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Loukubes




Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 724

MensajePublicado: Jue Jul 07, 2005 11:12 pm Responder citandoVolver arriba

En honor a mi amiga,Isel...espero q hablemos mucho por aqui y no solo las dos ,sino q se sume más gente y q se abran más posts.
El camino de las lágrimas de Jorge Bucay y me lo estoy leyendo.
Yo se lo recomendaria a todo el mundo....
"Éramos como dos personas guiadas por un mismo deseo,como dos individuos con un único intelecto,como dos seres habitando en un solo cuerpo.

Y de repente,
la soledad,
el silencio,
el desconcierto....."

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isel




Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España

MensajePublicado: Sab Jul 09, 2005 7:00 pm Responder citandoVolver arriba

Las chicas argentinas seguro que ya lo conocéis, ¿verdad? En España también es conocido. Daos una vuelta por su página aunque ya sepáis quién es Jorge Bucay, os prometo que siempre sacaréis algo nuevo.


DR. JORGE M. BUCAY

Jorge Bucay nació en Buenos Aires en 1949. Se graduó de médico y se especializó en enfermedades mentales. Es psicodramatista y psicoterapeuta.

Autor de Cartas para Claudia (1989), Recuentos para Demián (1994), Cuentos para pensar (1997), De la autoestima al egoísmo (1999) y Amarse con los ojos abiertos (2000), publicadas por Editorial Del Nuevo Extremo, es autor también de los cuatro libros que constituyen la serie Hojas de Ruta (Sudamericana / Del Nuevo Extremo), publicados entre 2000 y 2002: El camino de la autodependencia, El camino del encuentro, El camino de las lágrimas y El camino de la felicidad.
Los libros del Dr. Bucay son best-sellers en México, Uruguay, Chile, Costa Rica, Venezuela, Puerto Rico y España, y han sido traducidos para su publicación en Estados Unidos, Inglaterra, Corea, Hungría y Brasil.

Trabaja en Buenos Aires, repartiendo su tiempo en la tarea docente, dictando cursos de psicología de la vida cotidiana para instituciones privadas, así como para grupos de reflexión. También da conferencias y charlas en Chile, México y España.

Desarrolla su tarea profesional en Buenos Aires -en su consultorio privado- como psicoterapeuta de adultos y parejas.

FORMACIÓN PROFESIONAL

Médico egresado de la Universidad de Buenos Aires (1973).
Especialista en enfermedades mentales (Colegio Médico de la Provincia de Buenos Aires).
Psicoterapéuta Gestáltico (Formado en Argentina, Chile y Estados Unidos).
Asiste a cursos, seminarios y congresos en Argentina, Estados Unidos, España e Italia.

CARGOS PROFESIONALES

Médico de Interconsulta del Servicio de Psicopatología del Hospital Pirovano.
Docente auxiliar de la cátedra de Psicopatología de 1er. año de la Unidad Hospitalaria.
Jefe de Guardia del Instituto Privado de Psicopatología de Buenos Aires.
Jefe del servicio de Psiquiatría de la filial Campana de la Organización Techint.
Expositor invitado en el VI Congreso Internacional de Gestalt realizado en Argentina, organizado por la Asociación Gestáltica de Buenos Aires.
Integrante de la Delegación Argentina en el Congreso Gestáltico Internacional, realizado en Cleveland.
Expositor en el Congreso Gestáltico Internacional realizado en Cleveland (Conflicto y Terapia de Parejas).

ACTIVIDAD PROFESIONAL

Terapeuta Gestáltico y Psicodramatista de adultos y parejas.
Terapeuta de Grupos.
Terapeuta didáctico.
Coordinador de Laboratorios Gestálticos.

http://www.bucay.com/

..........................................................................................................

En la misma página encontraréis esto:
http://www.palabrasalacarta.com/
es todo un mundo de reflexión, palabra por palabra.
Una palabra por día
En este sitio encontrarás los textos publicados en la columna "Palabras.net" del diario El Pais.
Y aquí va un ejemplo:

MIEDO

Nosotros, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, no nacemos con miedo, aunque sí hemos con la posibilidad de asustarnos -la misma que tienen un perro, un gato o un canario. Y la mayoría de los miedos que sentimos en la vida cotidiana no son innatos, los hemos aprendido. Dicho de otra forma, tenemos miedo porque alguien o algo nos lo ha enseñado.

De los peligros del miedo aprendido nos ilustra esta vieja historia tradicional.

Había una vez una madre que tenía un único hijo. Ella era tan temerosa que vivía angustiada pensando que no podría seguir viviendo si a su hijito le pasara algo. Tan asustada estaba de sus fantasías que un día para que su hijo no saliera solo a la calle, le sentó en los sillones de la sala y le dijo:
- Mira hijo, en la calle vagan unos espíritus malignos que se llevan a los niños que están sin su mamá. Así que nunca, nunca salgas a la calle sin mí. ¿Entiendes?
- Sí mami -contestó el chico asustado.
El plan resultó y el chico nunca más salió a la calle sin su madre.
Cuando el chico cumplió quince años, la madre empezó a pensar que algún día
ella no estaría y que su hijo tendría que manejarse en el mundo exterior.
Se sentó otra vez en la sala y le dijo al muchacho:
- Sabes hijo, tú ya eres grande y pronto te irás de esta casa en busca de tu camino.
- No madre. Me iré si vienes conmigo. Te recuerdo que afuera están los espíritus malignos que me llevarían si no estuviera contigo.
La madre pensó que decirle la verdad equivaldría a admitir que su propia madre le había mentido, así que le dijo:
- De eso te quería hablar. Los espíritus jamás te llevarán mientras lleves en tu cuello esta medallita que ahora te regalo - y quitándose la medalla que colgaba en su cuello se la puso a su hijo - quiero que sepas que desde ahora, podrás salir sin mí porque mi medalla te protegerá. Tienes que confiar en lo que te digo porque tu madre nunca te mentiría: Mientras tengas esta medallita, ningún espíritu se acercará a hacerte daño. ¿Entiendes?
- Sí mamá...

El joven le creyó.
Pero de todas maneras, desde que su mamá murió, el muchacho nunca salió de su casa. Siempre tuvo miedo de perder la medallita....

Mi madre nunca me asustó con los monstruos malignos. Ella lo hacía con una sola palabra: "Cuídate".
El "Cuídate" de los padres opera como una manera sutil de avisar que el mundo es "peligroso", una forma de establecer que "debes tener miedo", un antídoto contra toda conducta espontánea y por lo tanto riesgosa.

Lo hacía con la mejor intención, como lo hice yo muchos años después con mis propios hijos. Hoy confiaría más en ellos y en lo que pude enseñarles. Hoy en lugar de decirles adiós con un "Cuídate", intentaría despedirlos con un maravilloso "Diviértete".

..........................................................................................................

Bueno, eh?
Este no lo puedo dejar, especialemente dedicado al QSCV

LIBERTAD

Si el primer paso del camino de la autodependencia es conocerse y aceptarse tal como uno es y el segundo es quererse y valorarse adecuadamente, el tercero y definitivo es concederse la libertad.
No estamos hablando del concepto infantil de la libertad como "poder hacer lo que a cada quien se le antoje" porque eso define la omnipotencia no la libertad (Me parece que a veces nos gusta confundir estos dos conceptos para poder justificar ante nosotros mismos nuestro "miedo a la libertad" como maravillosamente lo definía Fromm).
Lo cierto es que la libertad, por lo menos tal como la entendemos aquí, es una posibilidad real y deseable.
Esta libertad "tangible" de la que hablo consiste nada más (y nada menos) que en nuestra capacidad de elegir dentro de lo posible. Que quede claro: dentro de lo posible.

Esta libertad incluye la honestidad de no caratular como imposible lo que fácticamente no lo es y también el coraje de aceptar que alguna elección podría ser posible aunque yo me niegue a optar por ella, por mis principios, mis temores o mis condicionamientos.

Una libertad que nadie me puede dar si yo no me la concedo. Una libertad que empieza por los mínimos derechos que me corresponden por el solo hecho de ser persona y que para Virginia Satir son cinco.

· La libertad de estar donde estoy y no donde otros creen que yo debería estar.
· La libertad de pensar lo que pienso y decirlo si me apetece o callarlo si no.
· La libertad de sentir lo que siento y no lo que a otros les parecería más apropiado que yo sienta en estas circunstancias.
· La libertad de correr los riesgos que yo decida asumiendo plena responsabilidad sobre las consecuencias de mis elecciones.
La libertad de salir a buscar lo que necesito en lugar de esperar que alguien lo adivine y me lo conceda.
..........................................................................................................

En España: libros de Jorge Bucay http://www.rba.es/libros/find_libros.jsp?TITULO=&AUTOR=bucay&ID_COLECCION=&ID_TEMA=&ISBN=&Submit=Buscar

¡¡¡¡FELIZ LECTURA!!!!

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Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
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Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España

MensajePublicado: Sab Jul 09, 2005 8:01 pm Responder citandoVolver arriba

Os pongo el prólogo del libro "Cuentos para pensar". A ver si os animáis a comprarlo, ese u otro libro de Jorge Bucay, así le hago propaganda... . Razz



LAS TRES VERDADES


Todos los que hemos vivido buscando la verdad, nos hemos encontrado en el camino con muchas ideas que nos sedujeron y habitaron en nosotros con la fuerza suficiente como para condicionar nuestro sistema de creencias.
Sin embargo, pasado un tiempo, muchas de las verdades terminaban siendo descartadas porque no soportaban nuestros cuestionamientos internos, o porque una “nueva verdad”, incompatible con aquéllas, competía en nosotros por los mismos espacios. O simplemente porque estas verdades dejaban de serlo.
En cualquier caso, aquellos conceptos que habíamos tenido como referentes dejaban de ser tales y nos encontrábamos, de pronto, a la deriva. Dueños del timón de nuestro barco y conscientes de nuestras posibilidades, pero incapaces de trazar un rumbo confiable.
Mientras escribo esto, recuerdo de pronto El Principito de Antaine de Saint-Exupéry:

“En sus viajes por los pequeños planetas de su galaxia se encontró con un geógrafo que anotaba, en un gran libro de registro, montañas, ríos y estrellas.

El principito quiso registrar su flor (aquella que había dejado en su planeta), pero el geógrafo le dijo:

- No registramos flores, porque no se pueden tomar como referencia las cosas efímeras.

Y el geógrafo le explicó al principito que efímero quiere decir amenazado de pronta desaparición.

Cuando el principito escuchó esto, se entristeció mucho. Se había dado cuenta de que su rosa era efímera...”.

Y entonces me pregunto, por un lado: ¿Existirán las verdades sólidas como rocas e imperturbables como accidentes geográficos? ¿O será la verdad sólo un concepto que lleva en sí mismo la esencia de lo transitorio y frágil de las flores? Y, por otro lado, desde una perspectiva macrocósmica:

¿Es que acaso las montañas, los ríos y las estrellas no están también amenazados de pronta desaparición?
¿Cuánto es “pronto” comparado con “siempre”?
¿No son, desde esta mirada, las montañas también efímeras...?

Creo que lo que me gustaría hoy es intentar escribir sobre algunas ideas-montaña, ideas-río, ideas-estrella con las que me he ido cruzando en mi camino.
Algunas verdades que seguramente son cuestionables para otros, lo serán también para mí, algún día. Pero hoy contienen, me parece, la solidez y la confiabilidad que da la indiscutible mirada del sentido común.

I. El primero de estos pensamientos confiables forma parte inseparable de la filosofía guestáltica y es la idea de saber que

lo que es, es.

(Escribo esto y pienso en la desilusión de quien me lee: ¡Lo que es, es...!¿Esa es la verdad?”.)

El concepto, no por obvio menos ignorado, contiene en sí mismo tres implicaciones que me parece significativo remarcar: saber que “lo que es, es” implica la aceptación de que los hechos, las cosas, las situaciones son como son.

La realidad no es como a mí me convendría que fuera.
No es como debería ser.
No es como me dijeron que iba a ser.
No es como fue.
No es como será mañana.
La realidad de mi afuera es como es.

Pacientes y alumnos que me escuchan repetir este concepto se empeñan en ver en él un deje de resignación, de postura lapidaria, de bajar la guardia.
Me parece útil recordar que el cambio solo puede producirse cuando somos conscientes de la situación presente. ¿Cómo podríamos diagramar nuestra ruta a Nueva York sin saber en qué punto del universo nos encontramos?
Sólo puedo iniciar mi camino desde mi punto de partida, y esto es aceptar que las cosas son como son.

La segunda derivación directamente relacionada con esta idea es que

yo soy quien soy.

Otra vez:

Yo no soy quien quisiera ser.
No soy el que debería ser.
No soy el que mi mamá quería que fuese.
Ni siquiera soy el que fui.
Yo soy quien soy.

De paso, para mí, toda nuestra patología psicológica proviene de la negación de esa frase.
Todas nuestras neurosis empiezan cuando tratamos de ser quienes no somos.

En Déjame que te cuente... escribí sobre el autorrechazo:

... Todo empezó aquél día gris
en que dejaste de decir orgulloso

YO SOY...

Y entre avergonzado y temeroso
bajaste la cabeza y cambiaste
tus palabras y actitudes
por un terrible pensamiento:

YO DEBERÍA SER...

...Y si es difícil aceptar que yo soy quien soy, cuánto más difícil no es, a veces, aceptar la tercera derivación del concepto “lo que es, es”:

Tú... eres quien eres.
Es decir:

Tú no eres quien yo necesito que seas.
Tú no eres el que fuiste.
Tú no eres como a mí me conviene.
Tú no eres como quiero.
Tú eres como eres.

Aceptar eso es respetarte y no pedirte que cambies.
Hace poco empecé a definir el verdadero amor como la desinteresada tarea de crear espacio para que el otro sea quien es.

Esta primera “verdad” es el principio (en sus dos sentidos, de primero y de primordial) de toda relación adulta.
Se materializa cuando yo te acepto como tú eres y percibo que tú también me aceptas como yo soy.

II. La segunda verdad que creo imprescindible la tomo de la sabiduría sufí:

Nada que sea bueno es gratis.

Y de aquí se derivan, para mí, por lo menos dos ideas.

La primera: si deseo algo que es bueno para mí, debería saber que voy a pagar un precio por ello. Por supuesto, ese pago no siempre es en dinero (si fuera sólo en dinero, ¡sería tan fácil!). Este precio es a veces alto y otras muy pequeño, pero siempre existe. Porque nada que sea bueno es gratis.

La segunda: darme cuenta de que si algo recibo de fuera, si algo bueno me está pasando, si vivo situaciones de placer y de goce es porque me las he ganado. He pagado por ellas, me las merezco. (Sólo para alertar a los pesimistas y desalentar a los aprovechados, quiero aclarar que los pagos son siempre por anticipado: lo bueno que vivo ya lo he pagado. ¡No hay cuotas a plazos!)

Algunos de los que me escuchan decir esto pregunta:

¿Y lo malo?
¿No es cierto que lo malo tampoco es gratis?
Si me pasa algo malo, ¿es también por algo que hice? ¿Porque de alguna forma me lo merezco?

Quizá sea cierto. Sin embargo, estoy hablando de verdades para mí incuestionables, sin excepciones, universales. Y para mí la aseveración de que “me merezco todo lo que me pasa incluido lo malo” no es necesariamente cierta.
Puedo asegurar que conozco algunas personas a las que les han acontecido hechos desgraciados y dolorosos que, sin duda alguna, ¡no merecían!

Incorporar esta verdad (nada que sea bueno es gratis) es abandonar para siempre la idea infantil de que alguien debe darme algo porque sí, porque yo lo quiero. Que la vida tiene que procurarme lo que deseo “sólo porque lo deseo”, de pura suerte, mágicamente.

III. Y la tercera idea que creo que es un punto de referencia podría enunciarla de la siguiente manera:

Es cierto que nadie puede hacer todo lo que quiere, pero cualquiera puede NO hacer NUNCA lo que NO QUIERE.

Me repito a mí mismo:

Nunca hacer lo que no quiero.

Incorporar este concepto como una referencia real, es decir, vivir coherentemente con esta idea, no es fácil. Y sobre todo no es gratis. (Nada que sea bueno lo es, y eso es bueno).
Estoy diciendo que si soy un adulto, nadie puede obligarme a hacer lo que no quiero hacer. Lo máximo que puede pasarme, en todo caso, es que el precio sea mi vida. (No es que minimice ese coste, pero sigo pensando que es diferente creer que no puedo hacerlo, a saber que hacerlo me costaría la vida).
Sin embargo, en lo cotidiano, en el pasar de todos los días, los precios son mucho más bajos. En general, lo único que es necesario es incorporar la capacidad de renunciar a que algunos de los demás me aprueben, me aplaudan, me quieran. (El coste, como a mí me gusta llamarlo, es que cuando uno se atreve a decir “no” empieza a descubrir algunos aspectos desconocidos de sus amigos: la nuca, la espalda y todas esas otras partes que se ven sólo cuando el otro se va).

Estas tres verdades son para mí ideas-montaña, ideas-río, ideas-estrella.
verdades que continúan siendo ciertas a través del tiempo y de las circunstancias.
Conceptos que no son relativos a determinados momentos, sino a todos y cada uno de los instantes que, sumados, solemos llamar “nuestra vida”.


VERDADES-MONTAÑA para poder construir nuestra casa sobre una base sólida.
VERDADES-RÍO para poder calmar nuestra sed y para navegar sobre ellas en la búsqueda de nuevos horizontes.
VERDADES-ESTRELLA para poder servirnos de guía, aun en nuestras noches más oscuras...


JORGE BUCAY

INTRODUCCIÓN DE CUENTOS PARA PENSAR

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Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay


Ultima edición por isel el Sab Oct 22, 2005 10:43 pm, editado 1 vez
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isel



Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España

MensajePublicado: Sab Jul 09, 2005 8:02 pm Responder citandoVolver arriba

SIN QUERER SABER


Y si es cierto que has dejado de quererme
yo te pido,
por favor,
¡no me lo digas!

Necesito hoy
y todavía
navegar
inocente en tus mentiras...

Dormiré sonriendo
y muy tranquilo.
Me despertaré
muy temprano por la mañana.

Y volveré a hacerme a la mar,
te lo prometo...

Pero esta vez,
sin atisbo de protesta o resistencia,
naufragaré por voluntad y sin reservas
en la profunda inmensidad de tu abandono...




JORGE BUCAY

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Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay
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Loukubes



Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 724

MensajePublicado: Mie Jul 13, 2005 9:56 pm Responder citandoVolver arriba

Gracias Isel,voy a poner este cuento y espero chicas q abrais las alas y voleis....

LAS ALAS SON PARA VOLAR


Cuando se hizo mayor, su padre le dijo: "Hijo mío:no todos nacemos con alas.Si bien es cierto que no tienes obligación de volar,creo que sería una pena que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado".
-Pero yo no sé volar-contestó el hijo.
-Es verdad...-dijo el padre.Y,caminado,lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña.
-¿Ves,hijo?Este es el vacío.Cuando quieras volar vas a venir aquí,vas a tomar aire,vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas,volarás.
El hijo dudó.
-¿Y si me caigo?
-Aunque te caigas,no morirás.Sólo te harás algunos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento-contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo a ver a sus amigos,a sus compañeros,aquellos con los que había caminado toda su vida.
Los más estrechos de mente le dijeron:"¿Estás loco?¿Para qué? Tu padre está medio loco...¿Para qué necesitas volar? ¿Por qué no te dejas de tonterías? ¿Quién necesita volar?".
Los mejores amigos le aconsejaron:"¿Y si fuera cierto? ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio?Prueba a tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol.Pero...¿desde la cima?".
El joven escuchó el consejo de quieens le querían .Subió a la copa de un árbol y ,llenándose de coraje,saltó.Desplegó las alas,las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero,desgraciadamente,se precipitó a tierra.
Con un gran chichón en la frente ,se cruzo con su padre.
-¡Me mentiste! No puedo volar.Lo he probado y ¡mira el golpe que me he dado! No soy como tú.Mis alas sólo son de adorno.
-Hijo mío-dijo el padre-.Para volar ,hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en paracaídas:necesitas cierta altura antes de saltar.
Para volar hay que comenzar asumiendo riesgos.
Si no quieres,lo mejor quizá sea resignarse y seguir caminando para siempre.

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Anamcara



Registrado: 24 Jul 2005
Mensajes: 9
Ubicación: Argentina

MensajePublicado: Dom Ago 14, 2005 11:21 pm Responder citandoVolver arriba

Bueno, bueno , bueno, a mi juego me llamaron.... Bucay fue la persona que abrió mi corazón para poder comenzar a escribir.... Aquí en Argentina solía tener un programa de televisión y me volví fanática de él.... El último libro Shymriti será mi próxima compra... GRACIAS ISEL POR ESCRIBIR ESTO!

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" En el arte como en la vida pregunta siempre: "¿qué más hay ahí?".Debe haber algo más. Y aun si no lo encuentras, por lo menos, buscarlo es un buen ejercicio" VM citando a Miles Davis.
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isel



Registrado: 07 Jul 2005
Mensajes: 987
Ubicación: España

MensajePublicado: Mie Sep 28, 2005 11:54 pm Responder citandoVolver arriba

mmmmmmmmmmmmm Cool (No hay de qué, es un placer)


DARSE CUENTA


De "Cuentos para pensar"


Este cuento está inspirado en un poema de un monge tibetano, Rimpoche, y que rescribí según mi propia manera de decir, para mostrar una característica mas de nosotros, los humanos.


Me levanto una mañana,
salgo de mi casa,
hay un pozo en la vereda,
no lo veo,
y me caigo en él.

Día siguiente...
salgo de mi casa,
me olvido que hay un pozo en la vereda,
y vuelvo a caer en él.

Tercer día,
salgo de mi casa trantando de acordarme
que hay un pozo en la vereda,
sin embargo,
no lo recuerdo,
y caigo en él.

Cuarto día,
salgo de mi casa tratando de acordarme
del pozo en la vereda,
lo recuerdo,
y no veo el pozo
y caigo en él.

Quinto día,
salgo de mi casa,
recuerdo que tengo que tener presente
el pozo en la vereda
y camino mirando el piso,
y lo veo
y a pesar de verlo,
caigo en él.

Sexto día,
salgo de mi casa,
recuerdo el pozo en la vereda,
voy buscándolo con la vista,
lo veo,
intento saltarlo,
y caigo en él.

Séptimo día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
salto, rozo con las puntas de mis pies el borde del otro lado,
pero no es suficiente y, caigo en él.

Octavo día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
salto,
¡llego al otro lado!

Me siento tan orgulloso de haberlo conseguido,
que festejo dando saltos de alegría...
Y al hacerlo, caigo otra vez en el pozo.

Noveno día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
salto,
y sigo mi camino.

Décimo día,
me doy cuenta
recién hoy
que es más cómodo
caminar...
por la vereda de enfrente.


Jorge Bucay


Ciertamente... son cuentos para pensar Rolling Eyes

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MensajePublicado: Jue Sep 29, 2005 12:01 am Responder citandoVolver arriba

otro:

LA TRISTEZA Y LA FURIA


En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta. En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas...

Había una vez un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...

Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.

Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque. La furia, apurada, como siempre esta la furia, urgida, sin saber por qué, se bañó rápidamente y mas rápidamente aún, salió del agua...

Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró...

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...

Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro, o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo, con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza.


Idea Idea Idea Idea

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MensajePublicado: Lun Oct 10, 2005 11:22 pm Responder citandoVolver arriba

He encontrado una página en la que se pueden descargar libros para lectura de Jorge Bucay:

http://www.elmistico.com.ar/descarga/index.htm

aunque eso de perlas del esoterismo... no sé... no lo encuadro muy bien Rolling Eyes

De todas formas, si vais a Principal, a la izquierda hay una lista de personajes bastante interesante para bucear, Idea lo mismo que en Poetas.

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Registrado: 07 Jul 2005
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MensajePublicado: Mar Oct 11, 2005 6:54 pm Responder citandoVolver arriba

Gracias me he descargado los q nos has pasado y me estoy leyendo camino del encuentro.Mañana mismo me lo voy a comprar,de lo q he leido hasta ahora resaltaria esto....

Si alguien habla del amor es un inmaduro, si dice que es feliz es un ingenuo o un frívolo, si es generoso es sospechoso, si es confiado es un tonto y si es optimista es un idiota.

Como avance más ya os contare cosas.Es realemente interesante y no se si a vosotras os pasara igual pero a mi me ayudo mucho el camino de lagrimas.Espero con este tener igual fortuna.

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Registrado: 07 Jul 2005
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MensajePublicado: Mar Ene 30, 2007 9:02 pm Responder citandoVolver arriba

De "Déjame que te cuente", éstos dos capítulos, con sus cuentos, me ayudaron mucho. Hablan de la culpa:



EL CRUCE DEL RÍO

—¡Tengo una bronca!...
—¿Qué te pasa?
—Y,... que de aquí, tengo que ir a la casa de un compañero a llevarle unos apuntes que necesita... y vive en Merlo.
—Mira, Demi...
—Sí, ya sé –lo interrumpí— me vas a decir que yo no “tengo que” nada, que lo hago porque yo quiero, que yo lo elijo y todo eso... ya lo sé.
—Seguro, tú lo eliges.
—Sí, lo elijo. Pero siento que es mi obligación.
—Muy bien. Yo no cuestiono que tú te sientas obligado, ni cuestiono por qué te sientes obligado. Lo que cuestiono, en todo caso, es que tú ni sepas por qué te sientes obligado.
—Yo sé por qué me siento obligado: Juan es un tipo fenómeno y cada vez que yo necesité algo, él estuvo ahí para ayudarme. A mí me parece que no me puedo negar.
—Mira, poder puedes. En todo caso, lo que sucede es que...
—... es que me preocupa qué pensaría Juan de mí...
—No, peor. Te preocupa qué pensarías tú de ti.
—¿Yo?... Me sentiría una basura.
—Independientemente de lo que fueras o no (si no le llevaras los apuntes), ¿no te estás sintiendo ya una basura por el sólo hecho de tener bronca de ir?
—Sí, supongo que sí.
—Aquí está el problema de los sentimientos de culpa, ¿ves? La humanidad sufre y se caga la vida porque doce horas por día se siente culpable de ser como es. —...Y las otras 12 horas le caga la vida a otro diciéndole qué hay que hacer.
—¡Ah! Ahora sí que ya no sé nada.
—Quizás sea lo mejor. Quizás sin saber nada, haya más para aprender.
Estos momentos en que Jorge se ponía a mitad de camino entre filosófico e irónico, y yo no sabía si me lo decía a mí o estaba meditando en mi presencia sobre el futuro de la humanidad, estos momentos, eran los más duros de soportar.
Lo hiciera por lo que lo hiciera: por él, por mí o por la ciencia, lo cierto es que aun sabiendo que más tarde todo esto me serviría, yo sentía que me quería ir. No quería más: ni terapia, ni crecimiento, ni nada. Me quería ir...
Lo único que me retenía era el recuerdo de que alguna vez lo hice y al final todo había resultado peor, me llevé la confusión conmigo y no pude hacer nada más hasta no terminar con ella.
Este cuento no me lo contó ese día, pero en cada uno de esos momentos venía a mi memoria, para recordarme la importancia de no dejar las cosas por la mitad y de los peligros de ocupar espacios en la cabeza con esas cosas no resueltas.

Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río, una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.
—¿Qué te sucede? –le preguntó el más anciano.
—Mi madre se muere. Ella está sola en su casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar. Lo intenté –siguió la joven— pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora... ahora que aparecisteis vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar...
—Ojalá pudiéramos –se lamentó el más joven—. Pero la única manera de ayudarte, sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Eso está prohibido... lo siento.
—Yo también lo siento –dijo la mujer y siguió llorando.
El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:
—Sube.
La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito de ropa y montó a horcajadas sobre el monje.
Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven.
Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de besar las manos del anciano monje..—Está bien, está bien –dijo el viejo retirando las manos— , sigue tu camino.
La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomó sus ropas y corrió por el camino al pueblo.
Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio.
...Faltaban aún diez horas de caminata.
Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:
—Maestro, tú sabes mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del río.
—Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que la cargas todavía sobre los hombros?

REGALOS PARA EL MAHARAJÁ

—Mira, Demián, sería fantástico que le llevaras los apuntes a tu amigo, sería ideal que además sintieras placer al hacerlo, sería razonable que lo hicieras sin emoción alguna, pero ¿sintiendo bronca?... Yo no creo que Juan pueda aprobar esa materia estudiando por esos apuntes!
—¿Eso qué tiene que ver?
—Nada, es una broma, pensaba en las “malas ondas” como dicen ustedes.
—No sé qué hinchas tanto, si yo ya dije que los iba a llevar.
—Hincho para que sepas cómo llegas a estas situaciones. ¿Te cuento un cuento?

Una vez un maharajá, que tenía fama de ser muy sabio, cumplía 100 años. El acontecimiento fue recibido con gran alegría, ya que todos querían mucho al gobernante. En el palacio se organizó una gran fiesta para esa noche y se invitaron a poderosos señores del reino y de otros países.
El día llegó y una montaña de regalos se amontonó en la entrada del salón, donde el maharajá iba a saludar a sus invitados.
Durante la cena, el maharajá pidió a sus sirvientes que separaran los regalos en dos grupos: los que tenían remitente y los que no se sabía quién los había enviado.
A los postres, el rey mandó traer todos los regalos en sus dos montañas. Una de cientos de grandes y costosos regalos y otra más pequeña, de una decena de presentes.
El maharajá comenzó a tomar regalo por regalo de la primera montaña y fue llamando a los que habían enviado los regalos. A cada uno lo hacía subir al trono y le decía:
—Te agradezco tu regalo, te lo devuelvo y estamos como antes –y le devolvía el regalo, no importaba cuál fuera..Cuando terminó con esa pila, se acercó a la otra montaña de regalos y dijo:
—Estos regalos no tienen remitente. A estos sí los voy a aceptar, porque estos no me obligan y a mi edad, no es bueno contraer deudas.

—Cada vez que recibes algo, Demián, puede estar en tu ánimo o en el del otro, transformar este dar en una deuda. Si fuera así, sería mejor no recibir nada.
Pero si eres capaz de dar sin esperar pagos y de recibir sin sentir obligaciones, entonces puedes dar o no, recibir o no, pero nunca más quedarás endeudado. Y lo más importante, nunca más nadie dejará de pagarte lo que te debe, porque nunca más nadie te deberá nada.
Cuando Jorge terminó de hablar, la bronca había desaparecido.
Me di cuenta de que no tenía obligación de llevarle los apuntes.
Me di cuenta de que lo que él me había ayudado, fue hecho con sus ganas. Y aún más: si lo había hecho como una manera de dejarme deudor, era un turro y entonces yo no quería hacerle favores.
No debía pues nada y podía hacer lo que quisiera.
Así que le di un beso a Jorge y me fui a llevarle los apuntes a Juan

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Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay
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Asunción



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MensajePublicado: Mie Ene 31, 2007 11:47 am Responder citandoVolver arriba

Gracias por el cuento, Isel.

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"La vida es un continuo riesgo...vivir es exponerse. (...). A pesar de todos los males y todas las desgracias, siempre buscamos querer y ser queridos".
La llama doble- Octavio Paz.
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isel



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MensajePublicado: Mar Feb 27, 2007 11:26 pm Responder citandoVolver arriba

Este es un libro entero de Jorge Bucay. Entiendo que no lo leáis todo, pero se pueden extraer párrafos y cuentos para reflexionar en una tarde tranquila (o leerlo despacio después de imprimirlo)

EL CAMINO DE LA AUTODEPENDENCIA
Jorge Bucay


Hojas de ruta

Seguramente hay un rumbo
posiblemente
y de muchas maneras
personal y único.

Posiblemente haya un rumbo
seguramente
y de muchas maneras
el mismo para todos.

Hay un rumbo seguro
y de alguna manera posible.


De manera que habrá que encontrar ese rumbo y empezar a recorrerlo. Y posiblemente habrá que arrancar solo y sorprenderse al encontrar, más adelante en el camino, a todos los que seguramente van en la misma dirección.
Este rumbo último, solitario, personal y definitivo, sería bueno no olvidarlo, es nuestro puente hacia los demás, el único punto de conexión que nos une irremediablemente al mundo de lo que es.
Llamemos al destino final como cada uno quiera: felicidad, autorrealización, elevación, iluminación, darse cuenta, paz, éxito, cima, o simplemente final... lo mismo da. Todos sabemos que arribar con bien allí es nuestro desafío.
Habrá quienes se pierdan en el trayecto y se condenen a llegar un poco tarde y habrá también quienes encuentren un atajo y se transformen en expertos guías para los demás.
Algunos de estos guías me han enseñado que hay muchas formas de llegar, infinitos accesos, miles de maneras, decenas de rutas que nos llevan por el rumbo correcto. Caminos que transitaremos uno por uno.
Sin embargo, hay algunos caminos que forman parte de todas las rutas trazadas.
Caminos que no se pueden esquivar.
Caminos que habrá que recorrer si uno pretende seguir.
Caminos donde aprenderemos lo que es imprescindible saber para acceder al último tramo.

Para mí estos caminos inevitables son cuatro:

1 / El camino del encuentro definitivo con uno mismo, que yo llamo
El camino de la Autodependencia.

2 / El camino del encuentro con el otro, del amor y del sexo, que llamo
El camino del Encuentro.

3 / El camino de las pérdidas y de los duelos, que llamo
El camino de las Lágrimas.

4 / Y el camino de la completud y de la búsqueda del sentido, que llamo
El camino de la Felicidad.

A lo largo de mi propio viaje he vivido consultando los apuntes que otros dejaron de sus viajes y he usado parte de mi tiempo en trazar mis propios mapas del recorrido.
Mis mapas de estos cuatro caminos se constituyeron en estos años en hojas de ruta que me ayudaron a retomar el rumbo cada vez que me perdía.
Quizás estas Hojas de Ruta puedan servir a algunos de los que, como yo, suelen perder el rumbo, y quizás, también, a aquellos que sean capaces de encontrar atajos. De todas maneras, el mapa nunca es el territorio y habrá que ir corrigiendo el recorrido cada vez que nuestra propia experiencia encuentre un error del cartógrafo. Sólo así llegaremos a la cima.
Ojalá nos encontremos allí.
Querrá decir que ustedes han llegado.
Querrá decir que lo conseguí también yo.
JORGE BUCAY


La Alegoría del Carruaje

Un día de octubre, una voz familiar en el teléfono me dice:
—Salí a la calle que hay un regalo para vos.
Entusiasmado, salgo a la vereda y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo justo frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy “chic”. Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular forrado en pana bordó y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta que todo está diseñado exclusivamente para mí, está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo... todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.
Entonces miro por la ventana y veo “el paisaje”: de un lado el frente de mi casa, del otro el frente de la casa de mi vecino... y digo: “¡Qué bárbaro este regalo! Qué bien, qué lindo...” Y me quedo un rato disfrutando de esa sensación.
Al rato empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.
Me pregunto: “¿Cuánto tiempo uno puede ver las mismas cosas?” Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.
De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino que me dice, como adivinándome:
—¿No te das cuenta que a este carruaje le falta algo?
Yo pongo cara de qué-le-falta mientras miro las alfombras y los tapizados.
—Le faltan los caballos —me dice antes que llegue a preguntarle.
Por eso veo siempre lo mismo —pienso—, por eso me parece aburrido...
—Cierto —digo yo.
Entonces voy hasta el corralón de la estación y le ato dos caballos al carruaje. Me subo otra vez y desde adentro grito:
—¡¡Eaaaaa!!
El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.
Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el carruaje y a ver el comienzo de una rajadura en uno de los laterales.
Son los caballos que me conducen por caminos terribles; agarran todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.
Me doy cuenta que yo no tengo ningún control de na-da; los caballos me arrastran a donde ellos quieren.
Al principio, ese derrotero era muy lindo, pero al final siento que es muy peligroso.
Comienzo a asustarme y a darme cuenta que esto tampoco sirve.
En ese momento, veo a mi vecino que pasa por ahí cerca, en su auto. Lo insulto:
—¡Qué me hizo!
Me grita:
—¡Te falta el cochero!
—¡Ah! —digo yo.
Con gran dificultad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar a un cochero. A los pocos días asume funciones. Es un hombre formal y circunspecto con cara de poco humor y mucho conocimiento.
Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron.
Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero adónde quiero ir.
Él conduce, él controla la situación, él decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.
Yo... Yo disfruto del viaje.


Esta pequeña alegoría debería servirnos para entender el concepto holístico del ser.
Hemos nacido, salido de nuestra “casa” y nos hemos encontrado con un regalo: nuestro cuerpo. Un carruaje diseñado especialmente para cada uno de nosotros. Un vehículo capaz de adaptarse a los cambios con el paso del tiempo, pero que será el mismo durante todo el viaje.
A poco de nacer, nuestro cuerpo registró un deseo, una necesidad, un requerimiento instintivo, y se movió. Este carruaje —el cuerpo— no serviría para nada si no tuviese caballos; ellos son los deseos, las necesidades, las pulsiones y los afectos.
Todo va bien durante un tiempo, pero en algún momento empezamos a darnos cuenta que estos deseos nos llevaban por caminos un poco arriesgados y a veces peligrosos, y entonces tenemos necesidad de sofrenarlos. Aquí es cuando aparece la figura del cochero: nuestra cabeza, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente. Ese cochero manejará nuestro mejor tránsito.
Hay que saber que cada uno de nosotros es por lo menos los tres personajes que intervienen allí.
Vos sos el carruaje, sos los caballos y sos el cochero durante todo el camino, que es tu propia vida.
La armonía deberás construirla con todas estas partes, cuidando de no dejar de ocuparte de ninguno de estos tres protagonistas.
Dejar que tu cuerpo sea llevado sólo por tus impulsos, tus afectos o tus pasiones puede ser y es sumamente peligroso. Es decir, necesitás de tu cabeza para ejercer cierto orden en tu vida.
El cochero sirve para evaluar el camino, la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son tus caballos. No permitas que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque... ¿qué harías sin los caballos? ¿Qué sería de vos si fueras solamente cuerpo y cerebro? Si no tuvieras ningún deseo, ¿cómo sería la vida? Sería como la de esa gente que va por el mundo sin contacto con sus emociones, dejando que solamente su cerebro empuje el carruaje.
Obviamente, tampoco podés descuidar el carruaje, porque tiene que durar todo el trayecto. Y esto implicará reparar, cuidar, afinar lo que sea necesario para su mantenimiento. Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe, y si se rompe se acabó el viaje.
Recién cuando puedo incorporar esto, cuando sé que soy mi cuerpo, mi dolor de cabeza y mi sensación de apetito,
que soy mis ganas y mis deseos y mis instintos; que soy además mis reflexiones y mi mente pensante y mis experiencias... Recién en ese momento estoy en condiciones de empezar, equipado, este camino, que es el que hoy decido para mí.

CAPÍTULO 1. SITUACIÓN

Dice Hamlet Lima Quintana:

Todo depende de la luz,
de la manera de iluminar las cosas...
Todo depende de la forma,
de los contornos,
de las interpolaciones y
de las dudas.
Todo también depende
de que el tiempo nos marque,
de que los espacios nos den los titulares.
El verdadero problema es elegir entre
perseguir las sombras
o resignarse a ser el perseguido.
Un extraño “To be or not to be”
en este casi ser
en este casi no ser.
Salir desde las sombras
o hacer las sombras perdurables.
Y en la última etapa del abismo
después de liberar a los otros,
a todos los que son los otros,
recordar,
sin urgencias,
que uno es el preso.
Y a partir de allí...
liberarse
.

Para entender la dependencia, vale la pena empezar a pensarnos de alguna manera liberados y de muchas maneras prisioneros. En este “casi ser y casi no ser” que evoca el poeta, pensarnos desde la pregunta: ¿Qué sentido y qué importancia le dará cada uno de nosotros al hecho de depender o no de otros?

Retomo aquí el lugar donde una vez abandoné una idea, que definí con una palabra inventada: Autodependencia.
¿No había ya suficientes palabras que incluyeran la misma raíz?

Dependencia
Co-dependencia
Inter-dependencia
In-dependencia

¿Hacía falta una más?
Creo que sí.

La palabra dependiente deriva de pendiente, que quiere decir literalmente que cuelga (de pendere), que está suspendido desde arriba, sin base, en el aire.
Pendiente significa también incompleto, inconcluso, sin resolver. Si es masculino designa un adorno, una alhaja que se lleva colgando como decoración. Si es femenino define una inclinación, una cuesta hacia abajo presumiblemente empinada y peligrosa.

Con todos estos significados y derivaciones no es raro que la palabra de-pendencia evoque en nosotros estas imágenes que usamos como definición:

Dependiente es aquel que se cuelga de otro, que vive como suspendido en el aire, sin base, como si fuera un adorno que ese otro lleva. Es alguien que está cuesta abajo, permanentemente incompleto, eternamente sin resolución.

Había una vez un hombre que padecía de un miedo absurdo, temía perderse entre los demás. Todo empezó una noche, en una fiesta de disfraces, cuando él era muy joven. Alguien había sacado una foto en la que aparecían en hilera todos los invitados. Pero al verla, él no se había podido reconocer. El hombre había elegido un disfraz de pirata, con un parche en el ojo y un pañuelo en la cabeza, pero muchos habían ido disfrazados de un modo similar. Su maquillaje consistía en un fuerte rubor en las mejillas y un poco de tizne simulando un bigote, pero disfraces que incluyeran bigotes y mofletes pintados había unos cuantos. Él se había divertido mucho en la fiesta, pero en la foto todos parecían estar muy divertidos. Finalmente recordó que al momento de la foto él estaba del brazo de una rubia, entonces intentó ubicarla por esa referencia; pero fue inútil: más de la mitad de las mujeres eran rubias y no pocas se mostraban en la foto del brazo de piratas.
El hombre quedó muy impactado por esta vivencia y, a causa de ello, durante años no asistió a ninguna reunión por temor a perderse de nuevo.
Pero un día se le ocurrió una solución: cualquiera fuera el evento, a partir de entonces, él se vestiría siempre de marrón. Camisa marrón, pantalón marrón, saco marrón, medias y zapatos marrones. “Si alguien saca una foto, siempre podré saber que el de marrón soy yo”, se dijo.
Con el paso del tiempo, nuestro héroe tuvo cientos de oportunidades para confirmar su astucia: al toparse con los espejos de las grandes tiendas, viéndose reflejado junto a otros que caminaban por allí, se repetía tranquilizador: “Yo soy el hombre de marrón”.
Durante el invierno que siguió, unos amigos le regalaron un pase para disfrutar de una tarde en una sala de baños de vapor. El hombre aceptó gustoso; nunca había estado en un sitio como ése y había escuchado de boca de sus amigos las ventajas de la ducha escocesa, del baño finlandés y del sauna aromático.
Llegó al lugar, le dieron dos toallones y lo invitaron a entrar en un pequeño box para desvestirse. El hombre se quitó el saco, el pantalón, el pullover, la camisa, los zapatos, las medias... y cuando estaba a punto de quitarse los calzoncillos, se miró al espejo y se paralizó. “Si me quito la última prenda, quedaré desnudo como los demás”, pensó. “¿Y si me pierdo? ¿Cómo podré identificarme si no cuento con esta referencia que tanto me ha servido?”
Durante más de un cuarto de hora se quedó en el box con su ropa interior puesta, dudando y pensando si debía irse... Y entonces se dio cuenta que, si bien no podía permanecer vestido, probablemente pudiera mantener alguna señal de identificación. Con mucho cuidado quitó una hebra del pulóver que traía y se la ató al dedo mayor de su pie derecho. “Debo recordar esto por si me pierdo: el que tiene la hebra marrón en el dedo soy yo”, se dijo.
Sereno ahora, con su credencial, se dedicó a disfrutar del vapor, los baños y un poco de natación, sin notar que entre idas y zambullidas la lana resbaló de su dedo y quedó flotando en el agua de la piscina. Otro hombre que nadaba cerca, al ver la hebra en el agua le comentó a su amigo: “Qué casualidad, éste es el color que siempre quiero describirle a mi esposa para que me teja una bufanda; me voy a llevar la hebra para que busque la lana del mismo color”. Y tomando la hebra que flotaba en el agua, viendo que no tenía dónde guardarla, se le ocurrió atársela en el dedo mayor del pie derecho.
Mientras tanto, el protagonista de esta historia había terminado de probar todas las opciones y llegaba a su box para vestirse. Entró confiado, pero al terminar de secarse, cuando se miró en el espejo, con horror advirtió que estaba totalmente desnudo y que no tenía la hebra en el pie. “Me perdí”, se dijo temblando, y salió a recorrer el lugar en busca de la hebra marrón que lo identificaba. Pocos minutos después, observando detenidamente en el piso, se encontró con el pie del otro hombre que llevaba el trozo de lana marrón en su dedo. Tímidamente se acercó a él y le dijo: “Disculpe señor. Yo sé quién es usted, ¿me podría decir quién soy yo?”

Y aunque no lleguemos al extremo de depender de otros para que nos digan quiénes somos, estaremos cerca si renunciamos a nuestros ojos y nos vemos solamente a través de los ojos de los demás. Depender significa literalmente entregarme voluntariamente a que otro me lleve y me traiga, a que otro arrastre mi conducta según su voluntad y no según la mía. La dependencia es para mí una instancia siempre oscura y enfermiza, una alternativa que, aunque quiera ser justificada por miles de argumentos, termina conduciendo irremediablemente a la imbecilidad.


La palabra imbécil/[i] la heredamos de los griegos (im: con, báculo: bastón), quienes la usaban para llamar a aquellos que vivían apoyándose sobre los demás, los que dependían de alguien para poder caminar.
Y no estoy hablando de individuos transitoriamente en crisis, de heridos y enfermos, de discapacitados genuinos, de débiles mentales, de niños ni de jóvenes inmaduros. Éstos viven, con toda seguridad, dependientes, y no hay nada de malo ni de terrible en esto, porque naturalmente no tienen la capacidad ni la posibilidad de dejar de serlo.
Pero aquellos adultos sanos que sigan eligiendo depender de otros se volverán, con el tiempo, imbéciles sin retorno. Muchos de ellos han sido educados para serlo, porque hay padres que liberan y padres que imbecilizan.
Hay padres que invitan a los hijos a elegir devolviéndoles la responsabilidad sobre sus vidas a medida que crecen, y también padres que prefieren estar siempre cerca “Para ayudar”, “Por si acaso”, “Porque él (cuarenta y dos años) es tan ingenuo” y “Porque ¿para qué está la plata que hemos ganado si no es para ayudar a nuestros hijos?”.
Esos padres morirán algún día y esos hijos van a terminar intentando usarnos a nosotros como el bastón sustituyente.
No puedo justificar la dependencia porque no quiero avalar la imbecilidad.

Siguiendo el análisis propuesto por Fernando Savater, existen distintas clases de imbéciles.

Los imbéciles intelectuales, que son aquellos que creen que no les da la cabeza (o temen que se les gaste si la usan) y entonces le preguntan al otro: ¿Cómo soy? ¿Qué tengo que hacer? ¿Adónde tengo que ir? Y cuando tienen que tomar una decisión van por el mundo preguntando: “Vos ¿qué harías en mi lugar?”. Ante cada acción construyen un equipo de asesores para que piense por ellos. Como en verdad creen que no pueden pensar, depositan su capacidad de pensar en los otros, lo cual es bastante inquietante. El gran peligro es que a veces son confundidos con la gente genuinamente considerada y amable, y pueden terminar, por confluyentes, siendo muy populares. (Quizás deba dejar aquí una sola advertencia: Jamás los votes.)

Los imbéciles afectivos son aquellos que dependen todo el tiempo de que alguien les diga que los quiere, que los ama, que son lindos, que son buenos.
Son protagonistas de diálogos famosos:

[i]—¿Me querés?
—Sí, te quiero...
—¿Te molestó?
—¿Qué cosa?
—Mi pregunta.
—No, ¿por qué me iba a molestar?
—Ah... ¿Me seguís queriendo?


(¡Para pegarle!)

Un imbécil afectivo está permanentemente a la búsqueda de otro que le repita que nunca, nunca, nunca lo va a dejar de querer. Todos sentimos el deseo normal de ser queridos por la persona que amamos, pero otra cosa es vivir para confirmarlo.

Los varones tenemos más tendencia a la imbecilidad afectiva que las mujeres. Ellas, cuando son imbéciles, tienden a serlo en hechos prácticos, no afectivos.
Tomemos mil matrimonios separados hace tres meses y observemos su evolución. El 95% de los hombres está con otra mujer, conviviendo o casi. Si hablamos con ellos dirán:
—No podía soportar llegar a mi casa y encontrar las luces apagadas y nadie esperando. No aguantaba pasar los fines de semana solo.
El 99% de las mujeres sigue viviendo sola o con sus hijos. Hablamos con ellas y dicen:
—Una vez que resolví cómo hacer para arreglar la canilla y que acomodé el tema económico, para qué quiero tener un hombre en mi casa, ¿para que me diga “traéme las pantuflas, mi amor”? De ninguna manera.
Ellas encontrarán pareja o no la encontrarán, desearán, añorarán y querrán encontrar a alguien con quien compartir algunas cosas, pero muy difícilmente acepten a cualquiera para no sentir la desesperación de “la luz apagada”. Eso es patrimonio masculino.

Y por último...
Los imbéciles morales, sin duda los más peligrosos de todos. Son los que necesitan permanentemente aprobación del afuera para tomar sus decisiones.
El imbécil moral es alguien que necesita de otro para que le diga si lo que hace está bien o mal, alguien que todo el tiempo está pendiente de si lo que quiere hacer corresponde o no corresponde, si es o no lo que el otro o la mayoría harían. Son aquellos que se la pasan haciendo encuestas sobre si tienen o no tienen que cambiar el auto, si les conviene o no comprarse una nueva casa, si es o no el momento adecuado para tener un hijo.
Defenderse de su acoso es bastante difícil; se puede probar no contestando a sus demandas sobre, por ejemplo, cómo se debe doblar el papel higiénico; sin embargo, creo que mejor es... huir.

Cuando alguno de estos modelos de dependencia se agudiza y se deposita en una sola persona del entorno, el individuo puede llegar a creer sinceramente que no podría subsistir sin el otro. Por lo tanto, empieza a condicionar cada conducta a ese vínculo patológico al que siente a la vez como su salvación y su calvario. Todo lo que hace está inspirado, dirigido, producido o dedicado a halagar, enojar, seducir, premiar o castigar a aquel de quien depende.
Este tipo de imbéciles son los individuos que modernamente la psicología llama codependientes.
Un codependiente es un individuo que padece una enfermedad similar a cualquier adicción, diferenciada sólo por el hecho (en realidad menor) de que su “droga” es un determinado tipo de personas o una persona en particular.
Exactamente igual que cualquier otro síndrome adictivo, el codependiente es portador de una personalidad proclive a las adicciones y puede, llegado el caso, realizar actos casi (o francamente) irracionales para proveerse “la droga”. Y como sucede con la mayoría de las adicciones, si se viera bruscamente privado de ella podría caer en un cuadro, a veces gravísimo, de abstinencia.
La codependencia es el grado superlativo de la dependencia enfermiza. La adicción queda escondida detrás de la valoración amorosa y la conducta dependiente se incrusta en la personalidad como la idea: “No puedo vivir sin vos”.

Siempre alguien argumenta:
—...Pero, si yo amo a alguien, y lo amo con todo mi corazón, ¿no es cierto acaso que no puedo vivir sin él?
Y yo siempre contesto:
—No, la verdad que no.

La verdad es que siempre puedo vivir sin el otro, siempre, y hay dos personas que deberían saberlo: yo y el otro. Me parece horrible que alguien piense que yo no puedo vivir sin él y crea que si decide irse me muero... Me aterra la idea de convivir con alguien que crea que soy imprescindible en su vida.
Estos pensamientos son siempre de una manipulación y una exigencia siniestras.

El amor siempre es positivo y maravilloso, nunca es negativo, pero puede ser la excusa que yo utilizo para volverme adicto.
Por eso suelo decir que el codependiente no ama; él necesita, él reclama, él depende, pero no ama.

Sería bueno empezar a deshacernos de nuestras adicciones a las personas, abandonar estos espacios de dependencia y ayudar al otro a que supere los propios.
Me encantaría que la gente que yo quiero me quiera; pero si esa gente no me quiere, me encantaría que me lo diga y se vaya (o que no me lo diga pero que se vaya). Porque no quiero estar al lado de quien no quiere estar conmigo...
Es muy doloroso. Pero siempre será mejor que si te quedaras engañándome.

Dice Antonio Porchia en su libro Voces:
“Han dejado de engañarte, no de quererte, y sufres como si hubiesen dejado de quererte”.
Claro, a todos nos gustaría evitar la odiosa frustración de no ser queridos. A veces, para lograrlo, nos volvemos neuróticamente manipuladores: Manejo la situación para poder engañarme y creer que me seguís queriendo, que seguís siendo mi punto de apoyo, mi bastón.
Y empiezo a descender. Me voy metiendo en un pozo cada vez más oscuro buscando la iluminación del encuentro.
El primer peldaño es intentar transformarme en una necesidad para vos.
Me vuelvo tu proveedor selectivo: te doy todo lo que quieras, trato de complacerte, me pongo a tu disposición para cualquier cosa que necesites, intento que dependas de mí. Trato de generar una relación adictiva, reemplazo mi deseo de ser querido por el de ser necesitado. Porque ser necesitado se parece tanto a veces a ser querido... Si me necesitás, me llamás, me pedís, me delegás tus cosas y hasta puedo creer que me estás queriendo.

Pero a veces, a pesar de todo lo que hago para que me necesites,
vos no parecés necesitarme. ¿Qué hago? Bajo un escalón más.
Intento que me tengas lástima...
Porque la lástima también se parece un poco a ser querido...
Así, si me hago la víctima (Yo que te quiero tanto... y vos que no me querés...), quizás...

Este camino se transita demasiado frecuentemente. De hecho,
de alguna manera todos hemos pasado por este jueguito. Quizá no tan insistentemente como para dar lástima, pero quién no dijo:
“¡Cómo me hacés esto a mí!”
“Yo no esperaba esto de vos, estoy tan defraudado... estoy tan dolorido...”
“No me importa si vos no me querés... yo sí te quiero”.


Pero la bajada continúa...
¿Y si no consigo que te apiades de mí? ¿Qué hago? ¿Soporto tu indiferencia?...
¡Jamás!
Si llegué hasta aquí, por lo menos voy a tratar de conseguir que me odies.

A veces uno se saltea alguna etapa... baja dos escalones al mismo tiempo y salta de la búsqueda de volverse necesario directamente al odio, sin solución de continuidad. Porque, en verdad, lo que no soporta es la indiferencia.

Y sucede que uno se topa con gente mala, tan mala que...¡ni
siquiera quiere odiarnos! Qué malas personas, ¿verdad?
Quiero que aunque sea me odies y no lo consigo.
Entonces... Estoy casi en el fondo del pozo. ¿Qué hago?
Dado que dependo de vos y de tu mirada, haría cualquier cosa para no tener que soportar tu indiferencia. Y muchas veces bajo el último peldaño para poder tenerte pendiente:
Trato de que me tengas miedo.
Miedo de lo que puedo llegar a hacer o hacerme (fantaseando dejarte culpable y pensándome...)
Podríamos imaginar a Glenn Close diciéndole a Michael Douglas en la película “Atracción fatal”:
—Si no pude conseguir sentirme querida ni necesitada, si te negaste a tenerme lástima y ocuparte de mí por piedad, si ni siquiera conseguí que me odies, ahora vas a tener que notar mi presencia, quieras o no, porque a partir de ahora voy a tratar de que me temas

Cuando la búsqueda de tu mirada se transforma en dependencia, el amor se transforma en una lucha por el poder. Caemos en la tentación de ponernos al ser-vicio del otro, de manipular un poco su lástima, de darle bronca y hasta de amenazarlo con el abandono, con el maltrato o con nuestro propio sufrimiento...

Volveremos a hablar de este tema cuando lleguemos a El camino del encuentro, pero me parece importante dejar escrito aquí que, sin importar la gravedad de este cuadro, sucede con él lo mismo que con las restantes adicciones:
Tomando como única condición el deseo sincero de superar la adicción, la codependencia se trata y se cura.

La propuesta es:

Abandonar TODA dependencia

Ésta no es ninguna originalidad, todos los colegas, maestros, gurúes y filósofos del mundo hablan de esto. El problema es: ¿Hacia dónde abandonarla?

Los colegas han encontrado una solución, la INTERdependencia. En la interdependencia yo dependo de vos y vos dependés de mí.
Esta solución es, como mínimo, desagradable. Y de máxima, una elección del mal menor, una especie de terapia de sustitución. No me gusta cómo “soluciona” la interdependencia. Puede ser más sana o más enfermiza, pero de todos modos es un premio consuelo, porque equivale a pensar que si bien yo dependo de vos, como vos también dependés de mí, no hay problema porque estamos juntos.

Siempre digo que los matrimonios del mundo se dividen en dos grandes grupos: aquellos donde ambos integrantes quieren haber sido elegidos una vez y para siempre, y aquellos a los que nos gusta ser elegidos todos los días, estar en una relación de pareja donde el otro siga sintiendo que te vuelve a elegir. No por las mismas razones, pero te vuelve a elegir.
La interdependencia parece generar lazos indisolubles que se sostienen porque dependo y dependés, y no desde la elección actualizada de cada uno. Porque los interdependientes son dependientes; y cuando uno depende, ya no elige más...

Así que, aparentemente, sólo queda una posibilidad:
La INdependencia.

Independencia quiere decir simplemente llegar a no depender de nadie. Y esto sería maravilloso si no fuera porque implica una mentira: nadie es independiente.
La independencia es una meta inalcanzable, un lugar utópico y virtual hacia el cual dirigirse, que no me parece mal como punto de dirección, pero que hace falta mostrar como imposible para no quedarnos en una eterna frustración.

¿Por qué es imposible la independencia?
Porque para ser independiente habría que ser autosuficiente, y nadie lo es. Nadie puede prescindir de los demás en forma permanente.
Necesitamos de los otros, irremediablemente, de muchas y diferentes maneras.

Ahora bien. Si la independencia es imposible... la codependencia es enfermiza... la interdependencia no es solución... y la dependencia no es deseable... ¿entonces qué? Entonces, yo inventé una palabra:

Autodependencia

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isel
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Hoy, desde ser este que soy, yo elijo. Soy yo el que decide. La libertad es lo único que nos hace responsables.
J. Bucay
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isel



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MensajePublicado: Mar Feb 27, 2007 11:59 pm Responder citandoVolver arriba

(sigue)



CAPÍTULO 2. ORIGEN

El bebé humano recién nacido es el ser vivo más frágil, dependiente y vulnerable que existe en la creación. Cualquier otra criatura viva, desde los unicelulares hasta los animales más avanzados, tiene una pequeña posibilidad de sobrevida cuando nace si no está la mamá o el papá para hacerse cargo.
Desde los insectos, que son absolutamente autodependientes cuando nacen, hasta los mamíferos más desarrollados, que a las pocas horas de nacer pueden ponerse en pie y buscar la teta de la propia madre o caminar hasta encontrar otra, todos tienen una posibilidad, aunque sea una en mil.
Las tortugas de mar desovan fuera del agua. Las madres recorren con enorme dificultad y torpeza doscientos metros por la playa, ponen centenares de huevos entre la arena y se van. Cuando las tortuguitas nacen, muchas se pierden intentando llegar hasta el agua, son devoradas por las aves y los reptiles o se calcinan al sol... Sólo una o dos de cada mil sobrevive.
Un bebé humano no tiene ni siquiera una posibilidad en un millón, es absolutamente dependiente.

La solución que la naturaleza encontró para resolver esta dependencia absoluta de los humanos fue crear una relación donde difícilmente los padres puedan abandonar a los hijos. El instinto o el amor (prefiero pensar en el amor) nos lleva a sentir a estos “cachorros” como parte de nosotros; dejarlos sería una mutilación, sería como decidir renunciar a una parte de nuestro propio cuerpo.
Esto protege a los bebés humanos recién nacidos del abandono de los padres y asegura que haya alguien a su cuidado.

Pero este mecanismo no sólo aporta seguridad, también genera problemas.
Cuando un hombre y una mujer deciden transformarse en una familia teniendo un hijo, están estableciendo una responsabilidad respecto de lo que sigue, pero además están generando un irremediable conflicto que deberán resolver.
Están decidiendo traer al mundo un ser vivo al que sentirán como si fuera una prolongación suya, literalmente, sabiendo a la vez que esa cría será un ser íntegro y separado del vínculo de la pareja que prepara desde su nacimiento su partida.
A los padres esto no nos resulta nada fácil. Porque nunca es fácil ser el carcelero y el libertador. No se quiere a un hijo como se quiere a los otros. Con Claudia me pasan cosas que con el resto de las personas no me pasan. No sólo la quiero más que a nadie en el mundo, sino que la quiero de una manera diferente, como si fuera una parte de mí.

Los hijos son en muchos sentidos una excepción.

Esta sensación de que el otro es una prolongación mía puede ser muy buena para ese bebé en los primeros tiempos, motivándome a cuidarlo y protegerlo; porque en realidad el hijo fue concebido desde los deseos de los padres y por lo tanto la decisión es producto de una vivencia bastante autorreferencial.

Un día, a los trece años, el otro de mis amores, mi hijo Demián, pesca en casa un libro de psicología y se pone a leerlo. Entonces viene y me dice:
“Papi, ¿es verdad que los hijos somos producto de una insatisfacción de los padres?”...
Cuando Demián me hizo esta pregunta, yo me di cuenta que el libro tenía razón. Porque si uno estuviera totalmente satisfecho con su vida, si todo lo que tiene fuera suficiente, si uno no sintiera el deseo de trascender teniendo hijos o el deseo de realizarse como padre y como familia, si uno no tuviera ese deseo personal... entonces, no tendría hijos.
Es este deseo insatisfecho —educado, pautado cultural o personalmente— lo que nos motiva a tener hijos.
Los hijos nacen por una decisión y un deseo nuestros, no por un deseo de ellos. Por eso, cuando los adolescentes se enojan y nos dicen: “Yo no te pedí nacer” , parece una estupidez, pero es la verdad.
La vivencia de ser uno con los hijos puede, como dije, tener una función positiva para ellos durante los primeros años de vida, pero es nefasta para su futuro. Porque el niño recibe esto, percibe que es tratado como si fuera un pedazo de otro, pero no siente que lo sea.

Y a los padres nos cuesta.
Queremos retenerlos, eternizar el cordón que los une a nosotros.
Contamos para eso con la experiencia, el poder, la fuerza, el dinero y, sobre todo, el saber.
Porque siempre creemos que sabemos más que ellos.

—Papi... papi... Estuve con Huguito, que viene de pelearse con su papá...
—¿Y por qué se peleó con su papá?
—Porque el papá de Huguito dice que él sabe más que Huguito...
—Sí... hijo. El papá de Huguito sabe más que Huguito.
—¿Y cómo sabés vos, si no lo conocés al papá de Huguito?
—Bueno, porque es el padre, hijo, y el padre sabe más que el hijo.
—¿Y por qué sabe más que el hijo?
—Y... ¡porque es el papá!
—¿Qué tiene que ver?
—Bueno, hijo, el papá ha vivido más años... ha leído más... ha estudiado más... Entonces sabe más que el hijo.
—Ah... ¿Y vos sabés más que yo?
—Sí.
—¿Y todos los padres saben más que los hijos?
—Sí.
—¿Y siempre es así?
—Sí.
—¿Y siempre va a ser así?
—Sí, hijo, ¡siempre va a ser así!
—¿Y la mamá de Martita sabe más que Martita?
—Sí, hijo. La mamá de Martita sabe más que Martita...
—Decime papá, ¿quién inventó el teléfono?
El padre lo mira con suficiencia y le dice:
—El teléfono, hijo, lo inventó Alexander Graham Bell.
—¿Y por qué no lo inventó el padre de él que sabía más?


¿Será cierto que sabemos más que nuestros hijos?
A veces sí y a veces no.
En el mejor de los casos, intentamos capacitar a nuestros hijos para entrenarlos a resolver problemas que nunca van a tener. Porque van a tener otros... ¡que nosotros ni siquiera pudimos imaginar!
Los padres no vamos a vivir en el mundo de nuestros hijos. Nosotros hemos vivido en el nuestro.
Las enseñanzas que nos daban nuestros padres y las que nuestros abuelos les daban a ellos servían porque el mundo era más o menos parecido. El mundo en el que vivieron mis tatarabuelos era muy parecido al mundo en el que vivieron mis bisabuelos.
Lo que mi tatarabuelo había aprendido a mi bisabuelo le servía. Lo que mi abuelo aprendió le sirvió más o menos a mi papá. Lo que mi papá aprendió a mí me sirvió bastante. Pero lo que yo aprendí a mi hijo le va a servir muy poco.
Y quizás, lo que mi hijo aprenda a mi nieto no le sirva para nada...

Suceden cosas muy interesantes en el mundo en el que vivimos.
Como dice mi mamá, “los chicos vienen cada vez más inteligentes”. Y es verdad.
Hace treinta años, en neonatología los índices de ma-duración normales del bebé para el sostenimiento de la cabeza oscilaban entre los ocho y los diez días. Hoy la mayoría de los bebés nace pudiendo sostener la cabeza.
Los chicos nacen más maduros, a las tres semanas de vida tienen reflejos que antes aparecían a los dos o tres meses. Tienen una capacidad de aprendizaje que nosotros, cuando nacimos hace cincuenta años, no teníamos porque era normal no tenerla.

Cuando llevo a mi sobrinito de cinco años a las máquinas de videojuegos en Mar del Plata, entra al salón y dice:
—¡Uy, una máquina nueva!
Entonces compra tres fichas, pone una, juega un poquito y pierde enseguida. Yo le digo:
—¿Perdiste?
—Sí, sí, esperá un poquito.
Pone otra, y a la tercera ficha sabe jugar. Pero sabe jugar absolutamente. ¿Cómo aprendió?
No se sabe.
—¿Y? ¿Cómo es? —le pregunto.
—Yo soy ese petiso de barba con el hacha en la mano, si aprieto este botón tira unos rayos y tengo que salvar a la princesa...
Yo estuve al lado suyo viendo cómo él aprendía ¡y no entendí NADA de lo que hacía!
Entonces juego con él y me dice:
—¡Me estás pegando a mí, boludo!
No hay caso, por mucho que me esmero no entiendo nada
.

Sienten a sus hijos en la computadora y van a ver cómo en diez minutos aprenden lo que a nosotros nos costó diez semanas darnos cuenta.

Ingenuamente, los padres siempre creemos que sabemos más acerca de las cosas que les convienen a nuestros hijos, qué es lo mejor para ellos.
A veces es cierto, pero no siempre.

Más allá de la estimulación, el material genético transmitido de padres a hijos también lleva información de aprendizaje.
Una parte del conocimiento adquirido en la vida se transmite a los hijos. Este material genético heredado conlleva información adicional que el hijo no tenía.
Ahora es como un enano subido a los hombros de un gigante. Es un enano, pero ve más lejos.

Nosotros aprendimos que la sabiduría no era dar pescado, sino enseñar a pescar. Esto no existe más, es antiguo.
Hoy en día si le enseño a pescar y le regalo la caña, quizás se muera de hambre, porque cuando sea gran-de no habrá un solo pez que se pesque con esta caña que le regalé.
Sin embargo, algo puedo hacer por él.

Puedo enseñarle a ser capaz de crear su propia caña, su propia red. Puedo sugerirle a mi hijo que diseñe su propia modalidad de pescar. Para eso tengo que admitir con humildad que la enseñanza de cómo yo pescaba no le va a servir más.

Nuestros hijos van a tener problemas
que nosotros nunca tuvimos.

Esta incapacidad de los padres para entrenar a sus hijos en los problemas que van a tener se fue instituyendo en el mundo durante el siglo XX y motivó gran parte de los problemas de la relación entre padres e hijos.

Hacia fines de siglo, la psicología al servicio de la gente prácticamente no existía, pero sí la pedagogía, que es la ciencia de la educación.
Sobre las relaciones de las parejas con sus hijos, en un congreso sobre pedagogía y matrimonio realizado en Francia en el año 1894, uno de los conferenciantes expone que sobre finales del siglo XIX las parejas con hijos se encuentran tan inseguras de sí mismas y viven con tanto miedo al futuro que tienden a proteger a sus hijos de los problemas que puedan tener. Pero esa tendencia es muy peligrosa, porque si los padres hacen esto, si protegen a los hijos de todos los peligros, los hijos nunca van a aprender a resolver los problemas por sí mismos. Como consecuencia, si esto sigue así —concluye el pedagogo— hacia fin del siglo XX tendremos un montón de adultos con infancias y adolescencias maravillosas, pero adulteces penosas y terribles.
Este pronóstico, concebido hace más de cien años, es exacto.
Los padres, sobre todo los de la segunda mitad del siglo XX, hemos desarrollado una conducta demasiado cuidadosa y protectora de nuestros hijos que, lejos de capacitarlos para que resuelvan sus conflictos y dificultades, ha conseguido que tengan una infancia y una adolescencia llenas de facilidades, pero que no necesariamente es una buena ayuda para que ellos aprendan a resolver sus problemas.

Más allá de todas las faltas, nosotros, los que ya pasamos los cuarenta, tenemos un mérito, les hemos dado a nuestros hijos algo novedoso: les hemos permitido la rebeldía.
Nosotros venimos de una estructura familiar donde no se nos permitía ser rebeldes.
Mi viejo, amoroso, y mi vieja, divina, decían: “Callate, mocoso” . Y la frase aprendida que justificaba su actitud era: “Cuando vos tengas tu casa harás lo que quieras, acá mando yo”. En cambio, lo primero que mis hijos aprendieron a decir antes de decir “papá” fue: “¿Y por qué?” [/]
Cuestionaban todo. Y siguen cuestionando.
Nosotros les enseñamos esta rebeldí