autodiscriminación es necesaria, pero no es suficiente.
ACCESO AL AUTOCONOCIMIENTO
El autoconocimiento consiste, sobre todo, en ocuparme de
trabajar sobre mí para llegar a descubrir —más que construir— quién soy, tener claro cuáles son mis fortalezas y cuáles mis debilidades, qué es lo que me gusta y qué es lo que no me gusta, qué es lo que quiero y qué es lo que no quiero.
El “conócete a ti mismo” es uno de los planteos más clásicos y arquetípicos de los pensadores de todos los tiempos. El asunto —de por sí desafiante— es en verdad muy difícil, y está en el origen de una gran cantidad de planteos filosóficos, existenciales, mora-les, éticos, antropológicos, psicológicos, etc.
Tomar conciencia de quién soy es, para mí, el resultado de una desprejuiciada mirada activamente dirigida hacia adentro para poder reconocerme.
Este reconocimiento de quién soy adquiere aquí el sentido de saberse uno mismo, no el de las cosas que pienso o creo que soy.
Porque hay una diferencia importante entre creer y saber.
Pensemos. Si digo: “Yo creo que mañana vuelvo a Buenos Aires”, necesariamente estoy admitiendo que pueden pasar cosas en el medio, que acaso algo me lo impida. Pero si digo: “Yo sé que mañana va a salir el sol”, tengo certeza de que va a ser así. Aunque el día amanezca nublado, mañana va a salir el sol. Lo sé.
Siempre que digo “sé” estoy hablando de una convicción que no requiere prueba ni demostración.
Cuando digo “creo” apuesto con firmeza a eso que creo.
En cambio, cuando digo “sé”, no hay apuesta.
Claro, uno puede saber y puede equivocarse, puede darse cuenta que no sabía, que creía que sabía y aseguraba que era así con la firmeza y la convicción para decir “sé” y descubrir más tarde el error cometido. No hay contradicción; cuando yo hablo de “saber” me refiero a esa convicción, no al acierto de la aseveración.
El autoconocimiento es la convicción de saber que uno es como es.
Y como dije, esto implica mucho trabajo personal con uno mismo.
¿Cuánto? Depende de las personas, pero de todos modos, siempre estamos sabiéndonos un poco más.
A mí me llevó mucho tiempo y mucho trabajo empezar a saber quién era (debe ser por la gran superficie corporal para recorrer...). Otros lo hacen más rápido. Pero no es algo que se haga en una semana.
Hay que trabajar con uno.
Hay que observarse mucho.
Evidentemente, esto no quiere decir que haya que mirarse todo el tiempo, pero sí mirarse en soledad y en interacción, en el despertar de cada día y en el momento de cerrar los ojos cada noche, en los momentos más difíciles y en los más sencillos.
Mirar lo mejor y lo peor de mí mismo.
Mirarme cuando me miro y ver cómo soy a los ojos de otros que también me miran.
Mirarme en la relación con los demás y en la manera de relacionarme conmigo mismo.
Misteriosamente, para saber quién soy, hace falta poder escuchar.
Uno puede mirarse las manos, el dorso y el anverso; uno puede, con un poco de esfuerzo, mirarse los co-dos o los talones; algunos la planta del pie. Pero hay partes de uno que nos definen, como por ejemplo la cara, que nunca podremos ver a ojo desnudo. Para verla necesitamos un espejo, y el espejo de lo que somos es el otro, el espejo es el vínculo con los demás.
Cuanto más cercano y comprometido es el vínculo, más agudo, cruel y detallista el espejo.
Decimos con Silvia Salinas en Amarse con los ojos abiertos que el mejor espejo es tu pareja, el que te refleja con más claridad y más precisión.
Pero más allá de tu pareja, hay miles y miles de espejos en los cuales te mirás para saber quién sos. Estos espejos no deben configurar tu identidad, pero pueden ayudar a que vos completes tu imagen.
Si todo el mundo me dice que soy muy agresivo, yo no puedo vivir gritando: “¡No, el agresivo sos vos!”, sin si-quiera preguntarme qué hay de cierto en este comentario.
No digo aceptar de entrada toda observación, venga de quien venga. Pero sí preguntarnos si aquello que nuestros amigos nos dicen no tiene algo de cierto, aunque no lo podamos percibir a simple vista.
Es muy gracioso cómo uno puede no escuchar lo que el otro dice.
Si todos me dicen que estoy muy gordo, será bueno considerar esta observación.
Para poder sabernos, es necesario mirarnos mucho y es-cuchar mucho lo que los otros ven en nosotros.
Y para poder escuchar, es decir, para que el otro pueda hablar, hace falta que uno se anime a mostrarse.
Así, transitar la senda del autoconocimiento implica que yo me anime a mostrarme tal como soy, sin esconderme, sin personajes, sin turbiedades, sin engaños, y que participe del feedback generado por haberte mostrado lo que soy.
Cuanto más te muestre de mí y más te escuche, más voy a
saber de mí.
Y cuanto más sepa de mí, de mejores maneras voy a estar a cargo de mi persona.
Y cuanto mejor esté a cargo de mi persona, menos dependiente seré del afuera.
“¿No es una contradicción? ¿Escuchando tanto no me vuelvo más dependiente?”
No, no es ninguna contradicción.
Es un aprendizaje del camino.
Nunca dependiendo de la palabra de los otros, pero
siempre escuchándola.
Nunca obedeciendo el consejo de los demás, pero siempre teniéndolo en cuenta.
Nunca pendiente de la opinión del afuera, pero siempre registrándola con claridad.
Un hombre trabaja en el jardín de su casa.
Un joven pasa en moto y le grita:
—¡¡Cornuuuuudoooo!!
El hombre gira lentamente la cabeza y ve alejarse al joven en su moto a toda velocidad.
Sigue con su trabajo y, a los cinco minutos, el mismo joven pasa en la moto y le grita:
—¡¡Cornuuuuudoooo!!
El hombre levanta rápidamente la vista para ver alejarse, otra vez, la espalda del motociclista.
Menea la cabeza de lado a lado y, con la frente gacha, entra en la casa. Va hasta la cocina y encuentra a su esposa que está cortando unas verduras. Le pregunta:
—¿Vos andás en algo raro, che?
—¿A qué viene eso? —pregunta la esposa.
—No, lo que pasa es que hay un tipo que a cada rato pasa en una moto y me grita cornudo y entonces...
—¿Y vos le vas a prestar atención a lo que cualquier idiota desconocido te grite?
—Tenés razón, querida, disculpame...
Le da un beso en la mejilla y vuelve al jardín.
A los diez minutos, pasa el de la moto y le grita:
—¡¡¡Cornudo y alcahueteeeeeee!!!
No hay caso. Hay que escuchar.
Para transitar el camino de la autodependencia, debo darme cuenta en esta etapa que con un solo espejo donde mirarme no alcanza; tengo que acostumbrarme a mirarme en todos los espejos que pueda encontrar.
Y es cierto que algunos espejos me muestran feo.
Un hombre camina por un sendero y encuentra al costado, sobre la hierba, un espejo abandonado.
Lo levanta, lo mira y dice:
“Qué horrible, con razón lo tiraron”.
El primer paso en el camino del crecimiento es volverse un valiente conocedor de uno mismo. Un conocedor de lo peor y lo mejor de mí.
Cuando yo hablo de esto, mucha gente me pregunta si ocuparse tanto tiempo de conocerse no es demasiado individualista.
Yo creo que no, aunque confieso que mi desacuerdo se dirige más a la palabra “demasiado” que a la palabra “individualista”. Porque individualista sí soy, y encima ni me avergüenzo.
Por mi parte, estoy convencido de que solamente si me conozco voy a poder transitar el espacio de aportarte a vos lo mejor que tengo.
Solamente conociéndome puedo pensar en vos.
Creo que es imposible que yo me ocupe de conocerte a vos antes de ocuparme de mí.
Es innegable que yo voy a poder ayudar más cuanto más sepa de mí, cuanto más camino tenga recorrido, cuanta más experiencia tenga, cuantas más veces me haya pasado lo que hoy te pasa.
Por supuesto, hay miles de historias de vida de personas que han ayudado a otra gente sin ningún conocimiento, con absoluta ignorancia y portando como única herramienta el corazón abierto entre las manos. Son los héroes de lo cotidiano.
Es verdad. No todo es la cabeza, no todo es el conocimiento que se tiene de las cosas. Saberme no es imprescindible para poder ayudar, sin embargo, suma.
Y yo sigo apostando a sumar.
Sigo creyendo que es muy difícil dar lo que no se tiene.
DARSE CUENTA
Mi idea del autoconocimiento empieza por recordar que:
No es que uno tenga un cuerpo, sino que uno es un cuerpo.
No es que uno tenga emociones, sino que uno es las emociones que siente.
No es que uno tenga una manera de pensar, sino que uno es su manera de pensar.
En definitiva, que cada uno de nosotros es sus pensamientos, sus sentimientos, su propio cuerpo y es, al mismo tiempo, algo más: su esencia.
Cada uno de nosotros debe saber que es todo aquello que la alegoría del carruaje nos ayuda a integrar.
Si pretendo saberme, debo empezar por mirarme con una mirada ingenua.
Sin prejuicios, sin partir desde ningún preconcepto de cómo debería yo ser.
Nunca podré saberme si me busco desde la mirada crítica.
Es bastante común y, digo yo, bastante siniestro, analizar
nuestras acciones y pensamientos con frases del estilo:
“¡Qué tarado que soy!”
“Tendría que haberme dado cuenta...”
“¿Cómo puedo ser tan estúpido?”
“¡¡Me quiero matar!!”
Etc., etc.
Yo digo que si uno pudiera transformar eso en una actitud más aceptadora, más cuidadosa, si uno pudiera decir:
“Me equivoqué. La próxima vez puedo tratar de hacerlo mejor...”
“Quizá sea bueno tomar nota de esto...”
“Lo hice demasiado a la ligera, mi ansiedad a veces no me sirve...”
“De aquí en adelante voy a buscar otras alternativas...”
Entonces los cambios serían paradójicamente más posibles.
Nadie hace un cambio desde la exigencia.
Nadie se modifica de verdad por el miedo.
Nadie crece desde la represión.
Qué bueno sería dejar de estar ahí, criticones y reprochadores...
Este es el único camino porque, en realidad, yo voy a tener que estar conmigo por el resto de mi vida, me guste o no. Corta o larga, mucha o poca, es mi vida, y voy a tener que estar a mi lado.
La palabra amigo se deriva de la suma de tres monosílabos:
a-me-cum.
Aquel que está al lado, conmigo.
Qué bueno sería enrolarnos en esa lista.
Ya que voy a estar conmigo para siempre, qué bueno sería, entonces, ponerme conscientemente de mi lado...
Ya que estoy conmigo desde el principio y nadie sabe más de mí que yo (nadie, ni siquiera mi terapeuta), qué bueno sería ser un buen amigo de mí mismo, estar al lado mío haciendo y pensando en lo mejor para mí.
Querer hacer de mí mismo algo diferente de lo que soy no es el camino de saberse, es el camino de cambiarse. Y te digo desde ya lo que alguna vez repetiré más extensamente: intentar cambiarse no construye, es el camino equivocado, es un desvío, es una pérdida del rumbo.
El camino de saberse empieza en aceptar que soy este que soy, y trabajar partiendo de lo que voy descubriendo para ver qué voy a hacer conmigo, para ver cómo hago para ser mejor yo mismo, si es que me gusta ser mejor, pero sabiendo que está bien ser como soy, y en todo caso, estará mejor si puedo asistir a ese cambio.
A veces el cambio es explorar una ruta que nadie antes ha recorrido.
Permítanme poner como ejemplo mi propia experiencia en un área quizás poco trascendente, pero que me servirá como ejemplo:
En mi propio camino de autoconocimiento, me di cuenta que la gente se fastidiaba conmigo cuando yo no sabía contestar a la simple pregunta: “¿A qué te dedicás?”.
No me sentía cómodo diciendo médico, ni psiquiatra, ni psicoanalista, ni psicoterapeuta. Así que descartaba todos esos calificativos.
Si bien tengo título de Médico, un médico es alguien que cura a la gente, y hace mucho comprendí que, por lo menos yo, nunca curé a nadie (cuanto mucho, alguien se curó a sí mismo al lado mío).
Psiquiatra ya no soy, porque un médico psiquiatra es alguien que se dedica a trabajar con enfermedades psiquiátricas, y si bien me entrené en la especialidad y trabajé durante más de diez años en hospitales e instituciones psiquiátricas como médico de planta, hace mucho tiempo que ya no lo hago.
Psicoanalista nunca llegué a ser porque en ningún momento apoyé mi trabajo en esa escuela: el psicoanálisis.
Psicoterapeuta podría ser, pero tampoco me dedico a hacer todo el tiempo psicoterapia, y encima la palabra terapeuta se refiere a la atención de los enfermos y yo trabajo más tiempo con pacientes sanos que con enfermos que sufren.
¿Qué hacer?
Mirar. Mirarme. Darme cuenta que aquello que yo sabía de mí no se correspondía con ninguna profesión que yo conociera y aceptar que no podía definir mi trabajo con alguna de las palabras mencionadas que los demás se ocupaban de colgar de mí. Pero escuchaba su reclamo y su necesidad de saber a qué me dedicaba.
Esta demanda me ayudó a saber que también yo necesitaba definirme.
Ya me había discriminado, no era lo que los demás eran, pero ¿qué era?
Así que tuve que buscar una nueva manera de definirme.
Y la encontré: ayudador profesional.
Lo de ayudador por la ayuda, y lo de profesional porque estoy entrenado para el trabajo y cobro por hacerlo. No tiene que ver con ninguna otra cosa, no es porque “profese” alguna doctrina, sino porque dicho en buen romance, de eso vivo.
Algunos colegas critican mi definición porque opinan que la palabra ayudador no suena muy formal (ellos también se discriminan de mí, ¡¡bravo!!), y la verdad es que no es una opinión tan errada, sobre todo en la medida en que yo me ocupo arduamente de no ser formal.
Por otra parte, aunque a la gente no le guste, a mí me parece hermosa la palabra ayudador, creo que tiene mucho que ver con mi postura sobre el sentido de trabajar en salud mental.
El modelo gestáltico de terapia fue inventado por Fritz Perls.
Al principio de su carrera, Perls empezó diciendo que él no podía curar a los pacientes y que, en lugar de la curación, él solamente podía ofrecerles el amor, que todo lo demás lo tenían que hacer solos. Más adelante les dijo que lo único que podía darles era herramientas, algunos recursos para que ellos se curaran a sí mismos.
En los últimos años de Esalem, cuando los pacientes lo iban a ver, Fritz les decía:
“Yo no tengo los recursos, y no tengo más amor para darte, no puedo darte ninguna cosa que no sepas, ni quiero hacerme responsable de tu sanación, lo único que puedo ofrecerte es un lugar donde vos, solo, vayas aprendiendo a ayudarte.”
Esta idea me parece muy importante y muy fuerte, porque a partir de allí, el vínculo que se establece entre el profesional y el paciente es nada más (y nada menos) que una herramienta para que éste se ayude a sí mismo.
A esto me refiero cuando digo que soy ayudador profesional.
Mi profesión consiste en ofrecer ayuda a otros a partir de haber leído algunas cosas que ellos no han leído ni experimentado. Esto es en realidad lo único que hago, ayudar a que te cures, a que crezcas, a que madures, a que te mires. Esto no es ni mucho ni poco, no lo digo con vanidad ni con modestia, lo digo porque de verdad creo que es así.
A partir de esto que digo, a veces se me pregunta si puede considerarse terapéutico hablar sobre los problemas de uno con un amigo.
Yo creo que sí. Estoy seguro de que una charla con un buen amigo puede ser muy terapéutica. En todo caso, lo triste es pensar que a veces alguien pueda llegar a un consultorio terapéutico porque no tiene amigos.
¿Quiere decir que los terapeutas no hacen falta?
No, en muchos casos, el lugar del psicoterapeuta no puede ser reemplazado por un amigo, así como los amigos cumplen funciones que no pueden ser reemplazadas por un terapeuta.
Y esta especificidad no tiene nada que ver con la supuesta objetividad del terapeuta, nadie es objetivo. No se engañen ni se dejen engañar. Para tener una visión objetiva tendríamos que ser un objeto. Si uno es un sujeto está condenado a dar solamente su propia visión subjetiva.
Por lo tanto, lo que un terapeuta, un ayudador, un psicólogo o un analista pueden dar es una mirada subjetiva desde el lugar de terapeutas, y éste es un lugar diseñado en función del paciente para que él aprenda a ayudarse o a curarse a sí mismo.
Más que esto, me parece que nadie puede hacer.
Así fue como el hecho de poder escuchar el fastidio ajeno y registrar mi propia incomodidad me condujo a un lugar confortable de acompañarme a mí mismo. Lo poco académica que suena la palabra ayudador es justa-mente el punto: tiene mucho que ver conmigo y con mi manera poco académica de pensar estas cosas.
Para hacer lo que hoy hago, el haber estudiado medicina o el ser psiquiatra es casi un hecho accidental. Ciertas cosas que yo aprendí estudiando medicina y algunas de las que aprendí siendo psiquiatra me han servido de mucho, y otras no tanto. Muchas cosas las aprendí caminando por la calle, vendiendo medias en una estación de tren, estudiando teatro o disfrazándome de payaso para los chicos internados en el Instituto del Quemado.
En el camino profesional aprendí (como todos) más de mis pacientes que de mis colegas.
Aprendí a no desechar ninguna posibilidad de explorar mi interior, menos aún la que me brindaron los infinitos espejos de las miradas de los demás.
Es decir, creo que cualquiera de nosotros debería poner al servicio de lo que hace todo lo que tiene, y de eso se trata este tramo del camino. De poner a disposición todos los recursos con los que cada uno cuenta.
Si es un recurso mío haber sido médico alguna vez, me parece que debería utilizar este recurso; si es un recurso mío haber estudiado teatro algún día para poder hacer esta cosa histriónica de contar un cuento, sería bueno que yo lo usara; si es un recurso mío haber viajado por algunas provincias del interior, haber hecho campamento o haber vivido en algún momento en un kibutz, seguramente es bueno para mí utilizar estos recursos para poder transmitir lo que he aprendido.
No hay que desechar lo aprendido por no estar conformes hoy con la situación vinculada a ese aprendizaje. Por ejemplo, si adquiriste tu capacidad de convencer a otros cuando eras vendedor, y hoy no trabajás como vendedor, la capacidad adquirida la podés usar para otras cosas que hoy te interesen, más allá de ser o no vendedor. Por ejemplo, para conseguir que tus alumnos comprendan mejor el difícil punto de la materia que estás explicando.
Es increíble cómo muchas personas reniegan de algunos recursos que tienen porque están enojadas con el tiempo, la circunstancia o el lugar donde los aprendieron. Simplemente no quieren utilizarlos. Si aprendieron a jugar al tenis con Fulana, y ahora están peleados con Fulana, entonces no juegan más al tenis.
¡¡¡Qué ridículo!!!
En cuanto a las parejas ocurre lo mismo. Pirulo se separa en una situación conflictiva, entonces resulta que todo lo que aprendió y consiguió en esa relación de pareja ahora lo abandona, quiere deshacerse de ello como si por haberlo aprendido en esa situación ahora ya no le pudiera servir. Estas personas no se dan cuenta que los recursos internos son justamente eso, internos, y por ende, le pertenecen a cada uno.
Un señor va a visitar a un sabio y le dice:
—Yo quiero que me enseñes tu sabiduría porque quiero ser sabio; quiero poder tomar la decisión adecuada en cada momento. ¿Cómo hago para saber cuál es la respuesta indicada en cada situación?
Entonces, el sabio le dice:
—En lugar de contestarte te voy a hacer una pregunta: Por una chimenea salen dos señores, uno de ellos con la cara tiznada y el otro con la cara limpia, ¿cuál de los dos se lava la cara?
—Bueno, eso es obvio —dice el hombre—, se lava la cara el que la tiene sucia.
Y el sabio le contesta:
—No siempre lo obvio es la respuesta indicada. Andá y pensá.
El hombre se va, piensa durante quince días y regresa contento para decirle al sabio:
—¡Qué estúpido fui! Ya me di cuenta: el que se lava es el que tiene la cara limpia. Porque el que tiene la cara limpia ve que el otro tiene la cara sucia y entonces piensa que él mismo también la tiene sucia. Por eso se lava. En cambio, el que tiene la cara sucia ve que el otro tiene la cara limpia y piensa que la de él también debe estar limpia. Por eso no se lava.
—Muy bien —agrega el sabio—, pero no siempre la inteligencia y la lógica pueden darte una respuesta sensata para una situación. Andá y pensá.
El hombre regresa a su casa a pensar. Pasados quince días vuelve y le dice al sabio:
—¡Ya sé! Los dos se lavan la cara. El que tiene la cara limpia, al ver que el otro la tiene sucia, cree que la suya también está sucia y por eso se lava. Y el que tiene la cara sucia, al ver que el otro se lava la cara piensa que él también la tiene sucia y entonces también se la lava.
El sabio hace una pausa y luego añade:
—No siempre la analogía y la similitud te sirven para llegar a la respuesta correcta.
—No entiendo —dice el hombre.
El sabio lo mira atentamente y le dice:
—¿Cómo puede ser que dos hombres bajen por una chimenea, uno salga con la cara sucia y el otro con la cara limpia?
La mayor parte de las veces, para encontrar la respuesta correcta lo único que hace falta es el sentido común.
Y es el sentido común el que, sin lugar a dudas, nos grita desde nuestro yo interno más sabio: ¡Utilizá todo lo que tenés para redoblar tu posibilidad de llegar adonde querés!
A todo esto que tenemos lo llamo recursos.
Así como el curso de un río es el lecho por el que el río corre, el curso de una vida es el camino por el que esa vida transcurre. Desde este punto de vista, toda herramienta que permite retomar el curso, recuperar el rumbo, reencontrar el camino o encontrar nuevas salidas ante las situaciones a resolver, es un recurso.
En nuestra vida nos encontramos con obstáculos que nos impiden el paso. Si uno quiere seguir avanzando va a tener que despejar el camino para continuar por él o encontrar otro curso para seguir. Es interesante asociar el término recurso con el verbo recurrir, porque de verdad es una asociación que mucha gente no puede hacer fácilmente.
Un recurso es un elemento interno o externo al cual nosotros recurrimos, es tomar de nuestra reserva la herramienta guardada para lograr un fin determinado, que puede ser disfrutar algo, solventar una dificultad, traspasar un obstáculo, encontrarse de cara con una situación, solucionar un problema.
Un recurso es toda herramienta
de la cual uno es capaz de valerse
para hacer otra cosa; para enfrentar, allanar
o resolver las contingencias
que se nos puedan presentar.
En cierto modo, la mayoría de las herramientas nos vienen dadas, están disponibles, sin embargo algunas otras hay que fabricarlas.
Una de las diferencias entre los animales superiores y el hombre es la capacidad excluyente de éste de fabricar algunas herramientas utilizando otras herramientas. Un mono puede agarrar un palo para cazar algunas hormigas, una paloma puede valerse de ramas para hacer un nido, pero lo que ningún animal puede hacer es fabricar una herramienta a partir de otra.
Hay muchos tipos de herramientas:
Algunas sirven para muchos fines y otras son muy específicas.
Algunas son simples y rudimentarias y otras extremadamente sofisticadas y difíciles de describir.
Algunas están siempre disponibles y otras hay que salir a conseguirlas.
Hay, por fin, algunas herramientas que se pueden usar intuitivamente desde la primera vez que uno las descubre; sin embargo, hay otras que habrá que aprender a utilizarlas.
Yo puedo tener una herramienta, pero si no sé usarla no me sirve. ¿Cómo podría servirme de una sierra eléctrica si no sé cómo se prende, cómo se usa, cómo se manipula? Lo más probable es que me lastime, que en lugar de hacer una cosa en mi beneficio haga algo que me perjudique.
Estas herramientas pertenecen a dos grandes grupos: recursos externos y recursos internos.
Ya hemos visto que desde muy pequeños hemos sido forzados a aprender qué es adentro y qué es afuera. No obstante, la mayoría de los pacientes que visitan un consultorio terapéutico sobreviven a un cierto grado de falta de conciencia en este punto. Y la consecuencia es nefasta. Se viven como propios algunos hechos y situaciones que en realidad son externos, o más frecuentemente, ven colocado afuera algo que en realidad está sucediendo adentro.
Por ello, es necesario hacer esta aclaración:
A todos aquellos recursos que están de la piel para adentro los llamaré internos, y a todos los que están de la piel para afuera, externos.
RECURSOS EXTERNOS
Los recursos externos son aquellas cosas, instituciones y personas que, desde afuera, me pueden ayudar a retomar el camino perdido.
La casa donde yo vivo, mi trabajo, el auto, el dinero de mi cuenta bancaria, son las cosas que forman parte de mis recursos externos. Si nosotros no contáramos con este recurso no podríamos solucionar muchas cosas. Ante un problema, por ejemplo, tenemos que hacer un gasto porque saltó la instalación eléctrica, ¿qué hacemos? Nuestros ahorros, nuestras reservas, son el recurso que utilizamos para resolver este problema.
En cuanto a las instituciones, aunque yo no me atienda en el hospital que hay a cinco cuadras de mi casa, ese hospital es un recurso; la obra social a la cual pertenezco es un recurso, la use o no, puedo valerme de ella. Otro tanto pasará con la facultad donde estudié, la biblioteca de mi barrio o la comisaría de mi zona.
Volviendo al ejemplo del gasto imprevisto, si mis ahorros no alcanzan (o no existen) puedo ir al banco más cercano a pedir un crédito.
También las personas pueden ser recursos. Nuestros amigos, maestros y familiares son algunas de las personas a las que solemos recurrir. Quizás alguno de ellos pueda prestarme el dinero si el banco me lo niega. Y quizás más todavía, mi amigo Alfredo, que es tan habilidoso, me quiera dar una mano para hacerlo.
Un ejercicio interesante puede ser anotar en una hoja los recursos externos que yo tengo, y sobre todo, quiénes son las personas de mi mundo con las que cuento y para qué cuento.
Con algunas personas cuento para divertirme, con otras para charlar, para que me den un abrazo cuando lo necesito, para que me presten dinero, para que me cobijen o me protejan o para que me den un buen consejo económico. En fin, esto es infinito. Les sugiero que investiguen con quiénes cuentan y para qué en cada caso.
Como es un ejercicio de uno para con uno, no hay necesidad de mentir. Al hacer esta lista es probable que nos llevemos algunas sorpresas. Por ejemplo, que una persona figure muchas veces; que alguien que a priori uno pensaba que no iba a figurar, figure tercero; que otro que uno había pensado que seguramente figuraría, no figure ni último...
A veces es necesario tener el coraje de pedir ayuda a alguien
que representa un recurso externo. Una situación sin resolverse queda flotando, y una cantidad de nuestra energía quedará atrapada en esa situación y no se podrá seguir adelante.
Hay que aprender a pedir ayuda sin depender y hay que aprender a recibir ayuda sin creer que uno está dependiendo.
Cuidado...
Recibir ayuda no es lo mismo que depender.
RECURSOS INTERNOS
En el fondo de mi casa hay un cuarto de herramientas. Tengo allí todas las herramientas que podría necesitar para las tareas con las que me enfrento a diario.
¡Es increíble! Hubo una época de mi vida en la que todavía no había descubierto la existencia de este cuarto del fondo. Yo creía que en mi casa simplemente no había un lugar para las herramientas. Cada vez que necesitaba hacer algo tenía que pedir ayuda a alguien o pedir prestada la herramienta necesaria. Me acuerdo perfectamente el día del descubrimiento:
Yo venía pensando que debía tener siempre a mano las herramientas que más usaba y estaba dispuesto a hacerme de ellas, pero me quedé pensando que antes debía encontrarles un lugar en mi casa para poder guardarlas. Recordaba con nostalgia el cuartito de chapa del fondo de la casa de mi abuelo Mauricio y tenía muy presente mi inquietud de aquel día en que llegué a casa con MI primera herramienta. Me desesperaba pensar que se me podía perder si no le encontraba un lugar. Al final, por supuesto, la había apoyado en un estante cualquiera y todavía recuerdo en los puños la bronca de no encontrarla cuando la necesitaba y tener que ir a buscarla a las casas de otros como si no la tuviera.
Así fue que salí al fondo pensando en construir un cuartito pequeño en el rincón izquierdo del jardín. Qué sorpresa fue encontrarme allí mismo, en el lugar donde yo creía que debía estar mi cuarto de herramientas, con una construcción bastante más grande que la que yo pensaba construir. Un cuarto que después descubrí, estaba lleno de herramientas.
Ese cuarto del fondo siempre había estado en ese lugar y, de hecho, sin saber cómo, mis herramientas perdidas estaban ahí perfectamente ordenadas al lado de otras extrañas que ni sabía para qué servían y algunas más que había visto usar a otros pero que nunca había aprendido a manejar.
No sabía todavía lo que fui descubriendo con el tiempo, que en mi cuarto del fondo están TODAS las herramientas, que todas están diseñadas como por arte de magia para el tamaño de mis manos y que todas las casas tienen un cuarto similar.
Claro, nadie puede saber que cuenta con este recurso si ni siquiera se enteró de que tiene el cuartito; nadie puede usar efectivamente las herramientas más sofisticadas si nunca se dio el tiempo para aprender a manejarlas; nadie puede saberse afortunado por este regalo mágico si prefiere vivir pidiéndole al vecino sus herramientas o disfruta de llorar lo que dice que a su casa le falta.
Desde el día del descubrimiento no he dejado de pedir ayuda cada vez que la necesité, pero la ayuda recibida siempre terminó siendo el medio necesario para que, más tarde o más temprano, me sorprendiera encontrando en el fondo mi propia herramienta y aprendiera del otro a usarla con habilidad.
Los recursos internos son herramientas comunes a todos, no hay nadie que no los tenga.
Uno puede saber o no saber que los tiene, uno puede haber aprendido a usarlos o no.
Podrás tener algunas herramientas en mejor estado que otros, que a su vez te aventajarán en otros recursos. Pero todos tenemos ese “cuartito de herramientas” repleto de recursos, suficientes, digo yo, si nos animamos a explorarlo...
La seducción, por ejemplo, es un recurso prioritario e importante, una herramienta que mucha gente cree que no tiene. Y yo digo: “No buscó bien”. En la relación con los otros, si uno no puede hacer uso de este recurso, de verdad, le va mal. Alguien que no puede hacer uso ni siquiera mínimamente de su seducción, no sólo no puede conseguir una pareja, tampoco podrá lograr un crédito en un banco o un descuento en una compra.
Seducir no es “levantarse” a alguien, seducir tiene que ver con generar confianza, simpatía, con generar una corriente afectiva entre dos personas. Seducir tiene que ver con la afectividad de todas las relaciones interpersonales. Muchos piensan que la seducción es un don natural, y en parte es cierto, pero también es un don universal y entrenable.
Autoconciencia y darse cuenta
El camino del crecimiento personal empieza por el autoconocimiento, y éste por la autoconciencia, que es también el primero y el principal de los recursos internos.
Cuanto más hábil sea yo en el uso de esta herramienta, más rápido avanzaré por el camino y más efectivo será mi accionar.
Pero uno va aprendiendo que hay herramientas que se combinan, recursos que se suman y optimizan. El ser consciente de mí hay que relacionarlo con la capacidad de darse cuenta del afuera. Es decir, si yo no puedo darme cuenta de lo que está pasando, no puedo hacer ninguna evaluación, no puedo razonar, no puedo hacer ningún pronóstico, no puedo elaborar la acción que a mí me conviene realizar.
Cuentan que había un papá que tenía un hijo que era un poco tonto. Llama al hijo y le dice:
—¡Vení para acá! ¡Andá hasta el almacén y fijate si yo estoy ahí!
—Sí, papá —dice el nene.
El padre le comenta a su amigo:
—¿Te das cuenta? Es tan tonto que no ve que si estoy acá no puedo estar allá.
Entretanto, el nene se encuentra con un amiguito que le dice:
—¿Adónde vas?
—Voy hasta acá a la esquina, mi papá me mandó a ver si estaba ahí. ¡Es tan bobo mi papá! ¿Cómo me va a mandar a ver si está en la esquina?
Y el amiguito le dice:
—Claro, ¡podría haber hablado por teléfono!
Asertividad
Después del darse cuenta de uno mismo, para mí el recurso más importante es la capacidad de defender el lugar que ocupo y la persona que soy, la fuerza que me permite no dejar de ser el que soy para complacer a otros. Me refiero a la capacidad que tiene cada uno de nosotros para afirmarse en sus decisiones, tener criterio propio y cuidar sus espacios de invasores y depredadores. En psicología se llama asertiva a aquella persona que, en una reunión, cuando todos están de acuerdo en una cosa, puede decir, siendo sincero y sin enojarse: “Yo no estoy de acuerdo”.
No estoy hablando de ser terco, estoy hablando de mostrar y defender mis ideas. Estoy hablando también, por extensión, de la capacidad para poner límites, de la valoración de la intuición y de la validez de la propia percepción de las cosas. Estoy hablando de no vivir temblando ante la fantasía de ser rechazado por aquellos con los cuales no acuerdo. Estoy hablan-do, finalmente, del coraje de ser quien soy.
Emociones
Para hablar de sentimientos vamos a tener que ponernos de acuerdo sobre su significación. Como su nombre lo indica, una emoción (emoción) es un impulso a la acción. Cada respuesta afectiva es la antesala de la movilización de energía que necesito para ponerme en movimiento. Por eso los afectos son parte de los recursos internos, cuento con ellos para destrabarme.
¿Cuáles son estos recursos afectivos?
Todo aquello que soy capaz de sentir, todo, las llamadas buenas y las llamadas malas emociones, lo positivo y lo negativo (?), desde el amor hasta el odio, desde el rechazo hasta el deseo. Entran allí las escalas de valores, la voluntad, la atracción, la tristeza, los miedos, la culpa y, por supuesto, el propio amor del que hablamos.
Cuando yo estudiaba la Biblia con el rabino Mordejai Ederi, él solía llamarnos la atención sobre algunas aparentes contradicciones en el texto sagrado, esto es, pasajes en los cuales se decía una cosa y pasajes que más adelante parecían decir (o literalmente decían) otra distinta. Mordejai siempre aludía a que estas contra-dicciones estaban hechas a propósito para poder mostrar algo. Recuerdo que él citaba un pasaje bíblico que dice: “Sólo se puede amar aquello que se conoce” y otro que establece: “Sólo se puede conocer aquello que se ama” (y lo peor de todo es que ambos suenan lógicos y consistentes). La pregunta que Mordejai nos instaba a hacernos era obvia: ¿Cómo es, primero se conoce y después se ama o primero se ama y después se conoce?
Aprendimos de su mano que esta contradicción quizás esté allí para indicar que ambas cosas suceden al mismo tiempo, porque uno conoce y ama al mismo tiempo, y cuanto más conoce más ama y cuanto más ama más puede conocer. Dicho de otra manera, no puedo amar algo que no conozco y no puedo conocer algo que no amo.
El amor es en sí mismo un camino que habrá que recorrer de principio a fin, pero por ahora tan sólo quiero establecer la necesidad de saber que necesito de mi capacidad afectiva para darme cuenta del universo en el que vivo. ¿Cómo podría tener ganas de tomarme el trabajo y correr los riesgos de salir a conocer el mundo si no me sintiera capaz de amarlo?
Ya dijimos que un recurso es una herramienta interna que nos permite retomar el camino.
El amor es entonces una herramienta privilegiada para conectarme con el deseo de seguir el curso.
Las emociones se sienten más allá de que a uno le guste o no sentirlas, más allá de que quiera sentirlas con más o menos fuerza, más allá de la propia decisión. Sin embargo, si bien no puedo ser dueño de mis sentimientos, sí puedo ser dueño de lo que hago con mis sentimientos, adueñarme de ellos, y ese adueñarme responsablemente de lo que siento quizás sea la verdadera herramienta.
Aceptación
Si uno va al diccionario, conformar quiere decir adaptarse a una nueva forma y también adoptar una cosa la forma de otra. Digo yo, entonces, que conformarse debe tener para nosotros también dos significados: uno fuerte y constructivo y otro oscuro y destructivo. La manera positiva del conformarse se llama aceptación y la manera negativa se llama resignación. Yo puedo conformarme aceptando las cosas como son, o puedo conformarme resignándome a que las cosas sean como son.
Cuando yo acepto, digo:
“Esto es así, cómo hago para seguir adelante con esta realidad”.
En cambio, cuando me resigno, lo que hago es apretar los dientes y decir: “¡La puta que lo parió, es así y me la tengo que bancar!”
Esta diferencia se basa en que el conformismo de la aceptación implica la serenidad de la ausencia de urgencias para el cambio, mientras que el conformismo de la resignación implica forzarse a quedarse anclado en la bronca, diciendo que me banco lo que sucede cuando en realidad sólo estoy agazapado esperando la situación y las condiciones para saltar sobre el hecho y cambiarlo, o postergando la demostración de mi enojo.
Hay quienes creen que, en realidad, hay que con-formarse de cualquier manera, aceptando o resignándose, y hay quienes creen —como yo— que la aceptación es un camino deseable y la resignación no lo es.
Seguramente, hay cosas en la vida de cada uno, cosas que pasaron, que no podrían ser aceptadas jamás, y en esos casos sólo queda resignarse. Si alguien ha pasado por esos dolores inconmensurables como podría ser la muerte de un ser muy querido, ¿cómo podría, de verdad, aceptarse algo así? En este caso, como en un primer momento lo único que queda es resignarse, el conformismo de la resignación aparece como la única salida. Cuando lleguemos a El camino de las lágrimas será la hora de volver sobre este punto.
Podríamos quedarnos hablando sobre los recursos infinitamente; baste por ahora esta pequeña nómina de las herramientas que encontré en mi cuartito y en el de todos los que conocí:
Recursos Internos
Autoconciencia
Capacidad de darse cuenta
Asertividad
Habilidades personales
Capacidad afectiva
Inteligencia
Principios morales
Fuerza de voluntad
Coraje
Seducción
Habilidad manual
Histrionismo
Carisma
Mirada estética
Tenacidad
Capacidad de aprender
Creatividad
Percepción
Experiencia
Intuición
Planteo ético
Aceptación
Estas herramientas son nada más que unas pocas de las que están, te aseguro, guardadas en el cuarto que quizás nunca viste del fondo de tu casa. No importa que no las uses todos los días; no las saques, no renuncies a ellas, ni siquiera dejes de practicar con cada una de vez en cuando; ellas tienen que estar allí, quizás las necesites mañana.
Cada uno va a usar estas herramientas para lo que quiera.
Las buenas herramientas no garantizan que el fin para el cual puedan ser utilizadas sea bueno.
Como sucede con todas las herramientas, no sólo hay que saber usarlas, sino que será necesario dirigir su uso. Esto es, uno puede utilizar los mismos recursos para cosas maravillosas o para cosas terribles. Si tengo un martillo, un serrucho, clavos, tornillos, maderas y metales, yo puedo utilizarlos para construir una casa o para fabricar una horca.
El objetivo es personal; la herramienta da la posibilidad, pero la intencionalidad de quien la usa es lo que vale. |
_________________ isel
Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay |
|
Añadir a do.min.io/s   |
 |
|
|
|
|
|